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Mi noche prohibida en el yate privado: el secreto de mi amiga VIP

Estábamos en su yate privado, anclado en la Costa Azul. El cuero de los asientos olía a riqueza, mezclado con el salitre del mar. Yo, con mi vestido de seda italiana ceñido al cuerpo, y ella, mi amiga Cécile, en tacones Louboutin y un top que dejaba ver el encaje de su sujetador. Revisábamos contratos en la mesa de caoba, pero las miradas… uf, quemaban.

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—¿Y ese vibrador que tus amigas te regalaron cuando te mudaste a París, dejando a tu Manu en la provincia? —insistí, rozando su mano con la mía sobre los papeles.

La tensión sube entre contratos y miradas en el yate

Ella se rió, nerviosa. —Para las noches largas de invierno, dijeron. La semana sola, ya sabes… me entretiene el coño cuando el finde parece eterno.

Llegamos a su suite VIP. El yate era enorme, pero su camarote, íntimo. No lo había visto antes; íbamos a venir con más, pero dijo que sería demasiado apretado.

—Es pequeño, pero me basta. Oficina para firmar, cama para follar… o dormir.

—¿Te masturbas en el escritorio o en la cama?

—Pensé que llevabas dos minutos sin hablar de sexo… Sube, segundo nivel.

Subimos la escalera de mármol, mis tacones resonando. El aire acondicionado susurraba, fresco contra mi piel caliente.

En la suite, el clic-clac estaba deshecho, el escritorio un caos de contratos y bolígrafos Montblanc. —Perdona el desorden —dijo, arreglando el colchón, doblándolo. Yo fui al baño de mármol, oro por todos lados.

Salí y ya tenía la mesa baja con dos copas de Dom Pérignon. Burbujas doradas, olor dulce y fresco.

—¿Qué te sirvo?

—Champán, si no te molesta.

Brindamos, fumando un cigarro fino. El humo se enredaba en el aire cargado.

—¿Dónde está ese tesoro?

—Joder…

—No creas que olvidé por qué vine.

—Una ducha fría te vendría bien…

—Solo muéstramelo.

Ecruzó el cigarro, abrió un cajón bajo sedas caras. Sacó el dildo: una polla falsa enorme, gruesa como mi muñeca, silicona suave, veiny, 25 cm fáciles. Lo agarró por el medio y le sobraban dedos por todos lados.

—Hostia, es bestial… Nada que ver con la verga de Greg, ¿eh?

—¡Qué puta eres! —rió.

—Dámelo.

Se lo cogí, sintiendo su flexibilidad ligera, el latex cálido. Ella fue al baño. Sonó el teléfono.

—¿Cuelgo?

—Espera, salgo ya.

El contestador: su voz sexy grabada. Luego, Manu: —Hola, pollita, te echo de menos…

Cécile salió a toda prisa, pantalones a medio subir, y agarró el móvil. —¡Allô, Manu! Sí, estoy con una amiga… Laurence.

Yo seguía con el dildo, mirándola. —Sí, la de la boca para pollas…

El clímax brutal y el regreso a la élite discreta

Sonreí. Ella rió. —No, no oye, está en el baño.

Puse el dildo en mi boca, abriéndola al máximo, chupándolo profundo mientras la miraba fijo. Quince cm fáciles, saliva goteando. Ella flipaba, muda.

—¿Qué? No, la tele…

Empecé a mamárselo con ganas, polla-retirada-polla, pompa fuerte. Nuestros ojos en duelo.

—Laurence es una puta rara… No oye.

¿Puta? Me levanté, me acerqué. Ella al teléfono, hipnotizada. Me pegué, chupé más cerca del micro. Luego, con el glande húmedo, le rocé las mejillas, labios. Ella entreabrió, dejé entrar la punta, vaivén suave.

—Hmm… Sí, enciendo un cigarro.

Nuestros labios rozaron al empujar. Beso fugaz, lengua dentro. Otro más largo. Ella me apartó un segundo: —Llego viernes…

De rodillas tras ella, bajé su pantalón de cuero: curvas de culo perfectas, tanga bajando. —¡No, para!

—No hablo contigo, es Laurence que me molesta…

Me levanté, pegada a su espalda, manos en sus tetas. Duras, pezones tiesos bajo la blusa de seda. Masajeé lento, firme.

—Te quiero, bisous…

Colgó, se giró furiosa y cachonda. Se sentó en el sofá, cigarro nuevo, té… silencio pesado. Calor sofocante.

—Lo siento si…

—Shh. Soy yo la que lo siente. Rompí el hechizo. Nunca había sentido eso con una tía.

—Fue… intenso. Me asusté. Quería abandonarme a ti.

—Yo también te deseaba de verdad…

Sus ojos verdes me taladraron. Me acerqué, tomé su mano. Beso tierno, lenguas danzando, champagne en la boca. Manos bajaron, yo le quité la blusa: tetas grandes, pezones rosados duros. Lamí uno, mordí suave. Ella gimió.

—Joder, Laurence…

Le bajé el tanga: coño depilado, húmedo, olor almizclado excitante. Dedos dentro, resbaladizos. Ella abrió piernas, agarró mi pelo.

—Lámeme…

Boca en su clítoris, hinchado, lengua rápida. Chupé fuerte, dos dedos follando su coño apretado. Chorros de jugos en mi barbilla. El dildo: lo unté en su humedad, se lo metí lento. —¡Ahhh, sí, rómpeme!

Entró grueso, la abrí, bombeé duro. Ella gritaba, tetas botando. Cambié: yo encima, frotando coños, clítoris contra clítoris, sudor y gemidos. Orgasmos explosivos, cuerpos temblando.

Después, nos vestimos. Champagne nuevo, contratos sobre la mesa. Sonrisas cómplices.

—Nadie sabrá —dijo, guiñando.

Nuestro secreto de élite. Volvimos al yate como reinas intocables.

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