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La Tentación en la Sala de Reuniones

El aire acondicionado zumbaba suavemente mientras yo intentaba concentrarme en las cifras del informe. Mis dedos tamborileaban sobre la mesa de caoba. De repente, su voz grave resonó a mi lado.

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— ¿Estás bien, Laura? Pareces distraída.

Levanté la mirada. Javier, el nuevo director de proyectos, me observaba con esa sonrisa que siempre me desarmaba. Tenía treinta y ocho años, el cabello ligeramente canoso en las sienes y unos ojos oscuros que parecían leer mis pensamientos. Yo, con mis treinta y cuatro, me sentía como una adolescente cada vez que entraba en la sala.

— Solo cansada —respondí, cruzando las piernas bajo la falda lápiz negra que había elegido esa mañana sin saber por qué.

Los demás ya se habían ido. La reunión de cierre había terminado hacía diez minutos, pero él se había quedado para “revisar unos detalles”. El edificio estaba casi vacío a esa hora de la tarde de viernes. Solo quedábamos nosotros dos en la décima planta.

— Deberías relajarte un poco —dijo él, acercando su silla. Su rodilla rozó la mía por debajo de la mesa. No la aparté.

Mi pulso se aceleró. Llevaba semanas notando cómo me miraba durante las presentaciones, cómo sus dedos se demoraban cuando me pasaba documentos. Y yo… yo había empezado a fantasear con él por las noches, mientras mi marido dormía a mi lado.

— Javier, no creo que sea buena idea —murmuré, aunque mi voz sonaba débil.

Él sonrió y se inclinó hacia adelante. Olía a madera y a algo más intenso, masculino.

— ¿Qué idea, Laura? Solo estamos hablando.

Su mano se posó sobre mi rodilla. El contacto quemaba a través de las medias finas. Sentí un calor líquido entre mis muslos. Respiré hondo.

— Sabes perfectamente de qué hablo —dije, pero no me moví. Sus dedos subieron un centímetro, luego otro.

— Dime que pare y pararé ahora mismo.

Lo miré a los ojos. Quería decirlo. De verdad. Pero en lugar de eso, separé ligeramente las piernas. Él lo notó al instante. Su sonrisa se volvió más oscura, más peligrosa.

— Buena chica —susurró.

Se levantó, cerró la puerta de la sala con un clic suave y bajó las persianas. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se oiría. Cuando volvió, se colocó detrás de mi silla y posó las manos sobre mis hombros.

— Llevo imaginando esto desde el primer día que te vi en la oficina —confesó, masajeando mis hombros tensos—. Esa forma en que te muerdes el labio cuando estás concentrada… me vuelve loco.

— Mi marido… —empecé, pero sus dedos bajaron por mis brazos, rozando los lados de mis pechos.

— No estoy hablando de tu marido. Estoy hablando de ti. De lo que quieres ahora.

Me giré en la silla. Nuestras caras quedaron a centímetros. Podía sentir su aliento cálido. Sin pensarlo más, me lancé. Nuestros labios se encontraron con urgencia. Su lengua invadió mi boca y gemí contra él. Sus manos bajaron hasta mi cintura, me levantaron de la silla como si no pesara nada y me sentó sobre la mesa.

Los papeles se arrugaron bajo mi trasero. No me importó.

— Javier… alguien podría entrar —jadeé entre besos.

— Todos se fueron. Estamos solos. —Sus dedos desabrocharon los botones de mi blusa blanca con habilidad. Cuando llegó al último, abrió la tela y contempló mi sujetador de encaje negro—. Joder, Laura. Eres aún más hermosa de lo que imaginaba.

Bajó la cabeza y besó el valle entre mis pechos. Arqueé la espalda, ofreciéndome. Sus dientes rozaron un pezón a través del encaje y solté un gemido ahogado. Mis manos se enredaron en su cabello, tirando de él más cerca.

— Tócame —supliqué sin vergüenza.

Su mano derecha subió por mi muslo, levantando la falda hasta la cintura. Cuando llegó a la entrepierna de mis medias, sonrió contra mi piel.

— ¿Ya estás mojada para mí?

— Sí… —admití en un susurro avergonzado.

Rasgó las medias con un movimiento seco. El sonido me excitó aún más. Apartó mi tanga a un lado y sus dedos encontraron mi centro empapado. Dos dedos entraron en mí sin aviso. Grité de placer, mordiéndome el labio para no hacer demasiado ruido.

— Tan apretada… tan caliente —gruñó él, moviendo los dedos dentro de mí con ritmo experto—. Quiero probarte.

Antes de que pudiera responder, se arrodilló frente a la mesa, me abrió las piernas y hundió su cara entre ellas. Su lengua recorrió mi clítoris hinchado y creí que iba a desmayarme. Agarré su cabeza con ambas manos, moviendo las caderas contra su boca.

— Dios… Javier… ahí… no pares —supliqué mientras lamía y chupaba con hambre.

Introdujo dos dedos de nuevo mientras su lengua dibujaba círculos perfectos. El orgasmo me golpeó de repente, violento, haciendo que todo mi cuerpo temblara. Grité su nombre sin poder contenerme.

Aún estaba recuperando el aliento cuando se levantó. Sus ojos brillaban de deseo. Se desabrochó el cinturón con rapidez. Cuando liberó su miembro, grueso y completamente erecto, se me hizo agua la boca.

— Quiero follarte ahora mismo —dijo con voz ronca.

— Hazlo —respondí, abriéndome más para él.

Me penetró de un solo empujón. Ambos gemimos al unísono. Estaba tan mojada que entró sin resistencia, llenándome por completo. Empezó a moverse con fuerza, sujetándome las caderas. La mesa crujía con cada embestida.

— Mírame —ordenó.

Lo hice. Sus ojos no se apartaban de los míos mientras me follaba cada vez más rápido. Mis pechos rebotaban con cada golpe. Me sentía sucia, excitada, viva.

— Más fuerte —pedí, clavando las uñas en sus hombros.

Aceleró. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la sala. Otro orgasmo se acercaba. Lo sentí en cada terminación nerviosa.

— Me voy a correr —avisé entre jadeos.

— Córrete para mí, Laura. Quiero sentir cómo te corres en mi polla.

Sus palabras fueron el detonante. Expliqué alrededor de él, gritando, contrayéndome con fuerza. Segundos después, él se tensó, salió de mí y eyaculó sobre mi vientre y mis pechos con un gruñido gutural.

El silencio cayó sobre nosotros. Solo se oían nuestras respiraciones agitadas. Me miró con una mezcla de satisfacción y algo más que no supe identificar.

— Esto no ha terminado aquí —dijo finalmente, pasando un dedo por mi piel manchada y llevándoselo a mis labios. Los abrí y lo chupé sin apartar la mirada.

Me ayudó a bajar de la mesa. Mis piernas temblaban. Mientras me arreglaba la ropa lo mejor que pude, él me observaba con esa sonrisa peligrosa de nuevo.

— La próxima vez será en mi despacho. Con la puerta sin llave —susurró antes de besarme una última vez, lento y profundo.

Salí de la sala de reuniones con las medias rotas, el sabor de él todavía en mi boca y una excitación que sabía que no se apagaría fácilmente. El ascensor bajó hasta el parking. En el reflejo de las puertas metálicas vi mi rostro sonrojado, mis labios hinchados. Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí arrepentimiento. Solo ganas de más.

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