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Mi noche salvaje en el yate privado de Marc

Ay, chicas, acabo de vivirlo y aún me tiemblan las piernas. Soy Sofia, pequeñita, 1,46 m y 38 kg, pero con un fuego dentro que no os imagináis. Trabajo como azafata en el club más exclusivo de Ibiza, ese donde solo entran millonarios y famosos. Anoche, después de una guardia eterna, Marc, el jefazo, me dice: ‘Ven al yate, estás muerta de sueño, te llevo a casa después’. Él es un coloso, 1,87 m, puro músculo, dueño de medio Ibiza. Huele a cuero caro y colonia fuerte.

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Subimos al yate anclado en la cala privada. Champán Dom Pérignon en la suite VIP, burbujas frías en la lengua, sofás de piel que crujen bajo su peso. Estamos revisando contratos, él con su traje Armani, yo con mi vestido de seda negro que se pega a la piel sudada. Nuestras miradas se cruzan… eh… demasiado. ‘Estás exhausta, Sofia’, dice, su mano roza mi muslo. ‘No puedo conducir así’, balbuceo, el corazón latiendo fuerte. Cierro la puerta de la cabina principal. El espacio se hace íntimo, luces tenues, olor a sal y su sudor masculino. Me quito los tacones, la seda resbala por mis hombros. Él me mira, ojos oscuros. ‘Quédate a dormir’, murmura, y ya sé que no es solo dormir.

La tensión en la suite VIP del yate

No lo planeé, pero bajo la ducha caliente, agua perfumada cayendo, pienso en él. Salgo desnuda, toalla suelta. Su puerta entreabierta, como siempre solos. Me meto en su cama king size, piel contra piel. ‘No era el plan’, dice, pero su brazo me envuelve, mi culito en su palma grande. Huele a jabón y deseo. ‘Quiero dormir contigo, con un hombre de verdad’, susurro, acurrucándome. Su dedo roza mi raja húmeda, mi clítoris palpita. ‘Pensaba que te gustaban las chicas’, ríe bajito. ‘Apariencias…’, gimo, y exploto en un orgasmo rápido. Se duerme, yo no.

Despierto, cinco horas después. Lo miro dormir, cubierto solo por la sábana. Bajo la tela: torso lampiño, músculos duros, polla erecta, enorme, venosa. La acaricio, suave como terciopelo. Me arrodillo, la mido con la mano, no cierra. Me monto encima, despacio. La punta lubrica mi coño, entro poquito a poco, me estira hasta doler placer. Pierdo equilibrio, caigo sobre él. Grita: ‘¡Puta traviesa!’, y me voltea. Piernas en sus hombros, me folla salvaje, polla golpeando fondo. ‘¡Tus huevos me azotan el culo!’, chillo. Me corro, inerte. No para, me pone a cuatro, lame mi ano, chupa mi clítoris hasta que grito sin voz.

El clímax brutal y el regreso al lujo

En el baño, me siento en sus muslos mientras orina, su verga en mi ombligo. ‘¡Indecente!’, pero lo dirijo, fascinado por cómo se ablanda. Desayuno desnudos, toco su polla tiesa. En cama, lo ato con palabras: manos atrás. Le muerdo trapecio, gime como loco. Le chupo oreja, se retuerce. Polla en mi boca, la masturbo con labios, lengua en frenillo. Me cuelga cabeza abajo, lame mi coño como lobo: ‘¡Vas a morir de placer, zorra!’. Tres orgasmos, agarro huevos, aprieto. Él eyacula en mi garganta, leche caliente bajando.

Bañera burbujeante, cuerpos relajados. ‘Marion me contó de ti’, confieso. Silencio cómplice. Salimos, vestimos. Champán de nuevo, contratos firmados. Bajamos al club como si nada, sonrisas elite. Nuestro secreto: follar como animales en yate de lujo. Volveremos, lo sé. (612 palabras)

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