¡Ay, chicas! Acabo de bajar del yate privado de ese millonario, el corazón me late a mil. Soy Carmen, masajista top en clubs exclusivos de Marbella. Él, Alejandro, un pez gordo de las finanzas, tuvo un accidente con su Ducati en las curvas de la Costa. Hombro dislocado, rodilla jodida. Su asistente me contrató para sesiones VIP en su yate anclado en la bahía. Cuero italiano por todos lados, olor a sal marina mezclado con su colonia cara. Champán Dom Pérignon enfriándose en cubitera de plata.
Llego la última sesión, viernes al atardecer. Sol poniente tiñe el mar de naranja. Él en boxers, tumbado en la camilla de masaje, cubierta de toallas de hilo egipcio. ‘Carmen, hoy duele más la cadera’, dice con esa voz grave, ojos clavados en los míos. Le unto aceite de argán, caliente, que huele a jazmín exótico. Manos en su hombro, noto músculos tensos bajo piel bronceada. Miradas que se cruzan, él muerde labio. ‘Más fuerte… sí, ahí’. Mi mano baja por su espalda, roza el elástico del boxer. Pausa. ‘¿Estás bien?’, pregunto, voz ronca. ‘Mejor que nunca’, responde, sonrisa lobuna.
La tensión sube en la cabina de lujo
Sigo con la pierna, levanto su rodilla. Dedos suben por muslo, casi toco su paquete. Él gime bajito. ‘Perdona… es que…’. ‘Shh, relájate, es normal’. Bajo el boxer un poco, por el músculo glúteo. Olor a hombre, sudor limpio y aceite. La cabina se cierra, asistente se va a tierra. Ahora solos, espacio VIP nuestro. Puerta con pestillo, luces tenues, jazz suave de fondo. ‘Camárgate un poco’, le digo, y él obedece, culo en pompa. Mi coño palpita ya, bragas húmedas contra seda.
El pitido del temporizador suena, pero lo ignoro. ‘Espera, tengo tiempo extra para ti’. Le giro, boxer abajo del todo. Polla semi-dura, gruesa, venosa. ‘Joder, Alejandro…’. Él me mira: ‘¿Quieres?’. Asiento, me subo el vestido de satén negro. Quitamos todo. Sus manos en mis tetas, pezones duros como piedras. ‘Fóllame ya’, susurro. Me tumba en la camilla, boca en mi cuello, mordiscos. Baja a mis tetas, chupa fuerte, muerde. ‘¡Sí, así!’. Manos en mi coño, depilado, labios hinchados. Dedos dentro, dos, tres, chapoteo. ‘Estás chorreando, puta cachonda’.
El sexo brutal y sin límites
Le empujo al suelo mullido, alfombra persa. Me pongo a cabalgada, agarro su polla tiesa, 20 cm de puro vicio. La froto en mi raja, clítoris en llamas. ‘Métemela entera’. Baja despacio, llena mi coño hasta el fondo. Grito: ‘¡Joder, qué gorda!’. Cabalgo salvaje, tetas rebotando, sudor perlando piel. Él empuja arriba, pellizca pezones. Cambio, perrito: me abre nalgas, lame mi culo. ‘Quiero tu ano también’. Dedo en mi ojete, lubricado con mi jugo. Polla en coño, embiste como animal. ‘¡Más fuerte, rómpeme!’. Olor a sexo crudo, polla-palpitante, coño contraído.
Me da la vuelta, misionero brutal. Piernas en hombros, me parte en dos. ‘Córrete dentro, lléname’. Él gruñe, acelera. Siento bolas contra mi culo. Orgasmos explosivos: yo tiemblo, chorro en su polla; él eyacula chorros calientes, semen goteando. Colapso sobre él, besos salados, piel pegajosa.
Minutos después, ducha de mármol, jabón de trufa. Nos vestimos: él traje impecable, yo vestido planchado. Champán en copas de cristal. ‘Ha sido… terapéutico’, dice guiñando. ‘Nuestro secreto de élite’. Sonrisas cómplices, como si nada. Él firma el cheque generoso, yo salgo al muelle. Adrenalina pura, poder y placer exclusivo. ¿Repetimos? Ay, sí…