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Mi noche prohibida en el yate privado: sexo salvaje con una ejecutiva VIP

Ay, chicas, acabo de bajar del yate privado de mi amiga millonaria, el Marbella Star, anclado en la Costa Azul. Todo olía a cuero nuevo y sal marina, con ese champagne Dom Pérignon burbujeando en copas de cristal. Estaba allí por negocios, revisando contratos con esta ejecutiva, Laura, una morena de curvas perfectas, unos 35 años, vestido de seda roja que se pegaba a sus tetas firmes. Nuestras miradas se cruzaban sobre los dossiers, pero… uf, había fuego. Sus piernas cruzadas rozaban las mías bajo la mesa de caoba, y yo sentía el calor subiendo.

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—Decídete ya, cariño —le dije, fingiendo hablar de los términos del deal—. O firmamos y nos vamos a Italia en el jet, o… ¿qué? ¿Te vas sola?

La tensión sube en el yate de lujo

Ella sonrió con dientes afilados, como lista para morder. Hacía dos años que jugábamos a esto: yo mandando, ella siguiéndome, vistiéndose como yo quería. Pero hoy, la tensión era otra. Sus ojos bajaban a mi escote, y yo notaba su perfume caro mezclándose con mi sudor excitado. El club VIP del yate se vaciaba, solo quedábamos nosotras y el camarero discreto.

—Sabes que no cedo fácil —murmuró, inclinándose, su aliento en mi cuello—. Pero tus órdenes… me ponen.

El espacio se volvió privado cuando cerré la puerta de la suite presidencial. Luces tenues, sábanas de satén, olor a jazmín y cuero. Nos quedamos solas, el yate meciéndose suave.

De repente, todo explotó. La empujé contra la pared, mis manos en sus tetas, apretando esos pezones duros como piedras. —Quítate esa puta seda —gruñí, y ella obedeció, jadeando. Su coño ya brillaba, depilado perfecto, labios hinchados. Olía a hembra en celo, dulce y salado. Le metí dos dedos directo, chorreando jugos, y ella gimió: —¡Joder, sí, fóllame así!

El clímax brutal y el regreso a la normalidad

Me arrodillé, lengua en su clítoris, chupando fuerte mientras el yate se mecía. Sabía a champagne y deseo, su clítoris palpitando en mi boca. —¡Más profundo! —pidió, agarrándome el pelo. Saqué un vibrador del cajón VIP, grueso, negro, y se lo clavé entero en el coño, bombeando rápido. Ella gritaba, tetas rebotando, —¡Me corro, puta, me haces correrme! Y squirteó, chorros calientes en mi cara, empapándome.

No paré. La puse a cuatro patas sobre la cama king size, nalgas abiertas, ese ano rosado guiñándome. Le lamí el culo, lengua metida, mientras mis dedos follaban su coño empapado. —¡En el culo también! —suplicó. Escupí, lubricando, y metí un dedo, luego dos, estirándola. Ella se retorcía, —¡Dios, tu lengua en mi ano, fóllame más! Le di con el vibrador en el coño y dedos en el culo, hasta que explotó otra vez, cuerpo temblando, gritando mi nombre.

Yo estaba ardiendo. Me tumbé, piernas abiertas: —Ahora tú, chúpame el coño. Ella se lanzó, lengua experta en mi clítoris, dedos curvados en mi G-spot. —¡Qué rico tu chocho, tan mojado! —gemía entre lamidas. Me corrí como loca, chorros en su boca, ella bebiendo todo.

Después, silencio. Nos limpiamos con toallas calientes, olor a sexo flotando. Volvimos al salón VIP, contratos firmados, champagne en mano. Sonrisas educadas, como si nada. —Buen deal —dijo ella, guiño cómplice. Nuestro secreto de élite, esa noche de polvos brutales en el yate. Mañana, jet a Italia, pero con ella. Ay, qué vicio este mundo.

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