Acabo de bajar del yate de Javier, ese magnate que me tiene loca. Dios, el olor a cuero nuevo y sal marina aún me impregna la piel. Era una noche de esas, en su yate privado anclado en la Costa del Sol, solo para élites. Yo llegué en helicóptero, con un vestido de seda que rozaba mis pezones cada paso. Él me esperaba en la terraza VIP, rodeado de dossiers de contratos millonarios. ‘Cariño, siéntate’, me dijo, sirviéndome champagne Dom Pérignon, frío, burbujeante en mi lengua.
Hablamos de negocios primero, eh… fingiendo normalidad. Sus ojos, oscuros, me devoraban mientras firmaba papeles. ‘Muéstrame tu prueba’, murmuró, pasándome su análisis de sangre impecable. Yo saqué la mía del bolso, fresca de esta semana, y le enseñé el implante en mi brazo. ‘Tres años sin fallos, sin condón necesario’, le susurré, rozando su mano. La tensión subía, el aire cargado de promesas. ‘Quítate el vestido’, ordenó de repente, y el espacio se volvió nuestro. Solo nosotros, el mar negro de fondo, luces tenues. Me puso los brazaletes de oro en muñecas y tobillos, un collar con cadena. ‘Hoy, sumisión total, mi puta exclusiva’.
La Tensión en la Terraza VIP
Me llevó a la suite privada, cama king size con sábanas de satén. Desnuda, a cuatro patas, ojos vendados. El calor de la habitación me envolvía, música suave de jazz. Esperé, corazón latiendo fuerte, probando los nudos. Su mano rozó mis nalgas, suave… luego metió el huevo vibrador en mi coño ya empapado. ‘Humeda como siempre’, gruñó. Lo activó bajo, alto, teasing cruel. Gemí, arqueándome. Sus dedos expertos en mi clítoris, me llevó al borde y paró. ‘No corras, zorra’.
Luego, lubricante frío en mi culo. Un dedo, dos, tres… sentí el plug anal rozando. Intenté esquivarlo, pero él apagó el vibrador. ‘Ofrecete’. Entró y salió, mis gritos mezclados de dolor y placer. Olía a sexo, a su colonia cara. Quitó el plug, y su polla dura, caliente, presionó. ‘Relájate’, entró despacio, llenándome el culo. Primero gentil, luego brutal, embistiendo fuerte. El huevo a tope, pero yo solo sentía su verga hinchándome. Agarró mis caderas, follándome como un animal. ‘Voy a correrme’, jadeé. ‘Pide permiso’. ‘¡Por favor, maestro!’. Explotamos juntos, su leche caliente en mi interior.
El Sadismo Prohibido y el Éxtasis
Pero olvidé agradecer. ‘Elige tu castigo’, dijo frío. ‘Diez del látigo?’. ‘Quince con el gato de nueve colas’. Supliqué, pero él empezó. ¡Crack! En los pechos, no en la espalda. Grité. Otro en el vientre, impredecible. Conté mal, reinició a veinte. ‘¡Uno! ¡Dos!’, voz temblorosa. Dolor ardiente, pero mi coño chorreaba. Me azotó nalgas, tetas, pezones… sadismo puro, él gimiendo de placer. ‘Te encanta hacerme sufrir, ¿verdad?’. Rió, ‘Sí, puta’. Terminó, me acarició las marcas rojas, dulce tortura.
Me hizo correrme con dedos en el coño, follándome la mano. Le chupé la polla, tragando todo. Ducha juntos, agua caliente picando en heridas, él riendo. ‘Póntelas’, metiendo bolas chinas en mi coño. En el salón, yo mails, él dossiers. ‘No cambiaría nada de ti’, dijo. Lo miré, besos suaves. Bajamos a la cubierta como si nada, champagne de nuevo, contratos firmados. Nuestro secreto elite, esa noche de poder y placer. Él me susurró ‘Te amo’ al aterrizar. Sonreí, aún dolorida, adicta.