Ay, chicas, acabo de volver de Ibiza, aún me tiemblan las piernas. Mi marido Javier y yo, siempre en ese mundo de jets y yates, esta vez en el yate privado de un club exclusivo. Anclado en la bahía, todo en mármol y cuero italiano, olor a sal marina mezclado con ese perfume caro que cuesta un riñón. Vestida con un vestido de seda negro, escotado hasta el ombligo, sin sujetador, mis tetas grandes balanceándose libres. Javier, en traje Armani, oliendo a colonia fuerte.
Llegamos al salón VIP, solo para socios millonarios. Mesa de caoba, contratos de inversiones apilados, copas de champán Dom Pérignon burbujeando, frío y dulce en la lengua. Ahí estaban Elena y Marcos, otra pareja elite, ella rubia con curvas perfectas, tetas firmes asomando por un top de encaje. Él, alto, mirada de depredador. Charlamos de negocios, pero las miradas… uf, las suyas devorándome las tetas, las mías en su paquete abultado bajo los pantalones. ‘¿Firmamos esto ya?’, dice Javier, pero su mano roza mi muslo bajo la mesa. Elena ríe, ‘Eh… estos contratos siempre calientan la noche, ¿no?’. Siento su pie subiendo por mi pierna, descalza, suave.
La Tensión en el Salón Privado
La tensión sube. Bailamos en la cubierta privada, música suave, luces tenues. Javier me pega a él, su polla dura contra mi culo. Elena se une, sus tetas rozando las mías, seda contra seda, pezones duros pinchando. ‘¿Quieres… entrar en la zona reservada?’, susurra Marcos, ojos brillantes. Bajamos unas escaleras curvas, olor a cuero nuevo y jazmín. Puerta se cierra, ahora somos solo nosotros cuatro, y otros tres tíos VIP, vergas ya medio sacadas, aire cargado de testosterona.
De repente, todo explota. Javier me arranca el vestido, mis tetas saltan libres, pezones oscuros erectos. ‘Fóllame ya’, gimo, y él me empotra contra el sofá de cuero, polla gruesa entrando en mi coño chorreante de un empujón. Siento cada vena pulsando, olía a sexo puro. Elena se arrodilla, chupando mi clítoris mientras Javier me taladra, lengua caliente lamiendo mis labios hinchados. ‘Joder, qué puta deliciosa’, gruñe Marcos, metiéndome su verga gorda en la boca. La chupo profunda, saliva goteando, bolas peludas golpeando mi barbilla.
El Frenesí en la Zona Reservada
Cambio de posición, a cuatro patas sobre la alfombra persa. Un desconocido me abre el culo, escupe y mete dos dedos, luego su polla enorme, rasgándome el ano. Duele rico, grito ‘¡Más fuerte, cabrón!’. Javier folla a Elena a mi lado, sus gemidos mezclados, coño pelirrojo tragándose su verga. Otro me la mete en la boca, pollas por todos lados, manos amasando mis tetas, pellizcando pezones. Elena se sube encima, tribbing nuestros coños, clítoris frotando, jugos mezclados, olor a hembra en celo. ‘¡Córrete en mi cara!’, le pido a Marcos, y eyacula chorros calientes, pegajosos en mis labios, tragando salado y espeso.
Me corren tres veces, coño y culo repletos de semen, chorreando por muslos. Elena y yo nos lamemos mutuamente, lenguas en coños llenos, tragando lefa ajena. Los tíos se turnan, pistoneando sin piedad, piel sudada chocando, ‘¡Toma polla, zorra elite!’, jadean. Javier me mira, orgulloso, su verga dura viendo cómo me destrozan.
Horas después, ducha caliente en mármol, jabón caro lavando el desastre, risas nerviosas. ‘Ha sido… inolvidable’, dice Elena, besándome suave. Subimos, volvemos al salón. Vestidos impecables, contratos firmados con sonrisas frías. Copas de champán otra vez, ‘Buen negocio, ¿eh?’. Miradas cómplices, secreto de élite guardado. Javier me aprieta la mano, ‘Mi reina’, susurra. Salimos al jet, piernas flojas, pero aparentando normalidad total. Dios, qué noche.