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Mi noche de loba con el alfa en el yate privado

Ay, chicas, no sé si estoy lista para contaros esto… Pero bueno, pasó hace dos noches y aún me tiemblan las piernas. Todo empezó con mensajes calientes en ese sitio erótico exclusivo. Él, un tipo poderoso, millonario, con ese rollo de lobo alfa que me volvía loca. Fanático de los lobos, como yo. Me invitó a su yate privado anclado en la Costa Azul. Jet privado desde Madrid, champán Dom Pérignon en el vuelo, olor a cuero nuevo que me ponía ya cachonda.

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Llegué al muelle al atardecer. El yate era una bestia: 80 metros de lujo puro, luces tenues, tripulación discreta en uniformes impecables. Él me esperaba en la cubierta superior, con un traje a medida que marcaba su cuerpo atlético. ‘Bienvenida, mi loba’, me dijo con voz grave, ojos que me desnudaban. Nos sentamos en sillones de teca, rodeados de vistas al mar. Hablábamos de ‘contratos’, ja, pero eran excusas. Sus manos rozaban las mías al pasar copas de cristal con hielo tintineando. El sol se ponía, tiñendo todo de rojo. Olía a sal marina y su colonia cara, madera y algo animal.

La tensión sube en la cubierta VIP

La tensión crecía. Miradas que duraban demasiado. ‘¿Lista para jugar?’, murmuró, su aliento caliente en mi cuello. Asentí, mordiéndome el labio. La tripulación desapareció como por arte de magia. Bajamos a la suite VIP, puerta se cierra con clic suave. Espacio privado: cama king size con sábanas de seda negra, jacuzzi burbujeante, ventanales panorámicos al mar negro. Él me empuja contra la pared forrada de cuero, besos feroces. Sus manos suben mi vestido de diseñador, rasgándolo un poco. ‘Eres mía esta noche’, gruñe.

No perdimos tiempo. Me tira en la cama, me arranca las bragas de encaje. Su polla ya dura, enorme, saliendo del pantalón como un lobo marcando territorio. Roja, venosa, goteando precúm. Me arrodillo, fascinada. La huelo: almizcle puro, masculino. La lamo desde la base, saboreando esa gota salada, viscosa. ‘Joder, qué buena boca’, jadea él. Me la mete hasta la garganta, follando mi cara con ritmo salvaje. Babas por todas partes, mis tetas rebotando.

El clímax brutal en la suite privada

Me pone a cuatro patas, cadera alta. Mi coño chorreando, hinchado de ganas. ‘Mira cómo te empapas para tu alfa’, dice, frotando la punta en mis labios. Entra de golpe, hasta el fondo. ¡Ay, Dios! Me parte en dos, su polla gruesa estirándome. Folla duro, embestidas brutales, huevos golpeando mi clítoris. Gruñe como bestia, mordiéndome el cuello. Huele a sexo crudo, sudor y champagne derramado. Cambio de posición: yo encima, cabalgándolo, tetas en su cara. Él me pellizca los pezones, me azota el culo rojo. ‘Córrete, puta loba’, ordena. Exploto, coño contrayéndose, chorros mojando las sábanas de seda.

Pero no para. Me voltea, piernas en hombros, follando profundo. Siento su polla palpitar, hincharse. ‘Te voy a llenar’, ruge. Eyacula dentro, lechada caliente inundando mi útero, desbordando por mis muslos. Grito, orgasmo doble, uñas clavadas en su espalda. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos.

Minutos después, como si nada. Se levanta, pide champán fresco por interfono. Me pasa una bata de seda, suave como caricia. Brindamos en la cubierta, estrellas brillando. ‘Nuestro secreto de élite’, guiña. Vuelvo al jet al amanecer, piernas flojas, coño palpitando aún. Pero sonrisa de oreja a oreja. ¿Repetimos? Claro que sí.

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