Estaba en ese club exclusivo de Marbella, uno de esos sitios donde solo entran los que viajan en jet privado. Yo, con mi vestido de seda negra ajustado, oliendo a Chanel No. 5 mezclado con el salitre del mar. Él, un tipo de unos cuarenta, traje a medida, ojos que te desnudan antes de parpadear. Hablábamos de contratos, de inversiones en criptos, pero sus miradas… uf, se clavaban en mis tetas, en mis labios. ‘¿Segura que quieres firmar esto?’, me dijo, inclinándose sobre la mesa de mármol, su aliento a whisky añejo rozándome el cuello. Yo asentí, mordiéndome el labio. ‘Sí, pero con cláusulas… especiales’, respondí, y vi cómo su polla se marcaba bajo los pantalones. El aire estaba cargado, olía a cuero de los sofás italianos y a su colonia cara. Los camareros nos servían Dom Pérignon helado, burbujas explotando en mi lengua como promesas de lo que vendría. De repente, me susurró: ‘Ven, hay un yate esperándonos. Negocios privados’. Mi coño ya palpitaba.
Subimos al yate anclado en la bahía, todo en madera noble y cristales ahumados. La cubierta VIP se vació en segundos; solo quedamos él y yo. Me llevó a la suite principal, puertas cerrándose con un clic suave. ‘Quítate eso’, gruñó, señalando mi vestido. Dudé un segundo, eh… pero la adrenalina del poder me encendió. La seda resbaló por mi piel, mis pezones duros como diamantes al aire. Él se desabrochó la camisa, mostrando un pecho bronceado, músculos de gym privado. Me empujó contra la cama king size, sábanas de hilo egipcio crujiendo. ‘Joder, qué tetas tan perfectas’, murmuró, chupándomelas con hambre, mordiendo los pezones hasta que gemí. Su mano bajó, metiéndose en mis bragas de encaje. ‘Estás empapada, puta cachonda’. Sí, lo estaba. Le bajé los pantalones y saqué esa polla gruesa, venosa, goteando precum. ‘Mmm, qué pedazo de verga’, le dije, lamiendo el glande salado.
La tensión sube en el lounge exclusivo
Me puso a cuatro patas, el culo en pompa, oliendo su sudor mezclado con el mar. Escupió en mi coño y metió dos dedos, follándome el agujero con rudeza. ‘¿Quieres que te reviente?’, preguntó jadeando. ‘Sí, fóllame fuerte, cabrón’, supliqué. Empujó su polla de un golpe, llenándome hasta el fondo. ¡Hostia! Dolor y placer puro, estirándome las paredes. Me embistió como un animal, pelotas golpeando mi clítoris, ‘¡Toma, zorra de lujo!’. Yo gritaba, arañando las sábanas, el barco meciéndose con nosotros. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mis tetas rebotando, su lengua en mi ano. ‘Métemela por el culo’, pedí, untando saliva. Se la clavó despacio, luego salvaje, mis nalgas abriéndose para él. Sudor goteando, gemidos ahogados por el ruido de las olas. Me corrí primero, chorros calientes salpicando su pecho, luego él explotó dentro, lechada espesa llenándome el culo, desbordando.
Minutos después, nos duchamos en la cabina de mármol, agua caliente lavando el desastre. ‘Impecable’, dijo él, poniéndome la bata de seda. Bajamos a cubierta, champagne fresco en mano, charlando de acciones como si nada. Sus ojos brillaban con nuestro secreto élite. ‘Hasta la próxima firma’, guiñó. Yo sonreí, piernas temblando aún, el sabor de su semen en mi garganta. Regresé al club, vestido impecable, pero con su corrida secándose dentro de mí. Ese poder, esa exclusividad… adictivo.