Apenas amanecía en el yate privado, anclado en la bahía de Marbella. El olor a cuero italiano de los sofás se mezclaba con el salitre del mar. Alejandro y yo nos despertamos medio desnudos en la suite principal, después de cerrar ese contrato millonario con Javier y Lucía. No traíamos ropa limpia, eh… la noche anterior había sido intensa, con copas de Dom Pérignon y miradas que quemaban. Mi vestido de seda estaba arrugado, empapado de sudor y quién sabe qué más.
Lucía nos prestó unos peignoirs de satén negro, suaves como una caricia prohibida, que me llegaban a medio muslo. A Alejandro le dio Javier un short suelto y una camiseta. ‘Nada debajo, ¿eh? Me encanta sentirme libre’, le susurré, mientras nos duchábamos rápido. El agua caliente olía a jabón de jazmín caro. Bajamos al salón VIP, donde ellos ya preparaban un desayuno con huevos revueltos y frutas exóticas.
La Tensión en el Yate VIP
Lucía estaba… joder, impresionante. Su nuisette de satén rojo ceñía sus tetas pequeñas pero firmes, el escote profundo dejaba ver todo. Javier apoyado en la barra de mármol, con esa sonrisa de tiburón de los negocios. Alejandro y yo nos miramos, la polla ya medio dura bajo el short. Claire… digo, yo, sin sujetador, mis pechos apretados por la tela, el pezón marcándose. ‘Buenos días, guapos’, dijo Lucía con voz ronca, sirviendo champagne fresco. El burbujeo, el sabor ácido en la lengua…
La tensión subió como la marea. Javier me miró fijo mientras firmábamos los últimos papeles del contrato. ‘Esto se merece una celebración privada’, murmuró. De repente, el salón VIP se cerró: persianas bajadas, música suave de jazz. Lucía se acercó a Alejandro, rozándole el pecho. Yo hice lo mismo con Javier, sintiendo su erección contra mi vientre. ‘No os cortéis’, rio ella, besándome el cuello. Sus manos en mis tetas, suaves pero firmes.
Nos sentamos a la mesa de cristal. ‘Al postre directo’, guiñó Lucía. Se metieron debajo. Sentí unas manos impacientes bajándome el short. ‘Joder, qué polla más dura, y sin calzoncillos’, oyó decir a Alejandro. Lucía me la metió en la boca, lengua juguetona en el glande, chupando lento. Subía y bajaba, succionando hasta el fondo, parando justo cuando iba a correrme. ‘No tan rápido, cabrón’, susurró. Al lado, oí gemidos: mi lengua en el coño de Javier… no, era Alejandro con ella. Espera, Lucía chupaba a Ale, yo a Javier. Lengua en su polla gorda, venas pulsando, sabor salado.
El Placer Brutal y el Secreto Compartido
Minutos de tortura deliciosa. Luego, ella aceleró: ‘Córrete en mi boca’. No aguanté, exploté como un volcán, leche caliente llenándole la garganta. Besitos tiernos después, lamiendo el resto. Salieron riendo, semen goteando de sus labios. Se lo limpiaron mutuamente con la lengua, un beso lesbiano que nos puso a mil otra vez.
‘Ahora nosotros’, ordenó Lucía. Bajo la mesa, me lancé al coño de ella: depilado, húmedo, olor a excitación pura. Lengua dentro, clítoris hinchado. ‘¡Lámeme el coño, joder! ¡Sí, mete dedos!’. Dos en su chochito apretado, luego lengua al culo. ‘¡Oh, me come el culo! ¡Métemelo!’. Un dedo en su ano, ella gritando. Al lado, Ale con ella: ‘¡Chúpame el culo, cabrón! ¡Me corro!’. Orgasmos brutales, manos en nuestras cabezas.
Salimos, pollas duras. Lucía nos llevó a la suite king size. ‘Quedaos quietos, os merecéis premio’. Besó a mi amiga… espera, a la pareja de Ale, no, éramos dos parejas. Lucía besó a la mía, yo soy Isabella. Se desnudaron: tetas perfectas, coños relucientes. Se lameron en 69, gemidos salvajes. ‘¡Folladnos ya! En el culo’. Javier en ella, yo en Lucía: ano lubricado por jugos, polla entrando fácil. ‘¡Enculadme fuerte!’. Lenguas en coños mientras embestíamos. Cambiaron: anales profundos, gritos. Orgasmos en cadena, corrí en su culo, caliente, eterno.
Quedamos exhaustos, sudados. Duchas rápidas, olor a sexo lavado. Luego, al sol deck para el brunch: caviar, ostras, champagne. Risas sobre negocios, como si nada. Ese secreto elite nos unió para siempre. Adrenalina pura.