Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Soy esa española que vive entre yates y jets privados, siempre rodeada de poder y glamour. El otro día, en mi yate anclado frente a Ibiza, organicé entrevistas para mi nueva asistente personal. Necesitaba alguien discreto para manejar mis contratos millonarios. Y apareció Natalia. Pequeñita, con su melena castaña al cuadrado, ojos color avellana y esa boquita en forma de corazón. No es una diosa, pero su gracia… uf, me hipnotizó.
Estábamos en la cubierta VIP, el sol cayendo, olor a cuero nuevo de los asientos y sal marina. Champagne Dom Pérignon burbujeando en copas de cristal. Revisábamos dossiers: ‘Mira este contrato del hotel en Dubái’, le dije, rozando su mano al pasarle los papeles. Ella levantó la vista, y zas, ese mirada. Sus pechos subían y bajaban bajo la blusa de seda. ‘Señora, es perfecto’, murmuró, mordiéndose el labio. Yo sentía el calor entre mis piernas. Hablamos de su vida: marido militar ausente, dos niños con los abuelos en Normandía. Se abrió, yo la escuchaba, oliendo su perfume vainilla mezclado con el cuero caliente.
La tensión sube entre contratos y champagne
La noche cayó, pusimos música suave en el lounge privado. ‘Baila conmigo’, me dijo, tirando de mi mano. La llevé a la pista iluminada por luces LED. Sus caderas contra las mías, frottando sutil. ‘Estás tan cerca…’, susurró en mi oído, su aliento caliente. Mi mano bajó a su cintura, sintiendo la curva bajo la falda ajustada. El yate mecía, como nuestro deseo. ‘Ven a mi camarote, hay algo importante’, me pidió al oído, con voz temblorosa. El espacio VIP se volvió nuestro secreto.
Entramos, puerta cerrada. El aire acondicionado frío contra nuestra piel ardiendo. La besé primero, suave. Sus labios carnosos, eh… deliciosos. ‘¿Estás segura?’, pregunté, pero ya le quitaba la blusa. Sus tetas pequeñas, redondas como manzanas, en un sujetador rojo. ‘Sí, joder, te deseo desde la entrevista’, gimió. La tiré en la cama king size, sábanas de satén negro oliendo a lavanda cara. Le arranqué la falda, tanga de encaje húmeda. ‘Mira cómo chorreo por ti’, dijo abriendo las piernas.
El éxtasis crudo y el regreso al lujo discreto
Me arrodillé, olí su coño: aroma marino, dulce, excitante. Lamí su clítoris hinchado, lengua girando. ‘¡Ay, Dios, chúpame más fuerte!’, gritó arqueándose. Metí dos dedos en su chochito apretado, follándola lento, luego rápido como pistón. Ella gemía, ‘¡No pares, coño, me corro!’. Vino tres veces, jugos en mi boca, salados y calientes. Le comí el culo también, lengua en su ano rosado. ‘Eres una puta viciosa’, le dije riendo. Se giró, me quitó el vestido de diseñador. ‘Ahora tú’. Sus deditos finos en mi coño depilado, masturbándome mientras me besaba el cuello.
Pero yo quería más. La puse a cuatro, nalgas arriba. ‘Métemela con los dedos, zorra’. Tres dedos en mi concha, bombeando. Le escupí en el culo y metí un dedo, follándola doble. ‘¡Fóllame el culo, sí!’, aulló. Yo me corrí gritando, chorros mojando las sábanas de 1000 hilos. Luego, ella se tendió, ‘Córrete en mi boca’. La monté en 69, coños frotándose, lenguas devorando. Orgasmos brutales, sudor, gritos. Su boquita en mi clítoris, succionando hasta que exploté, ahogándola en mi squirt.
Al amanecer, champagne tibio en la boca. ‘Ha sido… increíble’, dijo sonrojada, vistiéndose. ‘Pero volvemos al trabajo, discreción absoluta’. La llevé de vuelta a cubierta, contratos en mano como si nada. Ahora es mi asistente estrella, sonrisas cómplices en reuniones VIP. Ese secreto élite nos une. Prestigio, poder, placer. ¿Quién da más?