Ayer por la mañana, en ese yate privado anclado en la Costa Azul, el sol entraba por las cristaleras panorámicas. El cuero de los sofás olía a riqueza, mezclado con el salitre del mar. Estaba allí por un ‘contrato’ con Don Ricardo, un multimillonario de sesenta, pero ambos sabíamos que era excusa para lo nuestro. Yo, con mi vestido de seda negra ajustado, cruzado hasta el muslo, sentía su mirada quemándome mientras revisábamos los dossiers en la mesa de caoba.
Él carraspeó, hojeando papeles. ‘Carmen, estos términos… ¿estás segura?’ Su voz grave, con ese acento catalán. Yo sonreí, rozando su mano ‘al azar’. ‘Completamente, Ricardo. Pero… ¿y si cerramos esto en privado?’ El aire se cargó. Sus ojos bajaron a mi escote, donde mis tetas empujaban la tela. El champagne en la copa fría, burbujeante, sabía a victoria cara. Pasos lentos hacia la cabina principal, puerta cerrada con clic metálico. Ahora éramos solo nosotros, sin tripulación, sin testigos. El espacio VIP se volvió nuestro nido secreto.
La Tensión en el Yate de Lujo
Me acerqué, dudando un segundo. ‘¿Quieres ver más?’ Él tragó saliva, asintiendo. ‘Sí, Carmen… tus tetas. Quítate eso despacio.’ Desabroché el vestido, la seda susurrando contra mi piel. El sujetador de encaje cayó. Mis tetas grandes, firmes, con pezones ya duros por la brisa marina. ‘Joder, son perfectas’, murmuró, acercándose sin tocar. Olía su colonia cara, madera y deseo. Me arrodillé frente a él, desabrochando su pantalón. Su polla saltó, gruesa, venosa, palpitando. ‘Mmm, qué polla más gorda tienes, Ricardo.’ La lamí desde la base, sabor salado, venas marcadas bajo mi lengua. Él gimió, agarrando mi pelo.
Chupé fuerte, succionando la cabeza hinchada, saliva goteando. ‘¡Coño, qué boca! Trágatela toda.’ La metí hasta la garganta, ahogándome un poco, lágrimas en los ojos. Luego me puse de pie, quitándome la tanga. Mi coño depilado brillaba húmedo. ‘Fóllame ya.’ Me tumbó en la cama king size, sábanas de hilo egipcio. Entró de golpe, su polla abriéndome el coño chorreante. ‘¡Ahh, sí! Más duro.’ Golpes brutales, piel contra piel chapoteando. Sus bolas peludas daban en mi culo. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas rebotando. Él las amasó, pellizcando pezones. ‘¡Vas a correrme dentro!’ Gritó. Sentí su leche caliente llenándome, mientras yo me corría temblando, uñas en su pecho.
El Placer Brutal y el Regreso a la Normalidad
No paró. Me dio la vuelta, escupió en mi culo. ‘Ahora tu culito apretado.’ Empujó la polla lubricada, dolor-placer quemando. ‘¡Joder, qué estrecho!’ Me folló el culo sin piedad, profundo, rápido. Sudor perlando su frente, mi olor a sexo flotando con el cuero. Otro orgasmo me sacudió, coño vacío contrayéndose. Él eyaculó otra vez, gruñendo, sacándola para mancharme las nalgas.
Después, jadeantes, nos recompusimos. Me puse el vestido, él el traje impecable. Champagne de nuevo, brindis por el ‘contrato’. ‘Hasta mañana, Carmen?’ Sonreí, beso en la mejilla. ‘Claro, jefe.’ Salimos como si nada, secretarios esperando fuera. Ese fuego exclusivo, nuestro lujo prohibido, quedaría guardado hasta la próxima. Pero ya ansío su polla otra vez.