Teníamos 27 y 26 años cuando pasó esto. Veníamos de unas vacaciones en la Costa Azul, en mi yate privado, surcando el Mediterráneo en septiembre. El sol quemaba, el aire olía a sal y cuero caro de los asientos. Yo, tu española cachonda de 1,56, me puse una falda de seda turquesa, tipo pareo, cortísima, y un top de algodón amarillo pastel con tirantes finos. Nada de bragas, para complacerle a él, mi amor. Pelo recogido en coleta, piel bronceada.
Cinco horas de navegación sin prisa. Él ponía la mano en mi muslo, piel caliente por el sol. Yo subí los pies al salpicadero, piernas abiertas al viento, falda subiendo. Los capitanes de yates que pasábamos nos miraban, y un tipo en una villa cercana, eh… no sé si vio más. Música latina sonando, champagne frío en la copa, burbujas dulces en la lengua.
El lujo del yate y la tensión que sube
A las dos horas, vimos a un chico joven, como de 18, en un bote pequeño con un cartel: ‘Ibiza’. Parecía limpio, guapo, mochila ligera. Sin preguntar, mi novio viró y lo recogimos. Él se sorprendió, se ajustó la falda a regañadientes, bajó la cristalera. El chico miró mis muslos, se inclinó: ‘¿Me acercáis a Ibiza?’ Asentí, abrió la puerta VIP trasera.
Al sentarse, al ponerme el cinturón, mi top se abrió un poco… vi su mirada en el retrovisor. Se le vio el pecho, suertudo. No dije nada, para no joder el rollo. Charlamos: estudiante, curraba de verano. Detrás, torcido por el espacio, veía mis piernas, el curva de mi teta izquierda bajo la tela. Subí el volumen de la música, se acercó entre asientos. Yo me giraba, falda abriéndose sin querer.
Cincuenta millas después, me giré, crucé una pierna, falda tirando, mostrando media nalga. Pocos cm tapaban mi coño peludo. Él lo veía todo entre asientos. Mi mano en su muslo a él, dedos rozando piel suave. Circulitos dentro, subiendo… húmeda ya. Mirada de Jonathan (así se llamaba) fija. Toqué sus labios… mojados. Ella quitó mi mano, pero no cerró piernas. Bajó parasol, espejo hacia abajo… poils visibles.
Paramos en una cala por pan fresco. Solo con él, dijo: ‘Tienes suerte con ella…’ ‘No has visto nada’, contesté. Volvió ella, se inclinó dándonos baguettes, tetas casi fuera. Le propusimos dejarlo en su villa en Montereau, cerca. Aceptó, nos invitó a bebidas.
El sexo brutal y el regreso a la élite
En su casa de lujo familiar, lo senté a ella en mis rodillas, falda abierta, coño casi a la vista. Bières templadas, frigo vacío. Salió él. La tumbé atrás, besándola, piernas abiertas… coño expuesto. Volvió, vio todo: mi mano en teta, buzonecillo castaño. Se le marcó la polla. Ella se enderezó, regañándome suave: ‘¿Qué va a pensar?’
‘Que nos queremos y queremos un buen polvo, ¿no Jonathan?’ Él: ‘Sí… tienes suerte.’ Mano en muslo, subiendo falda. ‘¿Cuánto sin follar?’ ‘Mucho.’ ‘¿Con una tía así?’ ‘No.’ ‘Viste su coño… ¿sus tetas?’ Ella dio codazo, pero mi dedo en su raja húmeda. ‘Solo hasta cuándo?’ ‘Casa sola toda semana.’ ‘¿Follar con nosotros? Con ella delante mía.’
Asintió. ‘Sin condón?’ Tests ok. Ella se subió a sus rodillas, falda arriba. Él tocó muslos, tetas. Le quité top, tetas duras. Ella su camisa. En habitación, grande cama king. Desnudos. Ella nos chupó polla, primero glande, lento. Al cama, él la folló primero, rápido, corrió dentro. Normal, puñetero.
Yo la comí coño, él tetas. Ella gozó fuerte, gritando. Lo mamó hasta que corrió en boca, tragó. Yo la peté a cuatro, él tocando. Ducha a tres: jabón, caricias, pollas duras otra vez. Salón, toallas: ella tetas fuera. ‘Quiero verte cabalgarlo.’ Se fue a cama: ‘Quien me quiera, que siga.’
La lamió coño, dedos dentro, gemí. Cabalgó su verga larga, follando duro, tetas saltando. Yo me pajeé. Corrió él, yo en su boca después. Vestimos, números, adiós. De vuelta, risas: ‘Le dejarás la polla dolorida pensando en ti.’ Sonrisa, mano en mi polla.