Acabo de llegar al club más exclusivo de Madrid, ese donde solo entran los que firman cheques de seis ceros. Es mi cumple, y organizo una fiestecita íntima en el yate anclado al lado. Huele a cuero nuevo en los sofás de la sala VIP, y el champagne Dom Pérignon burbujea en copas de cristal. Llevo un vestido de seda negra que se pega a mi piel sudada por la emoción. Me siento frente a la mesa de mármol, rodeada de dossiers gordos con contratos millonarios. La hostess, una morena despampanante con uniforme ajustado –blusa blanca semiabierta, falda lápiz que marca su culo perfecto–, se acerca con los papeles. Sus tetas… uf, se ven a través de la tela fina, sin sujetador, pezones duros rozando el encaje. ‘Buenas noches, señora’, dice con voz ronca, inclinándose. Sus ojos se clavan en los míos, y yo en su escote. Huele a perfume caro, vainilla y algo más… deseo.
Hay un atasco con los precios de unas acciones, falta un sello o qué sé yo. Llama por el intercomunicador, y esperamos. La sala está casi vacía, solo un par de ejecutivos aburridos al fondo. Yo la miro sin disimulo, ella se sonroja pero no se abrocha. ‘¿Eres nueva aquí?’, le pregunto, pasando la lengua por los labios. Sonríe, pasa el scanner por los documentos. Sus manos tiemblan un poco, roza mi brazo al darme el bolígrafo. Siento el calor de su piel. ‘Me llamo Lola’, susurra. Mi coño se moja ya. Hay tres tipos delante en la cola mental de firmas, pero yo acelero: arranco una etiqueta falsa de un dossier para alargar. El viejo de al lado refunfuña, pero le lanzo una mirada que dice ‘cállate o te reviento’. Ella ríe bajito. ‘¿A qué hora sales, Lola? Tengo una fiesta en el yate… champagne, caviar, y algo más caliente’. Se muerde el labio. ‘No sé… hay mucho alcohol’. ‘No bebo sola, guapa. Y mis amigos están sedientos’. Le guiño, ella levanta los ojos al cielo, pero sus pezones se endurecen más.
La Tensión en la Sala Privada de Contratos
De repente, abren la sala privada contigua, solo para VIP como yo. ‘Pasa, firma aquí dentro, más discreto’, dice ella, tocándome la cintura. El espacio se cierra: luces tenues, cama king size disfrazada de chaise longue, olor a jazmín y cuero. Puerta cerrada. Ya no hay barreras. La empujo contra la pared, le arranco la blusa. ‘Joder, qué tetas tan ricas’, gruño, chupando un pezón duro como piedra. Ella gime: ‘Eh… espera…’. Pero ya le meto la mano bajo la falda, palpando su tanga empapada. ‘Estás chorreando, puta’. La tiro en la chaise, le abro las piernas. Su coño depilado brilla, clítoris hinchado. Le escupo encima y meto dos dedos, follándola fuerte. ‘¡Sí, así! ¡Fóllame!’, grita. Me bajo el vestido, mis tetas saltan libres. Ella me lame el coño mientras yo me froto contra su cara, ahogándola en mis jugos. Huele a sexo puro, sudor y champagne derramado.
El Sexo Brutal y el Regreso a las Apariencias
La pongo a cuatro patas, cuero crujiendo bajo sus rodillas. Saco mi juguetito del bolso –un strap-on negro grueso– y se lo clavo de un golpe en el coño. ‘¡Aaaah! ¡Me partes, cabrona!’, aúlla, pero empuja hacia atrás. La taladro como una máquina, nalgas rebotando, mi clítoris rozando el arnés. Cambio a su culo apretado, lubricado con saliva. ‘¡En el ojete no! ¡Sí, joder, métemela toda!’. Bombeamos, sudor goteando, tetas balanceándose. Le pellizco los pezones hasta que llora de placer. Eyaculo imaginaria en su interior, ella se corre gritando, squirt salpicando el mármol. Nos corremos juntas, cuerpos temblando, besos salvajes con lengua y mordiscos.
Respiramos agitadas. Ella se arregla la blusa, yo el vestido. ‘Nadie sabrá’, dice con sonrisa cómplice, sellando el último contrato. Salimos como si nada, ella roja, yo con piernas flojas. El guardia africano nos mira raro, pero paso con mi sonrisa de reina. No vino a la fiesta del yate… aún. Pero volveré por más de ese coño exclusivo. Nuestro secreto de élite.