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Mi follada salvaje en el yate privado del multimillonario

Ay, chicas, acabo de bajar de ese yate… Dios, el corazón me late fuerte solo de recordarlo. Todo empezó en el club exclusivo de Marbella, pero la cosa se puso seria cuando nos invitaron al yate privado de Javier, ese magnate del petróleo que huele a poder y dinero viejo. Yo, con mi vestido de seda negra que se pega a la piel como una caricia húmeda, charlando de contratos millonarios. Él, con su traje a medida, ojos que me desnudan mientras hojeamos los dossiers en la cubierta. El sol se pone, el champagne Dom Pérignon burbujea en las copas, frío y dulce en la lengua, con ese toque ácido que me eriza la piel.

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‘¿Estás segura de firmar esto, Carmen?’, me dice con voz grave, su mano rozando la mía al pasar las páginas. El cuero de los asientos cruje bajo nosotros, olor a sal marina mezclado con su colonia cara, intensa, masculina. Nuestras miradas se cruzan, largas… demasiado largas. Siento su pierna contra la mía, deliberada. ‘Eh… sí, Javier, es un buen deal’, balbuceo, pero mi coño ya palpita. La tripulación desaparece discretamente, el yate vira hacia mar abierto. ‘Ven, hablemos en privado’, murmura, y me lleva a la suite VIP. La puerta se cierra con un clic suave, el espacio se hace nuestro. Luces tenues, cama king size con sábanas de hilo egipcio, aire acondicionado que roza la piel como un aliento.

La tensión sube en la cubierta VIP

Ya dentro, no hay vuelta atrás. Me empuja contra la pared forrada de madera noble, sus labios en mi cuello, mordiendo suave. ‘Joder, Carmen, me has vuelto loco desde el club’, gruñe. Le arranco la camisa, siento sus pectorales duros, sudorosos. Mi mano baja a su entrepierna: polla tiesa, enorme, latiendo bajo el pantalón. ‘Quítatelo todo’, le ordeno, voz ronca. Se desnuda rápido, su verga salta libre, venosa, cabeza hinchada brillando de precum. Yo me bajo el vestido, tanga empapada. Me tira en la cama, el colchón se hunde suave. Abre mis piernas, olfatea mi coño como un lobo. ‘Hueles a puta rica’, dice, y mete la lengua. Lamida profunda, chupando mi clítoris hinchado, dedos gruesos abriéndome, follándome la entrada. Gimo alto, ‘¡Sí, joder, más!’. Saboreo el champagne en su boca cuando me besa, mis jugos mezclados.

El clímax brutal en la suite privada

No aguanto. ‘Fóllame ya’, suplico. Se pone de rodillas, frota su polla contra mis labios vaginales, resbaladizos. Empuja de golpe, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. ‘¡Qué coño tan apretado!’, ruge. Me embiste brutal, pelotas golpeando mi culo, ritmo salvaje. El barco se mece, sincronizado con sus estocadas. Le araño la espalda, ‘¡Más fuerte, cabrón!’. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones duros. Su polla me taladra, siento cada vena rozando mis paredes. ‘Me voy a correr’, jadea. ‘Dentro, lléname’, grito. Se corre primero, chorros calientes inundándome, semen espeso goteando. Yo exploto segundos después, contracciones milking su verga, grito ahogado en su boca.

Sudados, jadeantes, nos separamos lento. Limpio su polla con la lengua, saboreando nuestra mezcla salada, agria. Se ducha rápido, yo me visto, alisando la seda. Salimos a cubierta como si nada: champagne nuevo, dossiers abiertos. ‘Buen acuerdo, Carmen’, sonríe pícaro, guiño compartido. La tripulación sirve caviar, ignorantes. Ese secreto elite nos une, adrenalina pura. Bajé del yate con el coño palpitando aún, piernas temblando. ¿Repetimos? Ay, sí…

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