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Mi noche prohibida en el yate privado con una pareja de élite

Estaba en ese yate privado anclado en la Costa Azul, el sol cayendo sobre el mar como oro líquido. Yo, Lucia, la agente inmobiliaria española que cierra tratos con millonarios. Olía a cuero nuevo de los asientos, sal marina y ese perfume caro que usaba él, Javier, el empresario con ojos de depredador. Ella, Marta, su mujer, rubia perfecta con labios que prometían pecados. Venían por un chalet en la Riviera, pero los dossiers sobre la mesa de teca no engañaban a nadie. Sus miradas… uf, se clavaban en mí. Javier hojeaba papeles, pero sus ojos bajaban a mis tetas apretadas en el top de seda. Marta sorbía champagne, burbujas frías en la copa, y rozaba mi rodilla ‘por accidente’ bajo la mesa.

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‘¿Qué te parece esta propiedad, Lucia?’, pregunta Javier, voz grave, mientras su pie sube por mi pantorrilla. Dudo, el corazón latiendo fuerte. ‘Es… exclusiva, como vosotros’. Marta ríe bajito, su mano en mi muslo ahora, subiendo despacio. ‘Nosotros buscamos algo más… íntimo’. El aire se carga, el viento trae olor a jazmín del jardín del yate. Dejo los contratos. ‘¿Queréis ver la suite principal? Es… privada’. Nos levantamos, yo delante, sintiendo sus respiraciones en mi cuello. La puerta se cierra con clic suave, lujo total: cama king con sábanas de hilo egipcio, jacuzzi burbujeante, vistas al infinito.

La tensión en la cubierta del yate

Allí, sin palabras, Marta me besa. Sus labios suaves, lengua juguetona, sabe a champagne y deseo. Mis manos en su cintura, tirando de su blusa de seda. ‘Dios, qué tetas tan firmes’, gimo yo, chupando sus pezones rosados, duros como guijarros. Ella jadea, ‘Sí, chúpamelos, guarra’. Javier mira, polla ya dura bajo los pantalones, oliendo a hombre excitado. Yo bajo la mano de Marta a mi coño, húmedo ya, bragas empapadas. ‘Tócame… fóllame con los dedos’. Sus dedos entran, dos, tres, me follan lento, mi clítoris hinchado palpitando. La empujo a la cama, le arranco las bragas, su coño depilado brillando. Lo lamo, lengua plana, saboreando su jugo dulce y salado. ‘¡Joder, qué lengua! Come mi coño, Lucia’. Gime fuerte, caderas alzándose, yo meto lengua profunda, dedos en su culo apretado.

El clímax salvaje en la suite privada

Se corre gritando, chorro caliente en mi boca. Yo tiemblo, mi coño ardiendo. Javier no aguanta, se baja los pantalones, polla gorda, venosa, goteando pre-semen. ‘Venid, putas’. Marta y yo nos turnamos chupándola: yo engullo hasta la garganta, baba chorreando, ella lame huevos. ‘¡Coño, qué mamada!’. La monto primero, su polla entra en mi coño como un pistón, me folla duro contra el colchón de plumas. Marta se pone en 69 sobre mí, su coño en mi cara mientras yo la lamo y Javier me taladra. Cambio: froto mi coño contra el de Marta, clítoris contra clítoris, resbaladizo, eléctrico. ‘¡Fóllame así, sí!’. Javier nos mira pajéandose, luego entra en Marta por detrás, polla embistiéndola mientras nos frotamos. Orgasmos en cadena: yo exploto primero, coño contrayéndose, luego Marta grita, él se corre dentro, semen caliente desbordando.

Sudados, jadeantes, nos besamos los tres, mezcla de jugos en bocas. Javier trae Dom Pérignon helado, lo bebemos desnudos en la cama, burbujas en pezones. ‘Esto queda entre nosotros’, dice él, guiñando. Marta asiente, ‘Nuestro secreto VIP’. Me visto despacio, seda rozando piel sensible. Bajamos a cubierta, dossiers en mano como si nada. Firmamos el contrato, risas elegantes, champagne brindando. Pero bajo la mesa, sus pies rozan los míos. Adrenalina del poder, placer exclusivo. Salgo del yate con piernas temblando, coño aún palpitando, sabiendo que llamarán pronto.

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