Son las tres de la mañana. Salgo del lounge VIP del Mandarin Oriental, ese hotel de lujo en Madrid donde todo huele a dinero y perfume caro. Mi amigo Carlos, el empresario ese con yate propio, cierra la puerta de cristal esmerilado detrás de mí. Hemos estado revisando contratos hasta tarde, sorbos de champagne Dom Pérignon que me pican en la lengua, burbujas dulces y frías. El pasillo está forrado de moqueta gris perla, suave bajo mis Louboutins, y luces tenues que me guían al ascensor privado.
Soy perezosa para bajar a pie, aunque solo son unos pisos. Quiero mi suite, mi cama king size con sábanas de hilo egipcio. Pulso el botón, impaciente. El ascensor tarda, como siempre cuando aprietas. Finalmente, ding. La puerta se abre con un susurro hidráulico. La luz interior es oro suave, no como las bombillas cutres de siempre. Y ahí está él.
Tensión en el lounge VIP y el ascensor exclusivo
Un tío impresionante, moreno, traje Tom Ford impecable, ojos verdes que me clavan. Lleva una carpeta de cuero bajo el brazo, seguro otro pez gordo cerrando tratos. Me mira, yo le miro. Sonrío, coqueta, porque en este mundo de privilegios, el juego empieza con los ojos. Entro, el espacio se cierra, íntimo, como una caja de cristal y acero pulido. Huele a su colonia, madera de sándalo y cuero nuevo. Pulso el botón del ático, él ya lo tiene pulsado.
El ascensor arranca, suave, sin vibraciones. Nuestros hombros casi se rozan. Siento su calor, su respiración calmada pero… ¿acelerada? Miro mis contratos en el móvil, pero mis ojos van a su entrepierna, abultada ya. Él carraspea, ‘Buenas noches… ¿tarde de negocios?’. ‘Sí, contratos eternos’, digo, voz ronca, mordiéndome el labio. Silencio cargado. Nuestras miradas chocan en el espejo. La tensión sube, el aire se espesa. ¿Y si paro esto? Mi mano tiembla hacia el botón STOP. Lo pulso. El ascensor se detiene con un leve jerk.
Él arquea la ceja, sonríe lobuno. ‘¿Problemas técnicos?’, pregunta. Me acerco, ‘No, yo soy el problema’. Nuestros labios chocan, salvajes. Su lengua invade mi boca, sabe a whisky añejo y deseo. Manos en mi culo, apretando mis nalgas firmes bajo el vestido de seda negro. ‘Joder, qué tetas’, murmura, bajando el escote, chupando mis pezones duros como piedras. Gimo, ‘Fóllame ya, cabrón’. Le bajo la bragueta, saco su polla gorda, venosa, palpitante. La agarro, masturbo fuerte, siente el calor de mi palma.
El polvo intenso y el regreso a las apariencias
Me arrodillo en la moqueta, olor a cuero y sexo. La meto en la boca, profunda, garganta hasta las bolas. Él gime, ‘¡Hostia, qué boca!’. Chupa mi lengua antes, ahora mi clítoris palpita. Me pone de pie, sube mi falda, rompe el tanga de encaje. Dedos en mi coño empapado, ‘Estás chorreando, puta rica’. Me come el chocho, lengua girando en mi clítoris hinchado, dedos follando mi agujero apretado. Huelo mi propio almizcle mezclado con su sudor. ‘¡Más, lame mi culo!’, suplico. Él obedece, lengua en mi ano, mientras me masturba el coño.
No aguanto. ‘Métemela’, ordeno. Me gira, contra el espejo. Polla entra de un golpe, dura, llenándome. ‘¡Qué coño tan apretado!’, gruñe, embistiendo brutal, pelotas golpeando mi clítoris. Follando como animales, sudor goteando, tetas rebotando. Cambio, yo encima, cabalgando su verga, uñas en su pecho. ‘Córrete dentro, lléname’, jadeo. Él acelera, polla hinchada, y explota, semen caliente inundando mi útero. Yo vengo gritando, coño contrayéndose, jugos por sus muslos.
Ding. Luces parpadean, puerta se abre. Nos arreglamos rápido, corbatas, vestidos. Él me da un beso en la mejilla, ‘Ha sido… exclusivo’. Sonrío, ‘Nuestro secreto de élite’. Salgo, piernas temblando, aroma a sexo en mi piel. Él se va al otro lado, como si nada. En este mundo VIP, el placer es así: intenso, privado, y vuelves a las apariencias con una sonrisa.