Hace unos años, con 22 primaveras, aterricé en la Costa Azul invitada por un contacto de mi familia. Sylvie, una banquera de 46 años, dueña de un yate impresionante, me ofreció revisar unos contratos para un posible inversor. Dios, qué lujo. El yate olía a cuero nuevo y sal marina, con ese sol abrasador de agosto reflejándose en la cubierta de teca pulida. Ella, alta, curvilínea, con tetas firmes tipo 90C y un culo que se marcaba bajo su vestido de seda, me recibió con una sonrisa pícara. Su hija Yvette, 26 años, más delgada pero igual de sexy, rondaba por ahí con un bikini diminuto.
Nos sentamos en la zona VIP, dossiers abiertos sobre la mesa de cristal. Champán Dom Pérignon, burbujas frías explotando en la lengua, dulce y ácido. ‘Mira esto, cariño’, dice Sylvie, rozando mi mano al pasar las páginas. Sus ojos, a veces sumisos, otras viciosos, se clavaban en mí. Yo, con mi piel morena de española sureña, notaba cómo Yvette me escaneaba las piernas, el escote. ‘¿Estás cómoda?’, pregunta ella, voz suave, pero con un temblor. Huelo su perfume caro, vainilla y jazmín. La tensión crece: piernas que se rozan ‘sin querer’ bajo la mesa, miradas que duran demasiado. El yate se aleja de la costa, ahora somos solo nosotras en este paraíso privado. Sylvie se excusa un momento, y Yvette se acerca: ‘¿Quieres más champán?’. Su aliento cálido en mi cuello.
La tensión sube en la cubierta VIP
Bajo a la cabina principal, la puerta entreabierta. Oigo gemidos ahogados. Empujo un poco: Yvette está ahí, sentada en el borde del sofá de cuero, piernas abiertas, mano entre los muslos. Dedos hundidos en su coño rasurado, el otro pellizcando pezones duros como lápices. Ojos cerrados, lengua lamiendo el labio, jadea bajito. Mi coño se moja al instante. Me acerco en silencio, el suelo mullido amortigua. Saco mi mano bajo la falda, toco mi clítoris hinchado. Ella se arquea, gime fuerte, correte chorrea por sus dedos. Abre los ojos, sorpresa total. ‘¡Joder, qué…!’, balbucea, cierra piernas.
‘Shh, qué guapa te ves corriéndote. Mira lo que me haces’, susurro, subo falda, le muestro mi coño empapado. Ella mira, hipnotizada. Me acerco más, froto mi clítoris contra su rodilla. ‘Ven, fóllame con la lengua’. Dudas un segundo, pero lame. Dios, su boca caliente, lengua girando en mi chochito, chupando labios hinchados. Gimo, agarro su pelo. ‘Más profundo, puta’. La empujo al sofá, abro sus piernas. Su coño rosa, jugoso, huele a sexo puro. Meto dos dedos, cabalgo su clítoris con la lengua. Ella grita: ‘¡Sí, joder, no pares!’. Se retuerce, tetas botando, me corre en la boca, salado y dulce.
El clímax brutal y el secreto compartido
La monto, tribbing salvaje: coños frotándose, clítoris chocando, sudor mezclado con champán derramado. ‘¡Me vengo otra vez!’, aúlla. Nuestros jugos chorrean por el cuero. No oímos la puerta. Sylvie está ahí, falda subida, tres dedos en su coño peludo, masturbándose furiosa, ojos fijos en nosotras. Le guiño, dedo en labios: silencio. Sigo follando a su hija, que no ve nada, espalda a ella. Sylvie tiembla, se corre callada, leche bajando por muslos. Desaparece.
Después, nos duchamos juntas, agua caliente lavando fluidos. Subimos a cubierta como reinas. Sylvie finge revisar contratos: ‘¿Todo bien, chicas?’. Sonrisas cómplices, miradas que dicen ‘nuestro secreto’. Brindamos con champán fresco, piernas rozándose bajo mesa. Etiqueta intacta, pero el aire cargado de promesas. Ese yate, ese día… puro vicio elite.