Ay, chicas, acabo de bajar del yate de mi amante, Carlos. Ese cabrón me tiene loca. Todo empezó esta noche en su yate privado anclado en Ibiza, rodeados de millonarios y contratos millonarios sobre la mesa de caoba. El aire salado del mar se mezclaba con el aroma del cuero de los asientos y el burbujeo del champán Dom Pérignon en las copas de cristal. Llevaba mi vestido de seda negro, ajustado, que rozaba mis pezones cada vez que me movía. Y dentro… uf, el huevo vibrador que él me había regalado. Lo había calentado en mis manos antes de salir del hotel, lo metí en mi coño húmedo sin lubricante, mis labios lo chuparon como si lo desearan. La parte curva se pegó a mi clítoris, invisible bajo mis bragas de encaje.
Nos sentamos en la cubierta VIP, firmando dossiers de inversiones. Carlos, con su traje impecable, me guiñaba el ojo mientras charlábamos con los socios. ‘¿Estás cómoda, Sofia?’, me preguntó con esa voz grave. ‘Sí… perfecto’, respondí, mordiéndome el labio. De repente, sentí el zumbido. Bajo la mesa, él pulsó la app en su móvil. El huevo vibró adentro, masajeando mi clítoris. Mis muslos se apretaron, el calor subió por mi vientre. ‘Mmm… este contrato parece interesante’, dije, fingiendo leer, pero mi coño ya chorreaba. Él sonrió, sabiendo que luchaba por no gemir. El olor a su colonia cara me volvía loca, mezclado con mi propia humedad que empapaba las bragas.
La tensión en la cubierta VIP
La tensión crecía con cada mirada. Sus ojos decían ‘aguanta, puta mía’. Yo cruzaba las piernas, el vibrador me follaba en silencio mientras hablábamos de fusiones empresariales. ‘¿Quieres más champán?’, ofreció un socio. ‘Sí… por favor’, jadeé bajito, el clítoris hinchado pulsando. Carlos lo subió de intensidad un segundo, casi me corro allí, entre ellos. ‘Necesito… aire fresco’, mentí, levantándome temblando. Él me siguió con la excusa de ‘revisar un detalle privado’. Bajamos a la suite VIP, la puerta se cerró con clic metálico. Espacio nuestro, lujo puro: cama king con sábanas de satén, jacuzzi burbujeante.
El clímax brutal en la suite privada
Allí explotó todo. Me empujó contra la pared, levantó mi vestido. ‘Quítate las bragas, zorra’, gruñó. Se las arranqué, empapadas, y se las metió en la boca, oliendo mi coño. ‘Hueles a puta en celo’. Me abrió las piernas, sacó el huevo chorreante con un ‘pop’ jugoso. Mi clítoris latía solo. Se arrodilló, lamió mi coño como un lobo, lengua clavándose en mi agujero, chupando mi crema. ‘¡Joder, Carlos! ¡Me corro ya!’, grité, tirando de su pelo. Pero él no paró, metió dos dedos gruesos, follándome duro mientras vibraba el huevo contra mi ano. ‘Tu coño es mío, aprieta mi polla después’. Me volteó, a cuatro patas sobre la cama de satén que crujía. Escupió en mi culo, metió el pulgar mientras su polla enorme empujaba en mi coño. ‘¡Fóllame fuerte, cabrón! ¡Rómpeme!’, supliqué. Entró de un golpe, bolas chocando mi clítoris, el cuero de sus zapatos rozando mis rodillas. Me taladraba, salvaje, sudando, olor a sexo puro. ‘¡Córrete, puta! ¡Lléname de leche!’, rugí, mi coño contrayéndose en espasmos, chorros salpicando las sábanas. Él eyaculó dentro, caliente, gritando mi nombre.
Minutos después, nos recompusimos. Vestido bajado, sonrisa perfecta. Subimos a cubierta, champán en mano. ‘¿Todo bien con ese detalle?’, preguntó un socio. ‘Perfecto, cerrado el trato’, dijo Carlos, guiñándome. Yo reía, piernas flojas, su semen goteando sutil en mis muslos bajo la seda. Nadie sospechaba. Nuestro secreto de élite, esa corrida brutal compartida en el lujo. Ay, qué noche… aún siento el eco en mi coño.