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Mi aventura ardiente en el jet privado de mi jefe millonario

Acabo de colgar el teléfono y mi corazón late fuerte. Mi jefe, Carlos Ruiz, el rey de los inmuebles de lujo, me invita a un almuerzo. Solo lo he visto dos veces: en mi presentación hace dos meses y firmando un megaproyecto la semana pasada. Es un tipo imponente, sesentón con barriga, pelo rojizo y barba que le da ese aire de vikingo. Mide casi dos metros, pesa lo suyo… pero manda con mano firme y sonrisa pícara.

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Llego nerviosa al steakhouse exclusivo en el centro. Casual como siempre: pantalón vaquero, blusa blanca, botines. Él llega con su rollo de cowboy: me aprieta la mano hasta doler, pide por los dos un filete jugoso y un vino francés caro. Hablamos de trabajo, de mi integración, de fines de semana. Devora su plato en dos minutos y me clava los ojos: ‘¿Conoces Dubái, nena?’. Balbuceo un no. ‘Me encanta cerrar tratos allí. Mi mujer ya no viaja. ¿Quieres venir conmigo en mi jet privado? Quince días, partimos el lunes’. Me quedo tiesa. ¿Reemplazar a su esposa en un viaje VIP? Me da 24 horas. Paga, me guiña un ojo y se va. Toda la noche debatiendo: la chica buena contra la puta aventurera. Gana esta última.

La invitación y la tensión en el cielo

Me da todo: tarjeta black, lista de tiendas para ropa chic. Todo en seda y kaki sutil. En el aeropuerto privado, subo al jet: cuero nuevo que huele a lujo, champán Dom Pérignon helado, asientos que se convierten en cama. Él con maletas de contratos, yo con dos Louis Vuitton. Primera clase total: hostess en tacones, caviar, privacidad absoluta. Hablamos de centros comerciales en Dubái, pero sus ojos recorren mis piernas cruzadas. ‘Firma esto, cariño’, dice pasándome un dossier. Nuestras manos se rozan. El jet despega, el ronroneo de motores vibra en mi coño. Brindamos, el champán burbujea en mi lengua, dulce y ácido. Su mano roza mi rodilla ‘por accidente’. Tension… ay, esa mirada hambrienta.

La cabina se cierra. Solo nosotros. ‘Ven aquí’, murmura con voz ronca. Me atrae a su regazo. Huele a colonia cara y whisky. Deslizo mi blusa de seda, sus dedos gordos aprietan mis tetas. ‘Joder, qué pezoncitos duros’. Gimo, bajo su cremallera: su polla es corta pero gorda, circuncidada, venosa. La chupo, salada, palpitante. Él me arranca las bragas, moja sus dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta’. Me monta a horcajadas, me clava esa verga ancha. Duele rico, me llena. Subo y bajo, su barriga contra mi vientre, sudor mezclado. ‘Fóllame fuerte, jefe’, jadeo. Me agarra las caderas, me embiste brutal. Su dedo en mi culo, frotando. Exploto: chorros calientes mojan el cuero. Él gruñe, me inunda de leche espesa, caliente.

El clímax prohibido y el regreso discreto

Me lame el coño después, sorbiendo mis jugos. Vuelvo a cabalgarlo, esta vez de espaldas, su polla rozando mi punto G. Grito, tiemblo, otra corrida mía. Él eyacula otra vez, menos pero profunda. Nos besamos, lenguas torpes. ‘Eres mi puta perfecta’, dice riendo.

El jet aterriza en Dubái. Me arreglo: blusa planchada, sonrisa fresca. Firmamos contratos en la suite del Burj Al Arab, piscina infinita, vistas al desierto. Él presenta como ‘mi asistente estrella’. Noche de gala: caviar, langosta. Regresamos como si nada, pero su guiño dice: nuestro secreto de élite. Ahora, en mi piso modesto, huelo aún su semen en mi piel. Volvería a follarlo en las nubes mil veces.

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