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Mi noche prohibida con mi asistente en la suite presidencial

Acabo de llegar a esta suite presidencial en el hotel más exclusivo de la Costa del Sol. Todo huele a lujo: el cuero suave de los sofás, el champagne Dom Pérignon enfriándose en la cubitera de cristal. Estoy de siete meses, mi vientre enorme tensa la seda de mi vestido de diseño. Mutaron a este chico nuevo como mi asistente personal. Javier, alto, mirada intensa. El director de RRHH nos dejó solos con pilas de contratos para revisar antes de la cena con inversores.

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Nos sentamos en la mesa de mármol, papeles por todos lados. Sus manos rozan las mías al pasar páginas. ‘¿Todo bien, Sandra?’, me dice con voz baja. Yo asiento, pero siento el calor subiendo. Mis pezones se endurecen bajo la tela fina. Él me mira el vientre, no con lástima, sino con hambre. Le ofrezco champagne. ‘Bebe, por el bebé’, dice él, y me da un sorbo. Sus dedos tocan mis labios. Uff…

La tensión sube entre contratos y miradas en el paraíso VIP

Los días siguientes, en esta burbuja VIP, la tensión crece. Charlas cortas, roces ‘accidentales’. Una tarde, le traigo café humeante. Él me trae un zumo fresco. ‘Para hidratarte, jefa’. Nuestros ojos se clavan. Mi alianza brilla, foto de mi hijo en el móvil. Pero su olor, colonia cara mezclada con testosterona, me moja.

Hoy, noche cerrada. La suite es nuestro mundo privado. Puertas cerradas, vistas al mar negro. Revisamos el último contrato. Mi vestido se mancha con mayonesa de un canapé. ‘Déjame’, dice. Corre al baño, vuelve con una esponja húmeda. Frota mi vientre despacio. Siento su palma dura contra mi piel. Nos quedamos quietos, respirando pesado. ‘Sandra… no puedo más’, murmura. ‘Hazlo. Pero no enciendas luces. Llamo a mi marido, diré que hay reunión’. Marqueo, invento excusas mientras él me besa el cuello. Huele a sal marina y deseo.

Me quita el vestido. Quedo en lencería de encaje. Mi barriga redonda brilla con la luz tenue de la calle. Se arrodilla, besa mi vientre. ‘Eres perfecta’. Le bajo los pantalones. Su polla semi-dura, gruesa, venosa. La acaricio. Se pone tiesa como hierro. ‘Chúpamela’, gime. Me arrodillo torpe por el peso, la meto en boca. Sabe a hombre limpio, pre-semen salado. Chupo suave, lengua en el glande, bolas en la mano. Gime bajito: ‘Joder, Sandra…’

El descontrol total: polla dura, coño húmedo y placer anal

No aguanto. Me siento en el sofá de cuero, piernas abiertas. Mi coño pelirrojo, hinchado por hormonas, chorrea. Él lame mi clítoris, dedos en mi entrada. ‘Estás empapada, puta embarazada’. Me folla con la lengua hasta que tiemblo. Luego, su polla entra despacio en mi coño. Lleno, estirándome. Cabalgo, tetas rebotando, leche pre-natal goteando. ‘¡Más fuerte, joder!’. Él aprieta mis pechos, chupa pezones lechosos.

‘Quiero por el culo. Mi marido nunca…’. Lo lubrico con saliva, dedo primero. Gime de dolor-placer. Empujo la polla cabezona en su ano virgen. Aprieta, espasmos. ‘¡Sigue, coño!’. La meto toda, pubis contra nalgas suaves. Bombeamos lento, luego salvaje. ‘¡Qué bien entra tu verga en mi culo!’. Siento su presión montando.

‘Voy a correrme dentro de tu coño’. Me voltea, abre mi raja húmeda. Penetra vaginal feroz, busca mi G. Eyaculo gritando bajito, él inunda mi útero con chorros calientes. Sincronía perfecta. Limpia su polla chupándola, yo a cuatro patas aún temblando.

De repente, luces. La camarera entra con toallas. ‘¡Dios, con una embarazada! Perdón’. Sale corriendo. Nos reímos nerviosos. Nos vestimos besándonos. ‘Nadie sabrá’, digo. Él asiente. Salimos como si nada, pero me susurra: ‘Mi dirección, para ‘reuniones’ VIP’. Nuestro secreto elite, adictivo como el caviar y el poder.

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