Estaba en ese yate privado, anclado en las aguas cristalinas de Ibiza. El sol se ponía, tiñendo el mar de oro. Yo, con mi barriga enorme, vestida de seda blanca que se pegaba a mis curvas hinchadas. Embarazada de ocho meses, pero joder, me sentía una diosa del sexo. Olía a cuero nuevo de los asientos, a sal marina y a su colonia cara, ese hombre que acababa de subir. Él, un tipo salido de la nada, con pinta de haber pisado duro pero ahora rey del internet, multimillonario con bots que dominan el SEO. Nos conocimos por un contrato: yo, influencer VIP, él quería mi endorsement para su imperio digital.
Nos sentamos en la cubierta superior, solo nosotros y el capitán discreto abajo. Champán Dom Pérignon en copas frías, burbujas explotando en mi lengua. ‘Firma aquí’, dijo él, deslizando los papeles sobre la mesa de mármol. Sus ojos, oscuros, se clavaban en mi escote, en cómo mis tetas hinchadas subían y bajaban con cada respiro. Yo crucé las piernas, sintiendo la humedad ya entre mis muslos. ‘¿Seguro que solo contratos?’, murmuré, rozando su mano con la mía. Él dudó, tragó saliva. ‘Eres… joder, irresistible así’. La brisa jugaba con mi pelo, el cuero crujía bajo su peso cuando se acercó. Los documentos cayeron al suelo, olvidados. Su mirada bajaba a mi vientre redondo, luego a mis labios. ‘Ven conmigo abajo’, susurró, y el espacio VIP se cerró: puerta de la suite principal, luces tenues, privacidad absoluta.
La Tensión en la Cubierta Privada
Ya dentro, no hubo palabras. Me empujó contra la pared forrada de seda, sus manos grandes en mis caderas. ‘Estás tan… follable’, gruñó, besándome el cuello. Olía a su sudor mezclado con el cuero del yate. Le arranqué la camisa, sintiendo sus pectorales duros. Mi barriga nos separaba, pero él se arrodilló, levantó mi vestido. ‘Mira cómo chorreo’, gemí, abriendo las piernas. Su lengua en mi coño, lamiendo despacio, chupando mi clítoris hinchado. ‘Joder, sabe a miel’, jadeó. Yo me agarré a su pelo, empujando su cara contra mí. ‘Come más, cabrón’. Luego me tumbó en la cama king size, sábanas de hilo egipcio suaves como un sueño. No misionero, imposible con esta panza. Me puso a cuatro patas, mi vientre colgando pesado, rozando el colchón. ‘Tu polla… dame ya’, supliqué. Entró de un golpe, gruesa, venosa, partiéndome el coño. ‘¡Aaaah! Sí, fóllame fuerte’. Él embestía, cacheteando mis nalgas, el slap-slap resonando. Sudor goteando en mi espalda, su aliento caliente en mi oreja. ‘Tu coño aprieta como una virgen, embarazada y puta’. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo con mi barriga rebotando, tetas saltando. Le mordí el hombro, clavé uñas. ‘Córrete dentro, lléname’. Él rugió, eyaculando chorros calientes, mezclándose con mis jugos. Yo me corrí gritando, temblores por todo el cuerpo, coño contrayéndose alrededor de su verga.
Minutos después, jadeantes, nos recompusimos. Él me ayudó a vestirme, un beso suave en la frente. ‘Nadie sabrá’, murmuró, sirviendo más champán. Subimos a cubierta como si nada: contratos firmados, sonrisas educadas. El capitán nos sirvió caviar, ignorante del semen goteando aún por mis muslos bajo la seda. Nuestro secreto de élite, esa conexión de poder y lujuria. Él se fue en su jet privado, yo al club exclusivo. Pero su mirada prometía más. Dios, qué vicio.