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Mi primera follada en el yate privado: el amigo de mi novio me abrió el coño

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Fue el verano pasado, en Marbella, en ese yate privado de ochenta metros que alquiló el padre de Pablo, mi prometido. Olía a cuero nuevo y sal marina, el sol pegando en la cubierta de teca pulida. Champagne Dom Pérignon en copas de cristal, burbujas frías en la lengua. Estábamos unos pocos: Pablo, yo, Vicente –el colega de Pablo, ese tío con pasta y experiencia–, y Sara, mi mejor amiga, que todo lo sabe.

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Pablo y yo nos conocíamos desde el insti, siempre castos, caricias tímidas, besos suaves. Yo con diecinueve, virgen total. Vicente, en cambio… uf, ese cabrón había follado a medio mundo. Mientras firmábamos unos contratos de inversión –acciones en criptos, rollo elite–, sus ojos se clavaban en mí. Mi mini de seda roja subiendo por los muslos, sus miradas… calientes, directas. Pablo lo notaba, se removía en su asiento de cuero, pero no decía ni mu. Sara me guiñó un ojo, susurró: ‘Lucía, nena, Vicente te come con la mirada. ¿Vas a dejar que Pablo te guarde para siempre?’

La tensión sube en la cubierta VIP

La tensión subía con cada firma, garabatos en papeles caros. El yate zumbaba suave, olas lamiendo el casco. Vicente se acercó, su mano rozó la mía: ‘Lucía, estás para comerte’. Pablo tragó saliva, sonrió forzado. Yo sentía el calor entre las piernas, el tanga ya húmedo. De repente, Vicente me cogió la mano: ‘Ven, vamos a ver la suite principal’. Sin pensarlo, me levanté. Pablo nos miró, ojos vidriosos. Sara le dio una palmada: ‘Déjala, Pablo. Es solo sexo’. Subimos las escaleras curvas, el aire acondicionado fresco en la piel, olor a sábanas de hilo egipcio.

La suite era un sueño: cama king size con dosel de seda negra, jacuzzi burbujeante. Vicente me empujó contra la pared, labios en mi cuello. ‘Eres virgen, ¿verdad? Pablo me lo contó’. Asentí, jadeando. Sus manos bajaron mi vestido, pechos al aire, pezones duros como piedras. Me besó salvaje, lengua profunda, saboreando mi boca. ‘Te voy a follar como se merece una puta como tú’. Me tiró en la cama, abrí las piernas. Olía a su colonia cara, Almorzar, cuero y hombre. Bajó mi tanga, chorreando ya. ‘Mira este coñito rosa, sin estrenar’. Lamé su polla enorme, venosa, goteando precum salado. ‘Chúpala, zorra’.

El polvo brutal en la suite privada

Me puso a cuatro patas, saliva en mi culo. ‘Relájate, que te rompo el himen’. Empujó, dolor agudo, grité: ‘¡Ay, joder, duele!’. Pero él no paró, centímetro a centímetro, llenándome el coño virgen. Sangre tibia en los muslos, mezclada con mis jugos. ‘¡Qué prieta estás, leche!’. Embestidas brutales, pelotas golpeando mi clítoris. Sudor salado en su pecho contra mi espalda. ‘Fóllame fuerte, Vicente, hazme tuya’. Me giró, misionero, piernas en sus hombros. Polla hasta el fondo, útero besado. Gemí como loca: ‘¡Sí, coño, me corro!’. Él rugió, corrida caliente inundándome, semen espeso goteando fuera. Besos húmedos, mordiscos en los labios. ‘Pablo nunca te follará así’.

Bajamos como si nada, vestidos impecables. Champagne otra vez, risas. Todos sabían, miradas cómplices. Pablo me miró, erección evidente en sus pantalones. Sara le susurró algo, él asintió, rojo. Bailamos salsa en la cubierta, cuerpos pegados, su mano en mi cintura. Vicente me rozaba el culo disimulado. Pablo se apartó, se tocó en un rincón oscuro –sé que se pajilló pensando en mi coño usado–. Al día siguiente, en la suite oliendo a sexo rancio, Pablo me comió el coño: ‘Prueba su leche, amor’. Lamí mi clítoris hinchado, restos de semen en mi lengua. Me corrí en su cara, gritando. Él se corrió en los calzoncillos, sin metérmela.

Me quedé con Vicente esa noche, él me llevó en helicóptero a su villa. Pablo tomó el jet con Sara, sonriendo. Ahora sé: el poder, el lujo, es compartir el placer. Pablo me ama más por esto. ¿Y yo? Adoro ser la puta elite.

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