Ay, chicas, acabo de volver de lo más… increíble. Eh, no sé por dónde empezar. Mi marido y yo, después de meter a los peques en la cama, nos miramos y dijimos: ‘Vamos a soltarnos’. Él había oído de este club Overlord, un puto paraíso flotante en un yate privado anclado en la bahía de Marbella. Lujo puro, solo para élites. Dress code estricto: él en traje Armani, cravata de seda italiana oliendo a colonia cara, yo con falda cortita de cuero negro, top escotado, tanga roja y tacones Louboutin que cliquetean como promesas.
Llegamos a las 22h. El aire salado del mar, mezclado con el olor a cuero nuevo del muelle VIP. Subimos por la pasarela, champán Dom Pérignon en copas heladas, burbujas que pican en la lengua. El yate brilla, luces tenues, velas suaves. Pocos parejas, todas con pinta de pasta gansa: joyas Cartier, relojes Rolex. Nos sentamos en el bar de caoba, pieles suaves bajo mis muslos desnudos. Mi marido hojea unos dossiers de negocios –contratos millonarios que negocia con el dueño–, pero yo siento las miradas. Calientes, respetuosas, como dice la regla del sitio.
El yate de lujo y la tensión que sube
De repente, aparece él: Pierre, el overlord. Alto, calvo, traje impecable, voz grave que vibra en el pecho. ‘Bienvenidos, primera vez ¿eh? Relajaos’. Nos invita a su mesa privada, detrás de un biombo rojo de terciopelo. Olor a cuero caro y humo de puro cubano. Brindamos, el champán sabe a victoria. Habla lento, pausas que hipnotizan: ‘Aquí las mujeres muestran sin miedo. Miradas de admiración, nada más’. Me mira fijo, yo cruzo las piernas por instinto. ‘Ábrelas, señora. Libre como un hombre. No veo nada, luces bajas’.
Mi marido asiente, excitado ya. Yo… uf, nervios. Pero obedezco. Piernas abiertas, falda sube un poco. Sensación rara, aire fresco en la piel. ‘Bien, quítate el tanga. Ponlo en la mesa’. Dudo, miro a mi marido. Él, tieso como una polla. Lo hago: levanto caderas, deslizo la tira roja húmeda ya, la tiro. Velour del asiento contra mi coño desnudo, eléctrico.
‘Mejor aún: sube la falda atrás’. Lo hago, sin mirarle. Voz más firme: ‘¿Te excita? Pasa la mano, prueba’. Temblando, meto dedos bajo la falda. Salen brillantes. ‘Dilo: ¿tu coño está mojado?’. Bajo la vista, vergüenza y morbo. ‘Sí… mi coño está mojado’. Él sonríe: ‘Natural, sano. Tu marido está orgulloso’.
El éxtasis crudo en la zona privada
Sigo: dos dedos en horquilla alrededor del clítoris, frotando suave. Se hincha, duro como una perla. Respiración agitada, tetas suben y bajan. ‘¿Duro tu clítoris? Dilo claro’. ‘Sí… mi clítoris está duro’. Piernas en la mesa, descalzo tacones, coño abierto al aire. Dedo arriba-abajo, lento. Mano izquierda en la polla de mi marido, tiesa bajo el pantalón. Él gime bajito.
‘Más: círculos fuertes, no cierres ojos. Mírame’. Me corro como una puta: cuerpo arco, coño chorreando, grito largo ‘¡Aaaah… me corro!’. Espasmos, jugos calientes bajan muslos, clítoris palpita furioso. Cae sobre mí, exhausta, frotando piernas.
Pierre se levanta, besa mi mano olorosa a coño, mete tarjeta en bolsillo de mi marido: ‘Llamadme para más íntimo, en mi villa’. Se va. Yo recupero: me visto tanga, falda baja, sonrisa. Volvemos al bar, copas en mano, como si nada. Miradas cómplices de otros, secreto élite. En casa, follamos brutal: polla profunda, yo gritando ‘¡Fóllame más!’.
600 palabras justas. Secreto nuestro, pero uf… ¿repetimos?