Dios, aún huelo el cuero del yate, ese aroma caro mezclado con sal del mar en Formentera. Éramos toda la familia en el ‘Estrella del Sur’, el yate privado de mis abuelos para celebrar sus 50 años de casados. Llegamos el sábado desde Madrid, yo, Lucía, 20 años, morena, tetas firmes, culo redondo de tanto gym en el club. Audrey, mi prima, vino de Italia con sus padres. No la veía desde los 14, en 1993. Ahora, ¡uf!, una diosa: pelo castaño claro, ojos verdes, piel clara con pecas, curvas perfectas, pechos grandes como peras maduras.
La cubierta era puro lujo: sofás de piel blanca, cava Dom Pérignon helado, langostas frescas. Todos en bikini o slips, riendo, hablando de contratos familiares, herencias, jets privados. Yo firmaba papeles con el abuelo, pero mis ojos se clavaban en ella. Audrey se inclinaba, su tanga asomando, sudor perlando su escote. ‘Lucía, ¿sigues tan salvaje?’, me guiñó, rozando mi brazo. El sol caía, luna llena saliendo. La familia se fue a sus camarotes. ‘Chicas, compartid la suite principal, no hay sitio’, dijo la abuela. ‘Vale, sin problema’, respondí, pero mi coño ya palpitaba.
La fiesta en la cubierta y la cabina secreta
Entramos en la cabina VIP: cama king size con sábanas de seda negra, luces tenues, champán abierto. Ducha rápida, yo salgo en albornoz. Ella ya en la cama, pyjama de satén dejando ver su piel miel. ‘Qué día loco, ¿no? Buenas noches, Lu’. Se gira. Ese trocito de piel entre pyjama… ¡joder! Me golpea como un rayo. Mi corazón late fuerte, boca seca. Me acuesto, me pego a su espalda. ‘Audrey… ¿puedo decirte algo?’. Silencio. ‘Tengo ganas de ti. Muchísimas ganas’. Le beso el cuello, suave, robado.
‘Oye, espera… ¿qué? Repite, Lucía’. Roja como tomate, susurro: ‘Ganas de ti. Muy fuerte… Perdóname’. Silencio eterno. Pienso: me va a matar, a llamar a todos. Pero ella: ‘Me estás besando el cuello otra vez… Me gusta. Contigo’. ¡Hostia! Me derrito. Le paso la mano por el pelo húmedo, beso su cuello, huelo su perfume mezclado con jabón. Mis dedos bajan por su flanco, muslo suave. Tiembla. Le acaricio el brazo, subo al pecho, aprieto esa teta perfecta, pezón duro bajo la tela.
Se gira, ojos brillantes. Nos miramos, besos lentos, lenguas enredadas, sabor a cava y miel. ‘Joder, Audrey, tus labios…’. Ella me toca las tetas, el vientre. ‘Estás tan mojada ya’, gime, frotando mi pyjama empapado. Nos quitamos todo: sus tetas blancas, venas azules, pezones rosas largos; mi piel morena, pezones oscuros. Chupo sus tetas, muerdo pezones, ella gime ‘Sí, así, cabrona’. Me lame las mías, succiona fuerte.
El polvo brutal y el regreso al lujo
Sus dedos en mi coño peludo, negro, chorreando. ‘Mira cómo estás, puta’. Me mete dos dedos, bombea. Yo en su coño rubio, clítoris hinchado. ‘Tu coño es tan suave…’. Nos frotamos, dedos en vaginas, anos, clítoris rápido. Gemidos ahogados, olor a sexo salado. ‘Fóllame la boca’, dice. Baja, abre mis piernas, lame mi coño entero: labios, clítoris, chupa jugos. ‘Sabe a mar, tu coño’. Yo exploto, orgasmo brutal, squirteo un poco, ella lame todo.
Luego me come los dedos de pies, sube lamiendo. ‘Tócate para mí’. Me masturbo, dedos en coño, ella mira excitada. Luego su lengua en mi clítoris, dedo en culo. ‘¡Ahhh, joder!’. Muero de placer, grito bajito, orgasmo doble, tiemblo entera.
Al amanecer, ducha juntas, risas. ‘Fue… increíble. Pero secreto, ¿eh?’. Desayuno con familia, sonrisas falsas, cava. Nuestros ojos dicen todo. El yate zarpa, yo pensando en su coño. Elite, poder, placer prohibido. Aún me mojo recordándolo.