Me llamo Carmen, tengo 36 años, morena con curvas generosas, 95C de pecho y caderas que vuelven locos a los hombres. Casada desde hace 15 años con Javier, fiel como un perro… hasta esa noche. Dos embarazos me dejaron redonditas, pero a él le encantan. Amo el lujo, el poder, esa adrenalina de lo exclusivo. Hace unos días, en Nochevieja, nos invitaron a un yate privado en el club VIP de Marbella. Jet privado para llegar, champán Dom Pérignon fluyendo, máscaras doradas para anonimato. Javier y yo, vestidos de gala: él en esmoquin negro impecable, yo en un vestido de seda rojo ceñido, escote hasta el ombligo, sin sujetador porque… uf, apretaba.
Llegamos oliendo a cuero nuevo del jet, el yate brilla bajo las luces, piscina infinita, camareros en librea. El aire huele a sal marina y cigarros cubanos. Bailamos en la cubierta superior, música house suave, cuerpos rozándose. Javier charla con un socio sobre contratos millonarios, yo miro alrededor. Otro tipo con máscara similar a la de él, alto, fuerte. La tensión sube con cada copa, burbujas en la lengua, calor en la piel. En un slow, alguien me abraza por detrás, fuerte, familiar. ‘¿Eres tú, amor?’, susurro. Sus manos bajan por mi espalda, olor a colonia cara, cuero de su chaqueta contra mi seda. Me aprieta las nalgas, yo gimo bajito. Pensando que es Javier, me dejo llevar. Sus dedos rozan mi coño por encima del vestido, húmeda ya. ‘Shhh, puta mía’, murmura. El espacio VIP se cierra: me arrastra a una cabina privada, puerta de caoba, luces tenues.
El lujo del yate y la tensión que sube
Dentro, oscuridad suave, olor a sándalo y sexo inminente. Me empuja contra la pared forrada de terciopelo, baja el vestido. Mis tetas saltan libres, pezones duros como piedras. ‘Mmm, qué ricas’, gruñe. Me arrodillo, desabrocho su pantalón. Su polla sale dura, gruesa, venas palpitando, más grande que la de Javier… pero el alcohol nubla todo. La chupo ansiosa, lengua en el glande, saliva chorreando. ‘Joder, qué boca’, jadea él. La meto hasta la garganta, gárgaras húmedas, bolas en mi barbilla. Me levanta, me gira, sube el vestido. Mi tanga empapada cae, coño chorreando jugos. Me inclina sobre la mesa de mármol frío, piernas abiertas. Su polla presiona mi entrada, resbala en mi humedad. ‘¡Fóllame ya!’, suplico. Embiste, antro ardiendo engulléndolo. Plaf, plaf, succiones obscenas, mi clítoris hinchado roza sus huevos peludos.
El sexo brutal en la cabina secreta
Me pica el culo, lubricado por mi flujo. ‘¿Quieres por detrás?’, pregunta ronco. ‘Sí, rómpeme el ojete’. Dos dedos en mi coño mientras su verga abre mi ano. Duele rico, me estira, entro al cielo. Me taladra el culo, polla gorda partiéndome, dedos follándome la chochita. ‘¡Eres una cerda en calor!’, grita. Yo remuevo caderas, tetas bamboleando, sudor perlando piel. Cambio posición: me sienta en la mesa, piernas en alto, él me abre como libro. Polla de nuevo en coño, hasta el fondo, útero golpeado. Pulgar en clítoris, me corro gritando, chorros calientes. Él no para, cambia a ano otra vez, salvaje. ‘¡Me vengo!’, ruge. Leche caliente inunda mi recto, rebosando, goteando muslos.
Agotados, jadeos. Me recompongo, semen escurriendo, tanga olvidada. Salgo, música aún suena. Veo a Javier bailando con una rubia tetona. Él me saluda sonriente. Mi mundo se hiela: era un desconocido, el otro esmoquinado. ‘¿Dónde estabas, cariño?’, pregunta Javier. ‘En el baño, calorcito…’, miento, mejillas ardiendo. Bailamos pegados, su semen chorreando por mi pierna, secreto elite. Él cuenta cómo rechazó a la rubia. Sonrío, coño palpitando aún. Ahora, sola, me masturbo recordándolo. Ese poder, ese riesgo… quién sabe si repito.