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Mi Masturbación Exhibida en el Yate Privado del Heredero

Era principios de mayo, un calorazo de 26 grados en alta mar. El yate privado del padre de Pablo surcaba las aguas cristalinas cerca de Ibiza. Olía a sal, a cuero italiano de los sofás VIP y a ese champagne Dom Pérignon que burbujeaba en las copas. Yo, vestida con un vestido de seda blanca que se pegaba a mis curvas, 27 años y piel pálida pidiendo sol. Él, Pablo, 22 años, hijo del magnate, torso desnudo, músculos bronceados, pelo revuelto. Estábamos en la sala de reuniones exclusivas, firmando contratos millonarios. Inversiones, fusiones… pero sus ojos no paraban en mis tetas, un 95C firme que el escote apenas contenía.

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“Firma aquí, Laura”, dijo con voz ronca, rozando mi mano. Yo sentía el pulso acelerado. Sus miradas bajaban a mi culo cuando me giraba. El aire acondicionado zumbaba, pero yo sudaba… abajo. “Hace calor, ¿no?”, murmuré, cruzando las piernas. Él sonrió, pícaro. “Demasiado”. Tension pura. Dossiers por todos lados, pero el deseo crecía. Terminamos, brindamos. “Voy a broncear un rato”, le dije, bajando al solárium privado. Sabía que su suite tenía un cristal unidireccional. Me veía, pero yo fingía no saber.

El calor del yate y las miradas prohibidas

Me quité el vestido. Bikini blanco, dos piezas. Me unté crema, oliendo a coco caro. Me tumbé boca arriba, piernas abiertas al sol. El libro erótico en la mano, pero cerré los ojos. El sol lamía mi piel, mis muslos, mi vientre. Pensaba en él. Mis pezones se endurecieron bajo la tela fina. Mi coño… ya húmedo. Miré disimuladamente. Su silueta tras el cristal. Se había acercado. El espacio VIP se volvía íntimo. Mi corazón latía fuerte. ¿Me mataba? No, solo me excitaba más.

Posé el libro. Manos temblorosas subieron a mis tetas. Las apreté por encima del bikini. “Mmm…”, gemí bajito. El tejido irritaba. Lo até atrás, topless. Pezones gordos, rosados, duros como piedras. Los pellizqué, mojando dedos con saliva. Imaginé su polla. Él, seguro, con la cremallera abierta. Bajé una mano al tanga. Toqué mi monte de Venus, chorreando. “Joder…”, susurré. Deslicé dedos por la raja. Labios hinchados, clítoris palpitante. El tanga estorbaba. Lo arranqué. Desnuda total, piernas abiertas al cristal.

El clímax brutal en la zona privada

Dos dedos en mi coño empapado. Entraban fáciles, chupando. “¡Ah!”, jadeé. Bombeaba, frotando clítoris con el pulgar. Olor a mi propia lefa, a sexo. Tetas rebotando. Él salió. Polla fuera, enorme, venosa, tiesa. Se pajeaba furioso. “¿Me miras, cabrón?”, pensé, pero gemí más alto. “¡Sí, fóllame con los ojos!”. Él gruñó: “Eres una puta caliente, Laura”. Se acercó, polla en mano. Yo no paré, dedos hundidos hasta el fondo. “Chúpamela”, ordené. Se arrodilló, lengua en mi clítoris. “¡Joder, qué lengua!”. Me corría ya, chorros calientes. Él la metió entera, polla gruesa rompiéndome. Follete duro, pellizcándome pezones. “¡Más fuerte, hijo de puta!”. Me dio la vuelta, en cuatro. Cachetazo en culo. Entró de nuevo, bolas golpeando. Grité: “¡Me corro! ¡Lléname de leche!”. Él eyaculó dentro, caliente, espeso.

Pantelante, sudorosa. Él se retiró, polla chorreando. Limpiamos con toallas de seda. Champagne de nuevo. “Contrato cerrado”, dijo guiñando. Yo sonreí, vistiéndome. Como si nada. El secreto de élite, nuestro. Adrenalina pura. Quiero más… pronto.

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