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La fiesta universitaria que lo cambió todo

El sudor ya me recorre la espalda cuando entro en la habitación común de la residencia. La música suena baja, solo unas luces tenues iluminan los sofás y las botellas vacías sobre la mesa. Mis compañeros de carrera han decidido alargar la fiesta de fin de semestre y yo, con el vestido ligero pegado al cuerpo, siento cómo las miradas se clavan en mí.

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— ¿Dónde estabas, Laura? —pregunta Marcos desde el sillón, con una sonrisa que promete problemas. A su lado, mi novio Javier sostiene un vaso y me observa con esa mezcla de celos y excitación que ya conozco bien.

Me acerco despacio, sintiendo el calor entre mis muslos. Tengo veintidós años, estudio Arquitectura y vivo sola en este edificio desde hace dos cursos. Nadie aquí es un crío; todos pagamos alquiler y aprobamos exámenes duros.

— Estaba en la terraza tomando el aire —respondo, pero mi voz sale ronca. Me siento entre ellos dos y la mano de Marcos roza mi rodilla sin disimulo.

Javier se inclina hacia mí y susurra:

— Cuéntame qué ha pasado allí fuera. No me mientas, sé que no has estado sola.

Mi pulso se acelera. La mano de Marcos sube por mi muslo, lenta, segura. Trago saliva y decido seguir el juego que tanto nos excita a los tres.

— Primero fue Pablo. Me encontró fumando y me besó contra la barandilla. Sus dedos levantaron el vestido sin pedir permiso. —Mientras hablo, Javier desabrocha el primer botón de mi escote. Mis pechos se tensan bajo la tela fina.

— ¿Te tocó aquí? —pregunta Marcos, y su pulgar roza mi pezón por encima del vestido. Gimo bajito.

— Sí… me apretó los senos mientras me metía dos dedos. Estaba empapada. Le dije que parara, pero no quise que parara de verdad.

Javier respira más rápido. Su mano ya está dentro de mi escote, pellizcando con fuerza justo como me gusta. La habitación parece más caliente. Desde el pasillo se oyen risas lejanas; sé que Elena y Diego siguen en la cocina, pero no me importa.

— Sigue —exige Javier, y su voz tiembla de deseo.

— Pablo me dio la vuelta, bajó mis bragas hasta las rodillas y me penetró allí mismo, de pie. Cada embestida me hacía gemir contra su cuello. Me corrí rápido, mordiéndome el labio para no gritar. Cuando terminó, me dejó su semen escurriendo por los muslos y volvió dentro como si nada.

Marcos ya ha subido mi vestido hasta la cintura. Sus dedos separan mis labios hinchados y encuentran la humedad que Pablo dejó.

— Joder, Laura… estás chorreando —gruñe, y mete dos dedos de golpe. Arqueo la espalda y suelto un jadeo largo.

Javier se levanta, se quita la camisa y se abre el pantalón. Su polla dura salta libre, gruesa y palpitante. Se sienta de nuevo y me acerca la cabeza.

— Chúpame mientras él te folla con los dedos. Quiero oír cómo te excita contarnos esto.

Obedezco. Abro la boca y lo tomo profundo, saboreando su olor familiar. Marcos no se detiene; sus dedos entran y salen, frotando mi clítoris hinchado con el pulgar. Mis gemidos vibran alrededor de la verga de Javier.

— ¿Quién más? —pregunta Javier entre dientes, sujetándome el pelo.

Retiro la boca un segundo para respirar.

— Cuando volví al salón, Elena me miró y sonrió. Me llevó al baño de la planta baja. Allí me hizo sentar en el lavabo, se arrodilló y lamió todo el semen de Pablo mezclado con mis jugos. Su lengua era experta, insistente. Me corrí otra vez agarrada al espejo, llamándola puta entre gemidos.

Marcos se ríe bajito y saca los dedos. Los lleva a la boca de Javier, que los chupa sin dudar. El gesto me enciende tanto que siento un nuevo latigazo en el vientre.

— Ahora quiero que te folles a Marcos delante de mí —ordena Javier, masturbándose despacio—. Pero cuéntame cada detalle mientras lo haces.

