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Mi noche ardiente en el yate privado con ella

Ay, chicas, aún huelo el cuero caro del yate, ese aroma que se mezcla con el salitre del mar Mediterráneo. Era una noche en Ibiza, en el club más exclusivo, solo para millonarios y gente como yo, que sabe de privilegios. Yo, Carmen, mesera VIP en ese paraíso flotante, con mi uniforme de seda que roza mis pezones cada vez que sirvo. Ella apareció, Dorita, la dueña del yate, una viuda rica con curvas maduras, pelo gris plateado cayendo como cascada, ojos que devoran.

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Estábamos en el salón privado, revisando contratos de fiestas élite. Sus dedos rozaban los papeles, pero sus miradas… uf, me quemaban la piel. ‘Carmen, ¿has probado el Dom Pérignon reserva?’, me dijo con voz ronca, pasándome la copa. El burbujeo en mi lengua, dulce, fresco… y su perfume, Chanel No. 5, invadiendo todo. Me senté cerca, demasiado, nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa de mármol. ‘No sé, Dorita, este sitio me pone… nerviosa’, balbuceé, sintiendo mi coño palpitar ya.

La tensión sube en el salón exclusivo

Sus ojos bajaron a mis tetas, apretadas por la seda. ‘Ven, firma esto como testigo’, susurró, inclinándose. Su aliento en mi cuello, caliente. El yate zumbaba suave, olas chocando, música jazz de fondo. La puerta se cerró, el salón se volvió nuestro. ‘¿Sabes lo que quiero?’, dijo, mano en mi muslo. ‘Dime…’, respondí, voz temblorosa. Sus labios rozaron los míos, champagne en la boca, sabor ácido y dulce. Nos besamos, lenguas enredadas, manos impacientes.

De repente, me empujó al sofá de cuero negro, crujió bajo mi culo. ‘Quítate eso, puta mía’, gruñó, bajándome la falda. Mi tanga ya empapada, olor a mi excitación flotando. ‘Mira cómo estás de mojada, zorra’, rio, dedos abriendo mi coño depilado. Lamida mi clítoris hinchado, lengua experta girando, chupando fuerte. ‘¡Ay, joder, Dorita! ¡No pares!’, gemí, uñas en su pelo. Olía su coño maduro cuando se quitó las bragas de encaje, jugos goteando.

El clímax brutal en la suite privada

Me volteó, cara contra el cuero, sabor salado en la boca. Sus dedos entraron en mí, dos, tres, follándome duro, chapoteo húmedo. ‘¡Te voy a hacer correrte como una perra!’, jadeó. Yo, con mi lengua en su chocho peludo, saboreando ese néctar agrio, clítoris duro como una polla pequeña. Tribbing salvaje, coños frotándose, clits chocando, sudor y jugos mezclados. ‘¡Córrete, coño! ¡Dame todo!’, grité, orgasmos explotando, temblores, chorros calientes en sus muslos.

Horas después, exhaustas, piel pegajosa. Se levantó, se puso el vestido de seda, peinó su pelo. ‘Vístete, Carmen. Mañana más contratos’, dijo con sonrisa fría, como si nada. Champagne nuevo en la mesa, firmamos papeles. Nuestros ojos se cruzaron, secreto élite, complicidad en el lujo. Nadie sabe, pero mi coño aún late recordándolo. ¿Volverá? Ay, el poder, la exclusividad… adictivo.

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