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Mi noche salvaje en el yate privado con el joven steward

Eh… acabo de bajar de ese yate privado en el Mediterráneo, chicas. Verano, sol quemando, nosotras cuatro: yo, Françoise, la curvilínea de curvas generosas; Véronique, la flaca con piernas eternas; Arielle, la exentrenadora con músculos firmes; y Corinne, la falsa rubia que aún conserva ese culo perfecto. Todas maduras, casadas con ‘permiso de salida’, ja. Volábamos alto, literalmente, en ese yate de 50 metros, cuero italiano oliendo a rico, champagne Dom Pérignon burbujeando en copas de cristal.

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Estábamos en la sala VIP, revisando contratos de nuestros negocios –yo importo sedas de Asia–, miradas cruzadas sobre las mesas de mármol. Él, Kevin, el steward de treinta, rizos oscuros, barba suave, torso marcado bajo la camisa blanca. Servía copas, y noté sus ojos en mis tetas, que asomaban del escote de mi bikini cubierto por una bata de seda. ‘¿Más champán, señoras?’, decía con sonrisa pícara. Arielle le guiñó: ‘Sí, guapo, y algo más fresco’. Reímos, pero el aire se cargaba. Calor asfixiante. ‘¡Piscina!’, grité yo. Me quité la bata, el bikini –¡zas!–, y al agua turquesa. Ellas siguieron, culos al aire, tetas bamboleando. Kevin boquiabierto. ‘¿Vienes o qué?’, lo reté. Se desvistió: polla colgando gruesa, huevos pesados. Nadamos, rozones ‘accidentales’. Mi mano en sus nalgas firmes bajo el agua fresca. Salió con media verga tiesa. Glosss…

La tensión sube en el yate de lujo

Esa noche, en el hotel anexo al muelle –porque el yate era nuestro palacio flotante–, planeamos en la terraza. Compré condones en la farmacia de lujo. ‘Chicas, esa polla es para nosotras. Yo primero. Cuatro noches, cuatro putas afortunadas’. Arielle: ‘Si lo consigues, banco’. Véronique dudó, Corinne ‘no sé…’. Pero el dinner fue eléctrico, Kevin ajeno, riendo con nosotras. Mi habitación single, puerta entreabierta. A las 23h, entro en camisón transparente que no esconde mis tetas gordas ni mi coño depilado. Él desnudo, durmiendo de lado, culo redondo, huevos asomando. Me tumbo, dedo en sus nalgas… bajo a las bolas. Lo acaricio. Se despierta: ‘¿Françoise? ¿Qué…?’ ‘Shhh, déjame’. Lo pajeo suave. Su verga crece, enorme, venosa. Boca hambrienta: chupa mi lengua de terciopelo en su capullo. Gime. ‘Joder, qué pipe’. Rompo el condón con dientes, se lo pongo. Me monto, empalándome lento, ojos en ojos. Ondulo, tetas rebotando como faros. Él las amasa. Empujo fuerte, él responde con embestidas verticales. ‘¡Sí, fóllame!’ Me giro, culazo en pompa. Vuelvo, lo aprieto con muslos carnosos. A cuatro patas: ‘¡En el culo, Kevin!’. Cambiamos condón. Me penetra anal, duele rico. ‘¡Me encanta ser enculada!’. Rafaga de polla, clítoris frotado. Grito ‘¡Ahora!’. Él eyacula torrent, yo tiemblo en orgasmo. Nos quedamos, sudados, olor a sexo y cuero.

A la mañana, desayuno impecable: croissants, café, sonrisas. Camino cojeando leve, ellas lo notan, guiños. ‘¿Bien follada?’, susurra Arielle. ‘Matador. Tu turno’. Durante el día, en el yate, todo normal: contratos, champán, risas. Pero miradas cargadas, roces en cubierta. Secreto de élite, poder y placer exclusivo. Kevin nos mira distinto, cómplice. Corinne aún resiste, pero… ya caerá. Este mundo VIP sabe a más.

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