Me pongo de pie, temblando de anticipación. Me quito el vestido por completo y quedo desnuda frente a ellos. Mis pezones están duros, mi coño brilla. Marcos se baja los pantalones y se tumba en el sofá ancho. Su polla apunta al techo, venosa y gruesa.

Me coloco a horcajadas y bajo lentamente, sintiendo cómo me abre. Un gemido largo escapa de mi garganta.

— Es más grande que Pablo… me llena por completo —digo mirando a Javier a los ojos. Empiezo a moverme, subiendo y bajando, clavándome con fuerza.

Javier se acerca, me aprieta un pecho y pellizca el pezón mientras me besa el cuello.

— ¿Te gusta su polla, mi zorra?

— Sí… me gusta mucho. Me está follando justo donde Pablo me dejó abierta. —Mis caderas aceleran el ritmo. El sonido húmedo de mi coño tragándose esa verga llena la habitación.

Marcos agarra mis nalgas y empuja hacia arriba, penetrándome más profundo. Grito. Javier me mete dos dedos en la boca para que chupe mientras me follan.

— Quiero que te corras en su polla —susurra Javier—. Y luego vas a contarme qué pasó con Diego en la cocina.

La mención de Diego me lleva al límite. Recuerdo cómo me dobló sobre la encimera, cómo me azotó mientras me follaba por detrás. El orgasmo me golpea fuerte. Mis paredes se contraen alrededor de Marcos, que gruñe y me llena de semen caliente, chorro tras chorro.

Me quedo quieta un momento, jadeando, con el pecho agitado. Javier me besa con hambre, mordiendo mi labio inferior.

— No hemos terminado —dice—. Levántate y abre las piernas. Quiero ver cómo gotea el semen de Marcos.

Obedezco. Me coloco frente a él, separo los muslos. Un hilo blanco espeso baja por mi pierna. Javier se arrodilla y lame desde mi rodilla hasta mi coño, recogiendo todo. Su lengua entra en mí, buscando más.

— Ahora cuéntame lo de Diego —exige entre lametazos.

— Me tenía contra la nevera… me levantó una pierna y me metió todo su grosor de golpe. Me tapó la boca porque gemía demasiado alto. Me dijo que llevaba meses queriendo follarme y que mi novio era un afortunado por tener una puta como yo cada noche.

Marcos, todavía recuperándose, se acerca y me besa los pechos, succionando fuerte. Siento que voy a correrme otra vez solo con sus bocas.

— ¿Te corriste con él? —pregunta Javier, y su voz suena ahogada contra mi clítoris.

— Dos veces. La segunda me hizo arrodillarme y me corrió en la cara. Me limpié con los dedos y lo tragué todo mirándolo a los ojos.

Javier se pone de pie de repente. Su polla está morada de lo dura que está. Me empuja contra el sofá, me abre las piernas y me penetra de un solo golpe, mezclando su carne con el semen de Marcos.

— Eres mía y de quien yo quiera —gruñe mientras me embiste sin piedad—. Mañana repetimos con todos los que quieras.

Marcos se coloca a mi lado y me ofrece su polla semierecta para que la chupe. La meto en mi boca mientras Javier me folla cada vez más rápido. Mis gemidos quedan ahogados alrededor de la carne caliente.

El placer sube otra vez, imparable. Siento que todo mi cuerpo tiembla. Javier me pellizca los pezones con fuerza y eso me lanza al abismo. Me corro gritando alrededor de la polla de Marcos, contrayéndome violentamente alrededor de Javier.

Él no aguanta más. Con un rugido final, se clava hasta el fondo y me inunda por segunda vez esa noche. Cuando sale, el semen de ambos chorrea abundantemente sobre el sofá.

Nos quedamos los tres jadeando, sudorosos, satisfechos. Desde el pasillo oímos pasos. Elena asoma la cabeza, sonriendo al vernos desnudos y marcados.

— ¿Hay sitio para una más? —pregunta, quitándose ya la camiseta.

Marcos y Javier me miran. Yo sonrío, todavía con el pulso acelerado, y abro las piernas un poco más.

— Siempre hay sitio —respondo, sintiendo cómo el deseo vuelve a encenderse en mi vientre.

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