Acabo de bajar del yate privado de ese magnate ruso, eh… Dios, todavía huelo a su colonia cara mezclada con el salitre del mar. Fue hace dos noches, en su juguete de 80 metros anclado frente a Ibiza. Invitación exclusiva, solo él, yo y unos contratos por firmar. Vestida con un vestido de seda negra que se pegaba a mi piel como una caricia húmeda, tacones Louboutin que resonaban en la cubierta de teca pulida.
Estábamos en la sala de conferencias, o lo que sea que llaman a esa pecera de cristal con vistas al Mediterráneo. Champán Dom Pérignon en copas frías, burbujas que explotaban en mi lengua con ese toque ácido y dulce. Él, con su traje Brioni hecho a medida, revisando dossiers sobre inversiones en cripto. Yo al lado, cruzando las piernas, dejando que la falda subiera un poco, mostrando el encaje de mis ligas. Nuestros ojos se cruzaban cada rato… uf, esa mirada suya, depredadora, como si ya me estuviera follando con la mente.
La tensión sube en el yate de lujo
—Firma aquí, preciosa —me dice, con esa voz grave, ronca, mientras su dedo roza el mío al pasarme el bolígrafo. Siento el calor de su piel, el pulso acelerado. El aire acondicionado sopla frío, pero yo sudo. Odio el cuero de los asientos, negro y brillante, cruje cuando me muevo. Él se acerca más, su rodilla toca la mía. Ninguno dice nada, pero la polla ya se le marca bajo los pantalones. Sonrío, ladeo la cabeza.
—Ven, vamos arriba —murmura, y me lleva a la suite principal. Puerta corredera de cristal ahumado que se cierra con un clic suave. Ahora sí, privados. El espacio VIP es nuestro. Luces tenues, olor a sándalo y cuero nuevo. Me empuja contra la pared forrada de seda, sus manos en mi cintura.
—Quítamelo todo —le ordeno yo, porque yo mando en estas cosas. Él duda un segundo, sonríe. Desabrocha mi vestido lento, zipper bajando como un susurro. La seda cae, roza mis pezones duros. Quedo en tanga y sujetador de encaje. Él jadea.
—Joder, qué tetas… —dice, y me arranca el sujetador. Sus manos grandes las aprietan, pellizca los pezones hasta que gimo. Yo le bajo los pantalones, la polla salta libre, enorme, venosa, goteando ya. La agarro, dura como hierro, piel suave y caliente. Él me gira, me baja la tanga despacio, oliendo mi coño mojado.
El clímax brutal y el regreso a las apariencias
De repente, oímos voces abajo. Su asistente y una modelo, riendo, follando rápido en la cubierta inferior. Pasos, gemidos ahogados… nos quedamos quietos, yo con su polla en la mano, palpitando. Terror y excitación pura. Se van, motor de lancha alejándose.
—No pares —gruño yo. Lo empujo al suelo, sobre la alfombra persa. Me monto encima, froto mi coño empapado contra su verga. Entra de un golpe, me llena entera. —¡Fóllame fuerte, cabrón! —chillo. Él embiste, salvaje, sus caderas chocando contra mi culo. Siento cada vena, cada pulso. Le araño la espalda, muerdo su cuello salado. Cambio de posición, él arriba, me abre las piernas como a una puta de lujo. Me come el coño primero, lengua profunda, chupando mi clítoris hinchado. —¡Sí, lame mi coño, joder! —gimo, tirando de su pelo.
Luego me penetra de nuevo, brutal. La polla entra y sale, chapoteando en mis jugos. —Estás tan apretada, puta… —gruñe. Yo aprieto las paredes, ordeñándolo. Le pajeo la base mientras folla, bolas pesadas golpeándome el culo. Llego al orgasmo primero, tiemblo, chorro caliente saliendo de mí. Él no para, acelera. —Me corro, Martine… ¡toma mi leche! —ruge, y explota dentro, chorros calientes inundándome el coño. Siento cada espasmo, semen espeso goteando.
Quedamos jadeando, sudor pegajoso. Se levanta primero, se viste impecable. Me pasa una toalla tibia, perfumada.
—Firma los contratos abajo —dice, como si nada, besándome la mano. Bajamos, champán de nuevo, sonrisas educadas. Nadie nota mis piernas temblorosas, el semen secándose en mis muslos bajo la seda. Nuestro secreto de élite. Él guiña el ojo: hasta la próxima, preciosa.