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Mi noche salvaje en la suite VIP: el error que me folló como nunca

Me llamo Sofia, vivo en ese mundo de yates y jets privados, donde el dinero huele a cuero nuevo y champagne Dom Pérignon. Mi marido, ese ejecutivo con contactos en todas partes, siempre busca picos de adrenalina. Una noche, me dice: ‘Reservo una suite en el Mandarin Oriental, jugamos a amantes clandestinos. Tú llegas sola, sexy perdida, yo espero en la oscuridad’. Yo, que adoro el riesgo, digo sí. Pero… ay, el número. En la oficina, con contratos volando y su asistente gritando, me pasa el dato al teléfono: ‘Suite 180’. O eso entendí. Nervios, risas, ‘Te amo, ve y disfruta’.

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Llego al lobby, tacones Louboutin resonando en mármol pulido. Mi vestido negro, ceñido como segunda piel, sube tanto que mis ligueros asoman. El recepcionista, traje impecable, me mira las tetas, arquea una ceja. ‘Suite 180, por favor’. Subo en ascensor privado, olor a jazmín y lujo. Abro la puerta… oscuridad total. Corazón latiendo fuerte. Me quito el vestido en el pasillo, quedo en tanga y portaligas, tetas libres. Camino despacio, balanceo caderas, toco mis pezones duros. Si sale alguien… dios. Entro, cierro. Huele a colonia cara. Camino al bed, enorme, king size con sábanas de hilo egipcio. Una sombra. Salto encima. ‘¡François!’, improviso, pensando en ese francés del congreso pasado, manos grandes, polla prometedora. Él gruñe, sorprendido, pero me agarra. Boca contra boca, salvaje. Sus manos en mi culo, aprietan. ‘Joder, qué puta caliente’, murmura con acento… ¿italiano? No importa.

La tensión sube en el ático exclusivo

Me arranca la tanga, dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, zorra’. Gimo, sí. Le bajo el bóxer, su polla… enorme, venosa, late. La chupo, saliva goteando, bolas en mi mano. Él me voltea, lengua en mi clítoris, chupando fuerte. ‘¡Ahhh, sí, come mi coño!’. Piernas temblando, huelo su sudor mezclado con Chanel. Me abre de piernas, rodillas al pecho. Empuja. Entra de un golpe, me llena hasta el fondo. ‘¡Qué coño apretado!’. Bombe a brutal, cama golpeando pared. Grito: ‘¡Fóllame más duro, François! ¡Joder, tu polla me parte!’. Él acelera, tetas rebotando, sudor perlando su pecho. Siento cada vena rozando mis paredes. Me corro primero, chorros, piernas rígidas. Él no para, me pone a cuatro, azota mi culo. ‘Toma, puta infiel’. Otra corrida, lloro de placer. Finalmente, gruñe, se corre dentro, semen caliente inundándome. Me contraigo, ordeñándolo. Jadeamos, piel pegajosa.

Minutos después, me visto rápido. Coño palpitando, semen goteando muslos. Dejo mi tanga y tarjeta en la cama: ‘Llámame para recuperarla, guarro’. Salgo, ascensor, lobby. Sonrío al recepcionista como si nada. En casa, mi marido espera. ‘Cuéntame todo’, dice, excitado. Le monto, polla dura, le susurro detalles mientras me folla lento. ‘Era enorme, me destrozó el coño’. Él se corre al instante. Luego, la revelación: era la 181. Un error tonto. ¿Quién era? Un magnate, seguro. Si llama… mi marido dice: ‘Ve, esta vez te veo’. Secretos de elite, ¿no? Adrenalina pura.

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