Ay, chicas, aún huelo el cuero caro de los asientos del yate. Ese yate privado nuestro, anclado en las aguas cristalinas de Ibiza, con el sol poniéndose y el champagne Dom Pérignon burbujeando en las copas. Mi marido, Javier, sesentón con su diabetes jodiendo todo, me había dado luz verde hace meses. ‘Vive tu vida, amor’, me dijo, mientras su polla ya no respondía. Yo, Marisol, cuarentona resplandeciente, piel bronceada por el sol mediterráneo, tetas firmes bajo la seda negra de mi vestido. Y Bambou… Dios, ese chico negro que adoptamos hace años, rescatado de un infierno en África, camps de guerrillas y todo eso. Ahora, veintipárrolo, alto, musculoso del rugby, ojos intensos, manejando contratos millonarios para nuestra cadena de hoteles de lujo.
Estábamos en la cubierta VIP, Javier revisando papeles con él, firmando expansiones en Dubái. Yo servía el champagne, rozando su brazo ‘por accidente’. El aire olía a sal, a su colonia fuerte, masculina. ‘Bambou, ¿seguro que entiendes estos términos?’, preguntaba Javier, ajeno a todo. Él asentía, pero sus ojos… uf, me devoraban. Miradas cruzadas sobre los dossiers, mi pie descalzo rozando su pierna bajo la mesa de mármol. ‘Sí, señor, todo claro’, respondía con esa voz grave, acento francés leve que lo hace tan exótico. Javier bostezó, ‘Me voy a la suite a descansar, chicos, cierren el trato’. Bajó, dejando la cubierta privada. El yate era nuestro mundo ahora, luces tenues, olas mecían suave.
La tensión sube en el yate exclusivo
Tension… mi corazón latía fuerte. Me acerqué, copa en mano. ‘¿Quieres más, Bambou?’. Él sonrió, tiró los papeles. ‘Marisol, desde que llegué aquí, te deseo’. Sus manos grandes en mi cintura, tirando de la cremallera del vestido. Caí la seda al suelo, quedé en tanga de encaje y tacones. Olía su piel, sudor mezclado con mar. ‘Joder, tus tetas son perfectas’, gruñó, chupando un pezón duro. Yo gemí, manos en su pantalón, sacando esa polla enorme, negra, venosa, palpitando. ‘¡Dios, qué pedazo de verga! Más grande que nada’. Me arrodillé, cuero frío bajo rodillas, lamí el glande salado, tragué hasta la garganta, arcadas deliciosas. Él jadeaba, ‘Sí, chúpala, puta rica’.
El clímax salvaje y el secreto compartido
Me levantó como pluma, tumbada en el sofá de cuero, piernas abiertas. ‘Mírame ese coño depilado, mojado para mí’. Metió dos dedos gruesos, chapoteando mi humedad. ‘Estás chorreando, Marisol’. Empujó su polla de golpe, estirándome hasta el fondo. ‘¡Aaaah! Fóllame fuerte, Bambou, rómpeme’. Embestidas brutales, huevos golpeando mi culo, yo arañando su espalda tatuada. Sudor goteaba, olor a sexo crudo. Cambiamos, yo encima, cabalgando esa bestia, tetas rebotando, ‘¡Sí, dame todo, negro mío!’. Él pellizcaba mi clítoris, yo exploté en orgasmo, squirt salpicando cuero. ‘Ahora mi turno’, rugió, volteándome a cuatro, sodomizándome sin piedad. ‘¡Tu culo es mío!’, anal profundo, dolor-placer. Eyaculó dentro, semen caliente llenándome, goteando piernas.
Jadeando, nos limpiamos con toallas de hilo egipcio. Él besó mi cuello, ‘Nuestro secreto, reina’. Me puse el vestido, peiné cabello revuelto. Javier subió minutos después, ‘¿Todo bien?’. Sonreímos, ‘Perfecto, amor, contratos firmados’. Brindamos champagne, sabor dulce en labios hinchados. Apariencias intactas, pero bajo mesa, su pie rozaba el mío. Ese poder, esa exclusividad… adicción total. Aún siento su semen dentro, lujo prohibido.