Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Soy Valeria, 52 años, española de pura cepa, trabajo de azafata en un club exclusivo de yates en Ibiza. Mundo de millonarios, jets privados y yates que parecen palacios flotantes. Adoro el olor a cuero nuevo de los asientos, el fizz del champagne Dom Pérignon helado en cristalería fina. Ese día, sirviendo en la sala VIP del yate de Herbert Monclar, un titán del mueble de lujo made in Spain. Su familia acaba de comprar la menuiserie local y la convierten en oro puro.
Estábamos en plena reunión: contratos sobre la mesa de caoba, vistas al mar turquesa, aire acondicionado con aroma a sándalo. Yo repartía copas, tacones Louboutin clicando en la cubierta. Él, alto, atlético, traje Armani ceñido, ojos que me desnudaban. ‘Valeria, ¿otra copa?’, murmuró, rozando mi mano. Su voz grave, como un ronroneo. Yo, sonriendo, ‘Claro, señor Monclar, ¿Dom o Krug?’. Nuestras miradas chocaron, electricidad. Los otros negociaban precios locos, pero entre nosotros… tensión pura. Sus dedos en el contrato, imaginando otros papeles.
La tensión sube en el yate de lujo
De repente, un error en la factura del club para su sobrino VIP. Él salta: ‘¡Esto es una locura! ¿Diez mil por un mes?’. Yo, roja de ira, ‘¡Oiga, no soy contable, hable con la gerencia!’. A centímetros, su pecho ancho, olor a colonia cara y sudor sutil. Se disculpa, mano tendida. ‘Perdona, mala día. Herbert’. Yo, suavizando, ‘Valeria. Llame ya’. Mientras él va a la oficina del yate, pienso: ‘Joder, le montaría como una yegua’.
Al día siguiente, ramo de orquídeas en mi taquilla. ‘Mis disculpas, cena esta noche?’. Negocié, pero mi coño dijo sí. Shopping en boutiques exclusivas: vestido de seda negra ceñido, tacones, lencería que no usé. Él pasa a recogerme en su Bentley. Cena en gastro del puerto, caviar, langosta. Miradas largas, pies rozándose bajo la mesa.
Invitación: ‘Sube a mi suite privada en el yate’. Espacio VIP total: jacuzzi burbujeante, cama king con sábanas de hilo 1000, champán abierto. Puerta cierra, clic. ‘Estás increíble’, dice, manos en mi cintura. Yo, temblando, ‘Tú tampoco, Herbert… eh, ¿seguro?’. Beso lento, lenguas danzando, sabor a vino caro. Manos bajan, vestido cae. Nada debajo. ‘¡Joder, Valeria, desnuda para mí!’. Sus dedos en mi coño empapado, olor a sexo mezclado con cuero.
El clímax brutal y el regreso a la normalidad
Lo empujo al sofá de piel, le bajo pantalones. Polla enorme, venosa, goteando. ‘Dios, qué verga…’. Me arrodillo, chupo el glande, salado, bolas pesadas. Él gime, ‘Así, puta mía’. Me monta en cuatro, clava su polla en mi coño chorreante. ‘¡Fóllame fuerte!’, grito. Golpes profundos, pubis contra mi clítoris, tetas balanceando. Olor a sudor, piel contra piel. Cambio: yo encima, cabalgo salvaje, jugos goteando por sus huevos. ‘¡Me corro! ¡Ahhh!’. Orgasmo brutal, útero lleno.
No para. Dedos en mi culo, lubricado con mis fluidos. ‘¿Quieres mi ano?’, jadeo. ‘Sí, zorra’. Me pone en cucharita, lengua en mi ojete, luego glande presionando. Entra lento, quema delicioso. ‘¡Cojones, partiéndome el culo!’. Bombeos feroces, mano en clítoris, pellizca pezones. Grito, segundo orgasmo, él eyacula dentro, leche caliente inundando mi recto. Colapso, besos, risas.
Ducha: jabón espumoso, dedos otra vez en mis agujeros. ‘Paciente, ¿eh?’, digo. Él: ‘Todo el tiempo del mundo’. Mañana, desayuno en cubierta, trajes impecables. Él firma contratos como si nada, yo sirvo cafés. Mirada cómplice, secreto élite. Nuestros cuerpos gritan lo que las palabras callan. Ahora, viajo con él en su jet, folladas en nubes. Vida VIP, pura adrelina.