Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Soy Isabella, ejecutiva en el mundo de los millonarios, siempre rodeada de jets y yates. Esta vez, mi jefe me ascendió a su mano derecha. ‘Isabella, serás mi sombra en los viajes’, me dijo. Y justo entonces contrató a este chico, Javier, un morenazo de 26 años, ojos negros que te clavan, cuerpo atlético. Lo entrevisté en la suite presidencial del Mandarin Oriental en Dubai. Olía a cuero nuevo y champagne Dom Pérignon. Él, nervioso, con esa corbata mal puesta… Uf, su mirada ya me desnudaba.
Empezamos a trabajar codo con codo en el yate privado de mi jefe, anclado en las aguas turquesas de Ibiza. Suite VIP, sofás de seda italiana, vistas al mar. Revisábamos contratos millonarios. ‘Pásame ese dossier, Javier’, le dije, cruzando las piernas. Mi falda plisada subía sola, mostrando muslos bronceados. Él tragaba saliva, ojos fijos en mi escote. El aire olía a sal y su colonia amaderada. ‘Ehh… sí, Isabella’, balbuceaba, rozando mi mano al pasarme los papeles. Sentía su calor, su aliento acelerado. Yo, juguetona, me inclinaba, dejando ver el encaje de mi sujetador. ‘¿Todo bien?’, le pregunté con sonrisa pícara. Él rojo como tomate: ‘Sí… perfecta’. La tensión era eléctrica, como antes de una tormenta.
La tensión sube en el yate exclusivo
El jefe se fue a una reunión en el jet. ‘Quedaos aquí, cerrad el trato’, ordenó. El yate era nuestro, privado total. Cerré la puerta de la cabina principal. ‘Ven, Javier, mira este contrato de cerca’. Me senté en el sofá de terciopelo, abrí las piernas un poco. Él se acercó, rodillas temblando. ‘Isabella, tus piernas… son…’. No dejó acabar: le subí la camisa, besé su cuello salado. ‘Cállate y fóllame ya’. Le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó dura, gruesa, venosa, goteando pre-semen. ‘Joder, qué pedazo de verga’, gemí oliendo su macho. La chupé voraz, lengua en el glande, bolas en la mano. Él jadeaba: ‘¡Dios, Isabella!’. La tragué hasta la garganta, saliva chorreando.
El clímax prohibido y el regreso al lujo
Me arrancó el vestido de seda, tetas libres rebotando. ‘¡Qué pechos tan duros!’, gruñó mamándolos, mordiendo pezones. Me tumbó en la mesa de mármol fría, abrí piernas: coño depilado, mojado, hinchado. ‘Métemela toda, cabrón’. Empujó brutal, polla abriéndome como nunca. ‘¡Aaaah! Sí, rómpeme el coño’. Follando salvaje, piel contra piel chapoteando, sudor y champagne derramado. Cambiamos: yo encima, cabalgando su polla, tetas en su cara. ‘¡Más fuerte, joder!’. Él me azotaba el culo: ‘¡Puta rica, te follo como a una reina!’. Sentía su verga pulsar, coño apretándola. ‘¡Me corro! ¡Lléname de leche!’. Eyaculó chorros calientes dentro, yo exploté temblando, uñas en su pecho.
Jadeando, nos separamos. Limpié con toallitas de hilo egipcio, me puse el vestido. ‘Ni una palabra, Javier. Esto es nuestro secreto de élite’. Él asintió, ojos brillando. Volvimos a los contratos como si nada, sonrisas cómplices. El jefe regresó: ‘¿Todo listo?’. ‘Perfecto, jefe’, dije sirviendo champagne. Javier firmó tembloroso. Ahora, en cada viaje VIP, un roce, una mirada… y sé que repetiremos. Adrenalina pura, poder y placer exclusivo. ¿Quién necesita más?