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Mi noche prohibida en el yate privado con Carmen

¡Dios, qué locura! Llamé a Carmen ayer, mi amiga esa rusa pelirroja tan salvaje. ‘¿Quieres un copita en algún sitio?’ Le dije, con el corazón latiendo fuerte. Mi marido, Miguel, ronca como un cerdo después de su día eterno de reuniones. Yo, sola en la cama king size de nuestro ático, navegando porno en el iPad. Mi coño ya palpitaba, húmedo, pidiendo guerra. Hace años intentamos un trío con ella, pero me acojoné y corté. Ahora, con 38 tacos y esta rutina de mierda, la cagué de ganas.

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Ella, siempre verde en WhatsApp. ‘¡Ven al yate de mi cliente en el puerto de Ibiza! Negocios, pero con vistas brutales’, me escribe. Llego al muelle, el aire huele a sal y yates de millones. Subo la pasarela, tacones resonando en la cubierta de teca pulida. Carmen me espera en el salón VIP, vestida con un mini vestido rojo ceñido, escote hasta el ombligo, piernas enfundadas en medias de rejilla. ‘¡Mi reina! Pasa, hay contratos que revisar’, dice con esa sonrisa pícara, ojos devorándome.

La tensión en el salón VIP del yate

Nos sentamos en sofás de cuero italiano, olor a piel nueva y Chanel No. 5. Champagne Dom Pérignon en copas de cristal, burbujas picando en la lengua. Extendemos los dossiers sobre la mesa de mármol: inversiones en cripto, propiedades en Dubai. Nuestras rodillas se rozan ‘por accidente’. ‘Mira este cláusula, ¿firma?’, pregunta, inclinándose, su teta rozando mi brazo. Siento el calor subiendo, pezones endureciéndose bajo la seda de mi blusa. Miradas largas, mordiéndonos labios. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, susurro, voz temblorosa. Ella pulsa un botón, las puertas de cristal se cierran con un clic suave. Ahora es privado. Solo nosotras, el mar meciéndose, luces tenues doradas.

Se acerca, mano en mi nuca. ‘Sabes por qué me llamaste, ¿verdad?’. Su aliento huele a fresas y deseo. Nuestros labios chocan, su lengua invade mi boca, dulce y salvaje. Desabrocho su vestido, cae al suelo. Tetas firmes, pezones rosados duros como piedras. La mía vuela también, sin sujetador. Sus dedos bajan por mi falda, rasgan el tanga de encaje. ‘Estás empapada, puta’, ríe. Me empuja al cuero, abre mis muslos. Su lengua lame mi coño, chupando el clítoris hinchado. ‘¡Joder, Carmen! Sí, lame más’, gimo, uñas en su pelo rojo. Huele a mi jugo mezclado con su perfume.

El clímax brutal y el regreso a la normalidad

Me volteo, 69 en la alfombra persa. Su coño depilado, labios carnosos goteando. Lo devoro, lengua metida hasta el fondo, saboreando su miel salada. Dedos en su culo apretado. Ella grita: ‘¡Fóllame la boca con tu chochito!’. Nos frotamos vulvas, clítoris chocando, sudor y jugos por todos lados. Saca el strap-on negro, enorme, de la guantera del bar. ‘A cuatro patas, zorra’. Me penetra el coño de un empujón, golpeando el útero. ‘¡Más fuerte! ¡Rompe mi coño!’, pido, perdida. Lubrica mi ano con saliva, mete el capullo. ‘¡Ahhh, duele rico! Sodómizame’. Me folla el culo alternando con el coño, yo squirteo como loca, chorros calientes empapando el cuero.

Desmayo de placer, despierto con ella lamiéndome la cara. ‘Eres una diosa, squirt queen’. Limpiamos con toallas de hilo egipcio, bebemos el resto de champagne, riendo. Vuelvo a vestirme, peino mi melena. Suena el móvil: Miguel. ‘¿Qué tal el día, cariño?’. ‘Genial, cerrando deals’, miento serena, guiñando a Carmen. Bajamos a cubierta, aires de business women. Beso en la mejilla, ‘hasta la próxima inversión’. Secretos de élite, adiós. Mi coño aún palpita en el jet de vuelta. ¿Remordimientos? Ni uno. Solo ganas de más.

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