Ay, chicas, acabo de bajar de ese yate en Ibiza… no os lo vais a creer. Era uno de esos cacharros de lujo, todo en mármol negro y oro, con el mar Mediterráneo lamiendo los costados. Olor a sal mezclado con cuero italiano de los sofás, y burbujas de Dom Pérignon explotando en mi lengua. Estaba allí por negocios, ¿sabéis? Firmando contratos millonarios con él, ese tío… un magnate ruso, enorme, peludo como un oso, con pecho ancho cubierto de vello negro y espeso. Olía a testosterona cruda, a colonia cara y sudor de poder. Sus ojos, negros y fieros, me devoraban mientras hojeábamos los dossiers sobre la mesa de caoba.
—Mira esto, Carmen —gruñó, su voz grave como un motor de jet privado, pasándome un papel—. Firma aquí, y esta noche es tuya.
La tensión ardiente en la cubierta privada
Yo, con mi vestido de seda roja ceñido a mis curvas generosas, sentía su mirada bajando por mi escote. Eh… mis pezones se endurecían solos, rozando la tela fina. Él se inclinó, su aliento caliente en mi cuello, y noté el bulto enorme en sus pantalones de traje Armani. La cubierta estaba vacía, solo nosotros y el mayordomo discreto a lo lejos. Tensiones subiendo… sus dedos rozaron mi muslo ‘por accidente’ al pasar una página. Mi coño empezó a palpitar, húmedo ya, oliendo mi propia excitación mezclada con el champán.
De repente, me cogió la mano. —Ven —dijo, tirando de mí hacia la suite VIP abajo. Puertas blindadas se cerraron, y el mundo exterior desapareció. Espacio privado, luces tenues, cama king size con sábanas de hilo egipcio. Me empujó contra la pared de cristal con vistas al mar, su cuerpo masivo aplastándome. Olía a cuero de su cinturón y a hombre salvaje.
Me arrancó el vestido de un tirón, eh… la seda rasgándose como un susurro sucio. Mis tetas enormes saltaron libres, pezones duros como diamantes. —Joder, qué puta más buena —masculló, hundiéndome la lengua en la boca, áspera y hambrienta. Sus manos peludas amasaron mis nalgas, gordas y firmes, separándolas. Bajó, lamiendo mi cuello, mordiendo mis tetas hasta dejar marcas rojas. Yo gemía, arqueándome: —Sí, cabrón, chúpame…
El clímax brutal en la suite de lujo
Se arrodilló, bestia peluda entre mis piernas abiertas. Su lengua rugosa atacó mi coño depilado, lamiendo el clítoris hinchado, chupando mis labios mojados con ruidos obscenos. Slurp, slurp… olía a mi jugo dulce y salado. Metió dos dedos gruesos, follándome el chocho mientras lamía mi ano. —¡Ahhh, joder! —grité, corriéndome en su boca, squirteando como una fuente.
Se levantó, polla fuera: enorme, venosa, gorda como mi muñeca, con prepucio peludo y gotas de pre-semen. Me dio la vuelta, cara contra el cristal, culo en pompa. Escupió en mi raja y embistió. ¡Dios! Su verga me partió en dos, estirándome el coño hasta el límite. Follando duro, patadas de oso, pelotas peludas golpeando mi clítoris. —Toma, puta de lujo —rugía, pellizcando mis tetas colgantes. Yo chillaba: —Más fuerte, fóllame como a una perra… ¡Sí!
Cambiamos: yo encima, cabalgando su polla bestial, mis jugos chorreando por sus huevos. Él me clavaba desde abajo, gruñendo. Luego a cuatro patas, me sodomizó sin piedad, ano lubricado con mi propia lefa. Su polla palpitaba, estirándome el culo, hasta que explotó: chorros calientes de leche llenándome las entrañas, goteando por mis muslos.
Jadeando, sudorosos, él me besó la nuca. Minutos después, nos vestimos. Subimos a cubierta como si nada. Brindamos con champán, sonrisas de élite. —Buen negocio, Carmen —dijo, guiñando. Nuestro secreto VIP, esa follada brutal bajo las estrellas. Ahora, en mi hotel de cinco estrellas, aún siento su semen secándose dentro… qué vicio.