Era verano en Ibiza, el calor pegajoso del Mediterráneo nos envolvía. Mi marido y yo, en nuestro yate privado, rodeados de lujo puro. Yo llevaba un top de seda blanco, escotado justo lo necesario, sin sujetador… mis tetas libres, bronceadas solo hasta la línea del bikini. Él, con su lumbalgia fingida, se recostaba en el sofá de cuero italiano, oliendo a mar y colonia cara.
Teníamos que revisar contratos para una fusión millonaria. Papeles por todas partes en la mesa de cristal del lounge VIP. Yo me movía, cogiendo carpetas, champán Dom Pérignon en cubitera helada. Cada vez que me inclinaba para poner un dossier en el fondo del maletín, sentía el aire fresco rozando mis pezones. Al principio, tapaba con la mano por pudor, pero… uf, con el calor y el alcohol, me olvidé.
La tensión sube en el lounge exclusivo
Él me miraba, sonrisa pícara. ‘Cariño, revisa esa fecha en el contrato’, me dijo, sabiendo que un tipo del club exclusivo, un inversor ruso con pinta de tiburón, rondaba cerca, fingiendo leer su móvil. Me agaché, dos manos en el papel grueso… ¡zas! Mis tetas blancas, redondas, se columpiaron libres bajo la seda fina. Pezones duros por el aire acondicionado. El ruso tragó saliva, ojos clavados. Mi marido sudaba, polla ya medio tiesa bajo los pantalones de lino.
Seguí, distraída por el vaivén del yate. Cada paso hacía que mis tetas rozaran la tela, marcándose. Pasamos por la zona refrigerada del bar… ¡joder, se me pusieron como piedras! Él gemía bajito, ‘Me duele la espalda, amor, hazlo tú’. Mentira cochina. Vi al ruso acercándose, oliendo su aftershave caro, ojos en mi escote.
En la mesa final, para cerrar deals, me puse delante del maletín. Cogía contratos con ambas manos, inclinándome más y más. Ya no tapaba nada. Tetas enteras a la vista, pezones rosados erectos, arrogantes. El ruso a un metro, mi marido susurrando: ‘Gracias, nena, nos regalas un espectáculo de puta madre…’. Dije ‘nos’, a propósito. Él se sonrojó, pero… miré mis tetas, tiré un poco del top hacia abajo. ‘No puedo evitarlo, con tu espalda jodida tengo que usar las dos manos’, balbuceé, excitada perdida.
El polvo salvaje sin filtros
Sus aréolas se contrajeron, pezones tiesos. Fingía esperar al camarero con el champán, cambrada, tetas apuntando. Sudor en mi canalillo, olor a piel caliente y sal marina. El ruso jadeaba bajito. Mi coño chorreaba ya, bragas empapadas de seda.
De repente, mi marido tose: ‘Vámonos al camarote privado’. El lounge se vacía, tripulación discreta desaparece. Puerta cierra con clic lujoso. Ahí, sin palabras, me arranca el top. Tetas rebotan libres. ‘Joder, qué tetazas’, gruñe, mamándomelas crudo. Lengua en pezones, mordiendo. Yo gimo, ‘Fóllame ya, cabrón’. Baja mis shorts, braga hecha mierda. Dedos en mi coño empapado, ‘Estás inundada, puta exhibicionista’.
Me pone a cuatro en el cuero del sofá, polla gorda saliendo del pantalón. Entra de un golpe, ‘¡Aghhh!’, coño lleno, estirado. Me folla brutal, tetas balanceándose salvajes. ‘Mira cómo te comió los ojos ese ruso, zorra’. Yo grito, ‘Sí, me ponía cachonda… fóllame más duro’. Pies de yate meciéndonos, champán derramado en mi espalda. Cambia, me monta encima, yo cabalgo su polla, tetas en su cara. Él chupa, muerde. ‘Córrete dentro, lléname el coño’. Explota, leche caliente chorreado. Yo tiemblo, orgasmo brutal, squirtando en su vientre.
Sudados, jadeantes, olor a sexo y cuero. Se limpia rápido, me pasa una toalla de hilo egipcio. Vuelvo a ponerme el top, pezones aún marcados. Salimos al lounge como si nada. El ruso finge leer, guiño cómplice de mi marido. Brindamos con champán fresco, contratos firmados. ‘Buen negocio’, dice él, mano en mi muslo bajo mesa. Yo sonrío, coño goteando aún su corrida, secreto elite nuestro. Noche de estrellas, lujo intacto, pero fuego eterno dentro.