Mi noche salvaje en el yate privado: mi marido mirando cómo me follan

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Todo empezó en ese yate privado anclado en la Costa Azul, puro lujo: mármol italiano, piel de cuero nuevo oliendo a riqueza, champán Dom Pérignon burbujeando en copas de cristal. Yo, con mi vestido de seda negra ceñido, tetas altas y firmes asomando, sin bragas debajo, claro. Mi marido, Javier, cincuentón musculoso, tatuado, bi como él solo, traje impecable pero con el plug en el culo que le obligué a ponerse. Y él, el magnate, Carlos, mi amante secreto, el que firma contratos millonarios mientras me mira el tatuaje encima del coño depilado.

Estábamos ‘negociando’ en la sala VIP, papeles y dossiers sobre la mesa de caoba, vistas al mar al atardecer. Javier explicaba cifras, pero yo notaba las miradas. Carlos rozaba mi rodilla bajo la mesa, su mano subiendo por mis muslos lisos. ‘¿Todo bien, Isa?’, me susurró, voz grave, mientras Javier fingía leer. El aire cargado, olor a colonia cara y mi humedad creciendo. ‘Sí, pero estos contratos… necesitan un toque personal’, respondí, mordiéndome el labio, piernas entreabiertas. Javier tragó saliva, su polla endureciéndose en los pantalones. De repente, Carlos dio la orden: ‘Cierren la puerta, esto se pone privado’. Puertas blindadas, luces tenues, el yate zarpó suave. Solo nosotros tres en ese palacio flotante.

La tensión sube en la suite VIP del yate

No perdí tiempo. Me subí a la mesa, eché los papeles al suelo, abrí las piernas mostrando mi coño hinchado, labios con piercings brillando. ‘Javier, mira cómo me mojo por una polla de verdad’, le dije, voz ronca. Carlos se bajó los pantalones, su verga gorda y venosa saltando libre, dura como hierro. Javier se arrodilló al lado, desnudo ya, polla tiesa pero intocable. ‘No te toques, cacho’, le ordené. Carlos me embistió la boca primero, saboreando su prepucio salado, bolas pesadas en mi barbilla. ‘Chúpamela bien, puta de lujo’, gruñó. Yo gemía, saliva chorreando, mientras Javier olía mi excitación.

Luego, Carlos me tiró sobre el sofá de cuero, crujiendo bajo mi culo. Me abrió de par en par, lamió mi clítoris hinchado, lengua profunda en mi coño chorreante. ‘¡Joder, qué sabor, más dulce que tu champán!’, dijo mirándolo. Yo arqueaba la espalda, tetas botando, pezones duros como piedras. ‘¡Fóllame ya, métemela toda!’, supliqué. Entró de un golpe, polla gruesa partiéndome, follando salvaje, pellizcándome los pezones. ‘¡Ahhh, sí, así, más fuerte que la mierdecita de tu marido!’ Javier jadeaba a un metro, ojos fijos en mi coño tragándose esa verga. Le di una bofetada ligera: ‘Lámeme las bolas mientras él me revienta’. Javier obedeció, lengua en sus huevos peludos, gimiendo humillado.

El clímax brutal y el regreso al lujo discreto

Cambié a cuatro patas, cara contra la de Javier, besándolo mientras Carlos me taladraba el coño desde atrás. ‘¿Ves cómo me hace gritar? Tú solo miras’, le escupí. Follada brutal, nalgas rebotando, sudor mezclado con olor a sexo y mar. Me corrí dos veces, chorros empapando el cuero, gritando ‘¡Me vengo, joder!’. Él no paró, alternando mi coño con la boca de Javier: ‘Chupa mi polla con su crema, cornudo’. Javier la devoró, dura de nuevo para mí. Finalmente, me puso en misionero, piernas en hombros, embistiéndome hasta el fondo. ‘¡Te lleno de leche!’, rugió, corriéndose dentro, caliente y espeso. Yo exploté otra vez, uñas en su espalda.

Después, ducha de oro en la suite, jabón espumoso en tetas y coño. Javier limpió todo con lengua, tragando nuestra mezcla. Vestidos de nuevo, copas en mano, contratos firmados como si nada. ‘Buen negocio, ¿no?’, sonrió Carlos, guiño cómplice. Javier asintiendo, plug aún dentro, secreto elite guardado. Volvimos a la cubierta, estrellas testigos, yo saboreando el champán con regusto a polla. Puro vicio VIP.

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