Mi noche prohibida en el yate privado: lentes ajustadas y placer desatado

Ay, chicas, acabo de bajar del yate de mi amigo el magnate petrolero. Ese mundo de lujo me pone tan cachonda… El sol se ponía sobre el Mediterráneo, el cuero de los asientos olía a caro, a poder. Estaba ahí, con mis gafas de sol de diseño, esas que se me resbalan por la nariz fina. ‘Joder, qué coñazo’, murmuro mientras las subo por décima vez.

Aparece él, el óptico VIP invitado solo para nosotros, los elegidos. Alto, ojos gris-azulados que cambian con la luz, como el mar. Traje impecable, manos finas con uñas perfectas. ‘Señorita, déjeme ayudarla’, dice con voz grave, sentándose a mi lado en el lounge privado. Nuestros muslos se rozan, el calor sube. Saca sus herramientas, me quita las gafas. Sus dedos rozan mi piel detrás de las orejas, su aliento huele a menta y whisky añejo.

La tensión sube en la cubierta VIP

Mientras ajusta, hablamos de negocios. ‘Tengo una villa en Marbella que renovo para clientes como tú’, dice, pasando carpetas de contratos. Nuestras miradas se cruzan, intensas. ‘Mmm, cuéntame más’, digo, inclinándome. El champán burbujea en la copa de cristal, dulce en mi lengua. Sus ojos bajan a mi escote, la seda de mi vestido rojo se tensa. ‘Estas patillas de silicona premium te las fijarán para siempre’, prueba colocándolas. Me pide que sacuda la cabeza, que me incline. Su mano en mi nuca, firme. El corazón me late fuerte, siento mi coño humedecerse.

‘Perfecto, pero veamos en privado’, susurra. El yate vira a una bahía exclusiva, la cubierta VIP se vacía. Nos escabullimos a la cabina master, puerta blindada que se cierra con clic. Espacio de élite: cama king con sábanas de hilo egipcio, jacuzzi burbujeante, olor a sándalo y cuero nuevo.

Ya dentro, no hay vuelta atrás. ‘Quítame el vestido’, gimo, temblando. Sus manos bajan la cremallera, despacio. Solo llevo tanga de encaje negro, pezones duros contra el aire fresco. ‘Joder, qué tetas tan perfectas’, gruñe, chupándomelas. Mordisquea, tira, yo arqueo la espalda. ‘Fóllame ya’, suplico. Él se desabrocha, saca la polla gruesa, venosa, cabezona ya mojada. La froto, dura como acero.

El clímax brutal en la cabina privada

Me tumba en la cama, piernas abiertas. ‘Mira cómo chorreas, puta cachonda’. Lame mi coño, lengua en el clítoris hinchado, dedos dentro, curvados tocando el punto G. Gimo alto, ‘¡Sí, así, cabrón!’. Me corro rápido, chorro caliente en su boca. Él se pone de rodillas, me mete la polla de un empujón. ‘¡Aaaah!’, grito, llena hasta el fondo. Bombeamos salvaje, piel sudada chocando. ‘Tu coño aprieta como virgen’, jadea. Cambio posición, a cuatro patas, él agarra mis caderas, azota mi culo. ‘¡Más fuerte, rómpeme!’. Entra y sale, bolas golpeando mi clítoris. Giro, lo monto, rebotando, tetas saltando. ‘Córrete dentro, lléname de leche’. Él ruge, eyacula profundo, caliente, desbordando.

Agotados, sudorosos, nos besamos lento. Limpio su polla con la lengua, saboreando el mix de semen y jugos. ‘Eres increíble’, murmura.

Minutos después, volvemos a cubierta. Vestidos impecables, champán en mano, sonrisas educadas. Él firma el contrato de la villa como si nada. Nuestros ojos se encuentran, secreto compartido. ‘Hasta la próxima revisión, señorita’, guiña. Bajo del yate con piernas flojas, coño palpitando aún. Ese poder, esa exclusividad… adictivo.

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