Eran las tres de la madrugada cuando subí al yate privado anclado en la bahía de Marbella. La noche había sido eterna, firmando contratos millonarios con Javier, mi socio en estos negocios de élite. Vodka con caviar, champán Dom Pérignon que sabía a burbujas de oro en la lengua. Olía a cuero italiano de los asientos, a sal marina y a su perfume caro, ese que cuesta más que mi piso en Madrid. Él, con su traje a medida, ojos que me devoraban por encima de los dossiers. Yo, en mi vestido de seda negra ceñido, sintiendo cómo subía la tensión. Miradas que duraban demasiado, roces ‘accidentales’ al pasar las carpetas. ‘Carmen, este trato nos hará ricos’, murmuró, su aliento cálido en mi cuello. Sonreí, el corazón latiendo fuerte. La sala VIP era puro lujo: cristal de Baccarat, luces tenues, el mar negro afuera. Pero cuando dijo ‘vamos a la suite privada para cerrar detalles’, supe que el espacio se volvía nuestro. La puerta se cerró con un clic suave, y el aire se cargó de electricidad.
Avancé de puntillas por el pasillo alfombrado, descalza, el vestido aún pegado al cuerpo por el sudor de la noche. Pensé que Javier dormía, exhausto por su ‘reunión’ extra. Pero un gemido… no era él. Venía de mi camarote principal, el de la cama king size con sábanas de hilo egipcio. Haletidos ahogados, carne contra carne. Me paré en seco, el pulso acelerado. Empujé la puerta entreabierta. Ahí estaba: Javier, desnudo, su polla dura hundida en el coño de una diosa platino que cabalgaba como una posesión. Cabello largo bailando en su espalda tatuada –un diseño oscuro, misterioso–. Su vestido rojo subido a la cintura, bragas tiradas en el suelo de mármol. Olía a sexo, a su coño mojado, a champán derramado. Mi clítoris se hinchó al instante. ‘Joder…’, susurré. Ella se giró, ojos almendrados, labios carnosos: ‘Ven… únete’. Javier me miró, sonrisa lobuna: ‘Carmen, no pares ahora’.
La Tensión en la Suite VIP del Yate
No pude resistir. Me quité el vestido, la seda rozando mis pezones duros. Subí al colchón, mi coño chorreando. Me puse detrás de ella, que seguía follando a Javier. Escupí en mi mano, unté mi ano –no, espera, su culo perfecto–. Agarré sus nalgas firmes, separé, y metí saliva en su raja. Mi polla… no, Javier la tenía ocupada abajo; yo usé mis dedos primero, luego… espera, soy mujer, pero el placer era mío. No, en este mundo, yo domino. Pero sigamos: ella se arqueó, ‘¡Métemela ya, puta!’. Javier salió un segundo, su polla reluciente de sus jugos. Yo me arrodillé, lamí su culo, sabor salado, dulce. Luego, con un consolador VIP que saqué del cajón –negro, grueso–, lo unté y empujé. ‘¡Aaaah!’, gritó ella, dolor y placer. Javier volvió a su coño, doble penetrada. Sus paredes apretando, yo sintiendo su calor a través. Follando ritmado: plof plof, gemidos roncos. ‘Más fuerte, joder, rómpeme el culo’, jadeó ella. Sudor perlando su piel, olor a cuero y semen próximo. Javier gruñó: ‘Me corro…’. Eyaculó dentro, chorros calientes. Yo aceleré, mi strap-on –imaginemos mi placer clitoriano–, hasta que ella convulsionó, squirt en las sábanas de 1000 hilos. Me corrí con ella, temblando.
El Éxtasis Brutal y el Secreto Compartido
Luego, él se sacó, corrida goteando de su coño. Ella se volvió, boca abierta: ‘Dame en la cara’. Me masturbé furiosa –o él–, le llené la boca de leche espesa, garganteo, babeo. ‘Lamadme ahora’, ordenó. Javier y yo lamimos su rostro, salado, pegajoso. Risas nerviosas, ‘Qué puta eres’, dije. La volteamos, él en su boca, yo en su coño ahora con dedos y lengua. Él explotó en su garganta, yo la hice gritar de nuevo.
Al amanecer, champán en la cama, desnudos, hablando de arte y yates como si nada. Ella, envuelta en bata de cachemira, desayunó ostras en la terraza. ‘Gracias por cumplir mi fantasme, elite’, besó mi mejilla y se fue en helicóptero. Javier y yo, sonrisa cómplice: secreto de lujo, para siempre.