Mi noche de sexo salvaje en el yate privado del millonario

Uf, acabo de bajar del yate… el corazón todavía me late fuerte. Era uno de esos cacharros de lujo, anclado en la Costa Azul, todo cristales ahumados y cubiertas de teca reluciente. Olía a cuero nuevo y sal marina, con ese champagne Dom Pérignon burbujeando en copas de cristal. Yo, vestida con un vestido de seda negro que se me pegaba al cuerpo como una segunda piel, tacones Louboutin que resonaban en la madera pulida.

Estábamos en la sala VIP, él y yo solos después de que su asistente se largara. Él, el magnate, unos cuarenta tacos, traje Armani impecable, ojos grises que me taladraban. Sobre la mesa de caoba, pilas de contratos: millones en juego, exclusividad total para mi marca de joyas. ‘Firma aquí, cariño’, me dice con esa voz grave, rozándome la mano al pasarme el bolígrafo. Siento su calor, eh… mis pezones se endurecen bajo la seda. Le miro fijamente, mordiéndome el labio. ‘¿Y si quiero más detalles?’, le suelto, cruzando las piernas despacio, dejando que la falda suba un poco.

La tensión sube en la sala VIP del yate

La tensión crece. Él se acerca, su colonia cara me invade, mezcla de sándalo y poder. Nuestros ojos se clavan, el aire se espesa. ‘Este yate es mío, y ahora esta sala es nuestra’, murmura, cerrando la puerta con llave. El clic resuena. Ya no hay contratos, solo deseo puro. Me pone contra la mesa, sus manos grandes en mi cintura, apretando la seda. ‘Joder, qué buena estás’, gruñe, besándome el cuello. Huele a champagne en su aliento, dulce y alcohólico.

De repente, todo explota. Me arranca el vestido de un tirón, la seda rasga con un sonido que me pone a mil. Quedo en tanga de encaje y sujetador push-up. Él se desabrocha la camisa, mostrando un pecho duro, vello oscuro. ‘Quítate eso’, ordeno, y le bajo los pantalones. Su polla salta fuera, enorme, venosa, ya dura como piedra. La agarro, palpitante, caliente en mi palma. ‘Mmm, qué pedazo de verga’, digo lamiéndome los labios. Me arrodillo en la alfombra persa, huelo su masculinidad, ese olor almizclado. La chupo despacio al principio, lengua en el glande, saboreando la gota salada de precum. Él gime, ‘Sí, cabrona, trágatela toda’. La meto hasta la garganta, baboseando, mis tetas rebotando.

Me levanta como una pluma, me tira en el sofá de cuero negro, crujiente bajo mi culo desnudo. Abre mis piernas de golpe, ‘Mira qué coño mojado’, dice metiendo dos dedos. Estoy chorreando, mi clítoris hinchado pidiendo guerra. Me come el coño con hambre, lengua plana lamiendo de abajo arriba, chupando mi botón como un loco. ‘¡Ah, joder, no pares!’, grito, clavándole las uñas en la cabeza. Sus dedos follándome rápido, chapoteando en mis jugos. No aguanto, me corro fuerte, squirteando en su cara, temblando toda.

El polvo intenso y el regreso a las apariencias

Ahora él. Me pone a cuatro patas, el cuero pegajoso en mis rodillas. Me azota el culo, fuerte, rojo al instante. ‘Vas a gritar mi nombre’, promete. Su polla empuja contra mi entrada, gruesa, estirándome. Entra de un golpe, hasta el fondo, golpeando mi cervix. ‘¡Fóllame duro!’, suplico. Empieza a bombear, salvaje, piel contra piel, slap-slap. Sus huevos me dan en el clítoris, sus manos apretándome las tetas, pellizcando pezones. Cambio de posición, yo encima, cabalgándolo como una yegua, mi coño tragándosela entera, jugos bajando por sus bolas. Él me agarra el culo, metiendo un dedo en mi ano, doble penetración que me vuelve loca.

‘¡Me corro, puta!’, ruge, y siento su leche caliente llenándome, chorro tras chorro. Yo exploto otra vez, contrayéndome alrededor de su verga, gritando. Nos derrumbamos, sudorosos, jadeando, olor a sexo puro en el aire.

Minutos después, él se recompone primero. ‘Vístete, tenemos que firmar’, dice con sonrisa pícara, ajustándose la corbata. Yo me pongo el vestido roto como puedo, peino mi pelo revuelto. Firmamos los contratos, brindamos con champagne fresco. ‘Un placer hacer negocios contigo’, dice guiñándome el ojo. Bajamos a cubierta, él saluda a su equipo como si nada. Nuestro secreto elite, esa follada brutal, queda grabada en miradas cómplices. Uf, qué subidón de poder y placer.

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