Acabo de aterrizar en mi jet privado en el aeropuerto de Taipei. 35 grados, humedad pegajosa. El chófer me espera con un Mercedes negro reluciente y me lleva directo al puerto privado. Allí, el yate de Kai, el CEO del proveedor, brilla bajo el sol: 50 metros de lujo puro, cubierta de teca, sofás de cuero blanco que huelen a nuevo, champán Dom Pérignon enfriándose en cubos de hielo.
Subo a bordo, vestido de seda roja ceñido al cuerpo, tacones que claquean. Kai me recibe: alto para ser taiwanés, traje impecable, ojos oscuros que me taladran. ‘Bienvenida, Carmen’, dice en un inglés perfecto, con acento que me eriza la piel. Nos sentamos en la sala VIP, mesas de mármol con pilas de contratos. Discutimos tarifas, plazos, visitas a la fábrica. Sus manos grandes hojean papeles, rozan las mías ‘por accidente’. El aire acondicionado zumba, pero yo sudo… de otra cosa.
Tensión en la cubierta VIP
‘¿Todo claro?’, pregunta, mirándome fijo. ‘Sí, pero… estos precios…’, respondo, cruzando las piernas, la seda rozando mis muslos. Él sonríe, se acerca para señalar una cláusula. Su colonia, madera y almizcle, me invade. Nuestras rodillas se tocan bajo la mesa. El mayordomo sirve ostras y caviar, burbujas del champán en mi lengua. Hablamos de la isla, de mis viajes, de París. ‘Los españoles sois fuego’, dice, y su mirada baja a mi escote. Siento mi coño humedecerse, el calor subiendo.
La cena en la cubierta superior: langosta, vistas al skyline de Taipei iluminado. Invitados VIP se retiran uno a uno, besos de despedida. De pronto, solo quedamos nosotros. El yate se aleja despacio del muelle, luces tenues, música jazz suave. ‘Ahora es privado’, murmura Kai, su mano en mi cintura. Lo miro, el corazón latiendo fuerte. ‘¿Qué quieres?’, pregunto, voz ronca. Me besa, labios firmes, lengua invasora. Caemos en el sofá de cuero, crujiente bajo nosotros.
El clímax brutal y sin tabúes
Sus manos arrancan mi vestido, tiran de la seda hasta dejarme en tanga negra. ‘Joder, qué tetas’, gruñe, chupando mis pezones duros. Yo le bajo los pantalones, su polla sale tiesa, gruesa, venosa. La agarro, masturbo fuerte, él gime. ‘Fóllame ya’, le digo, abriendo las piernas. Me lame el coño a través de la tela, luego la aparta, lengua en mi clítoris hinchado. Huele a mar y a mi excitación. Levanto las caderas, empujo contra su boca. ‘¡Sí, así, cabrón!’.
Me pone a cuatro patas, el cuero pegajoso en mis rodillas. Escupe en mi coño, mete dos dedos, me folla con ellos mientras me azota el culo. ‘Estás empapada, puta española’. Empuja su polla de un golpe, al fondo, estirándome. Grito, placer y dolor. Bombea salvaje, huevos golpeando mi clítoris. ‘Más fuerte, rómpeme el coño’. Cambio de posición, yo encima, cabalgo como loca, tetas rebotando, uñas en su pecho. Siento el orgasmo venir, contracciones, chorro de jugos. Él me agarra las caderas, embiste arriba, ‘Me corro dentro’. Calor de su leche llenándome, gritamos juntos.
Despertamos enredados, amanecer sobre el mar. Pedimos desayuno: frutas, café, croissants. Vuelve el mayordomo, contratos sobre la mesa. ‘Firmamos hoy’, dice Kai, guiñando ojo. Sonreímos, piernas rozándose bajo la mesa. Como si nada. Nuestro secreto de élite, adrenalina pura. Vuelvo a España con el trato cerrado… y el coño palpitando de recuerdos.