Estaba en la suite presidencial del Mandarin Oriental, Madrid. Ese aroma a cuero nuevo de los sofás italianos me envolvía, mezclado con el burbujeo del Dom Pérignon en la copa. Hacía media hora que esperaba a Don Víctor, el inversor que podía salvar o hundir mi proyecto de yates exclusivos. Sudaba frío, el corazón latiéndome fuerte. ¿Y si decía no? Mi vida de lujo se iría a la mierda.
Llamaron a la puerta. Entró él, unos sesenta, barrigón, con esa camisa blanca tensa en el vientre, corbata floja. Olor a colonia cara y sudor masculino. Se sentó frente a mí, abrió el maletín de piel, sacó los contratos. Sus ojos grises me escanearon detrás de las gafas. ‘Señorita, sus números son… irregulares’, murmuró, pasando páginas. Yo crucé las piernas, la seda de mi falda rozando mis muslos. El aire se cargaba, sus miradas se clavaban en mi escote.
La tensión en el ático exclusivo
‘Necesito su aprobación, Don Víctor. Todo depende de usted’, dije, voz temblorosa. Él carraspeó, se ajustó la corbata. La suite era enorme, vistas a la Castellana, pero de pronto se sentía íntima. Cerró la puerta con llave. ‘Vamos a revisar esto de cerca’, dijo, serio. Me levanté, el clic de mis Louboutins en el mármol. Olía su aliento a coñac. Tension sexual pura, el poder en sus manos potelas.
No pude más. ‘Déjeme convencerle’, susurré, desabotonando mi blusa de seda negra. Sus ojos se abrieron. La dejé caer, mis tetas pequeñas pero firmes al aire. Falda abajo, quedé en tanga, lencería de encaje, medias y tacones. Él tragó saliva. ‘Acérquese’, ordenó, voz ronca. Obedecí, su panza rozando mi vientre desnudo. Sus manos frías en mi cuello, palpando como si fuera un examen. Bajó a mis tetas, pellizcando pezones duros. Gemí, ‘Por favor… sálveme’.
Me hizo girar, tumbada en la mesa de cristal, culo en pompa. Gel frío en mi ano virgen. ‘Relájate, puta ambiciosa’, gruñó, metiendo un dedo. Dolía, pero me abrí. Dos dedos ahora, girando, palpando adentro. Mi coño chorreaba, olor a sexo invadiendo la suite. ‘Mira cómo mojas’, rio él, frotando su polla gorda contra mis nalgas. La saqué de sus pantalones: venosa, cabezota roja, oliendo a macho.
El clímax brutal y sin límites
Me penetró la boca primero. ‘Chúpala, zorra’. La tragué hasta la garganta, babeando, sus bolas peludas en mi barbilla. Tosí, pero seguí, desesperada. Luego, me puso a cuatro, escupió en mi culo. ‘Te voy a follar el ojete hasta que firmes lo que sea’. Empujó, rompiéndome. Grité, dolor y placer mezclados. Su barriga aplastándome, polla gruesa abriéndome el culo como nunca. ‘¡Más fuerte, joder!’, jadeé. Me taladraba, huevos golpeando mi coño mojado.
Cambió, me tumbó boca arriba, piernas abiertas. Clavó su verga en mi coño empapado, follándome salvaje. ‘Tu coño aprieta como virgen’, bufó, chupando mis tetas. Sudor goteando de su frente al mío, olor a sexo crudo. Me corrí gritando, squirt en las sábanas de 1000 hilos. Él embistió más, ‘¡Toma mi leche, puta de lujo!’. Eyaculó dentro, caliente, llenándome el útero.
Se apartó, jadeante. Yo temblaba, culo y coño palpitando. Me vestí despacio, él mirándome con sonrisa lobuna. Firmó los contratos. ‘Todo bien, preciosa. Vuelve cuando quieras… control’. Aperto de manos largo, su aliento aún en mi cuello. Bajé en el ascensor privado, piernas flojas, secreto elite grabado en mi piel. Champagne en la boca, vida salvada. Soy suya ahora.