¡Uf, por fin sentada! El salón VIP del hotel era puro lujo: sofás de cuero negro que olían a rico, champán burbujeando en copas de cristal, luces tenues que jugaban con las joyas de los invitados. Venía de una reunión eterna firmando contratos millonarios, sudando bajo el traje chaqueta de seda. Me acomodé en la mesa redonda, con vistas al yate anclado en la marina privada. Solo tenía a una tipa a mi derecha y esperaba con ganas quién caería enfrente.
La miré de reojo. La novia del socio principal, o algo así, una pelirroja espectacular. Pelo largo como fuego, tetas pequeñas pero firmes, piel de porcelana, labios carnosos que pedían un beso. Sus ojos azules me clavaron en el sitio. ‘Hola’, murmuré, pero la voz se me atascó. La había visto antes, en la sala de conferencias, moviéndose como una pantera. Un calor me subió por el coño al instante. Quería tocarla ya, lamerla entera.
La Tensión en el Salón Privado del Hotel de Lujo
Hablamos de los contratos, de cifras absurdas, pero mis ojos se desviaban a su escote. Ella pillaba mis miradas y sonreía, coqueta. ‘¿Qué te parece el deal?’, preguntó, ladeando la cabeza. ‘Explosivo’, respondí, mordiéndome el labio. Entre sorbos de champán –dulce, con ese toque de fresas–, fumamos un cigarro en la terraza privada. Su perfume, vainilla y sexo, me volvía loca. Fingía mirar las luces del yate, pero en el reflejo del cristal, la veía devorándome con la mirada.
Al postre –trufas con crema–, me jugué el todo. Quité el zapato, piel suave rozando su tobillo. Tibia, sedosa. Ella alzó la vista, congelada un segundo, y siguió comiendo como si nada. ¡Funcionaba! Subí despacio, rodilla, muslo. Bajo la falda corta, círculos con los dedos del pie. Hablábamos de inversiones, pero su voz temblaba. Mi dedo gordo tocó la braguita, húmeda ya. ‘¿Todo bien?’, dije, inocente. Ella se movió, abrió las piernas, guió mi pie a su coño chorreante.
Ahora el salón VIP se sentía nuestro. Metí el dedo bajo la encaje, pubis rasurado, labios hinchados. La froté, jugos empapándome. ‘Último contrato… uf, qué calor’, jadeó ella. Mi pulgar en su raja, arriba abajo, rozando el clítoris. Se crispaba, servilleta hecha un nudo. La hice correrse ahí mismo: muslos apretándome el pie, gemido ahogado disfrazado de tos. ‘¿Estás bien?’, preguntó un tipo. ‘Sí, alergia al chocolate’, mintió, roja como su pelo.
El Éxtasis Brutal y el Secreto de Élite
‘Necesito aire. ¿Vienes?’, susurró. Salimos al pasillo, directo a su suite presidencial. Puerta cerrada, y ya estaba desnuda, su melena barrida mis muslos. ‘Eres una puta loca’, rio, arrodillándose. Lengua en mi coño, lamiendo como hambrienta. ‘¡Joder, sí!’, grité, clavándole las uñas. Me corría en su boca, sabor salado mezclándose con champán.
Nos enredamos en 69: su coño goteando sobre mi cara, pelirroja y dulce. La chupé el clítoris, metí lengua en su agujero, dedos en el culo. ‘¡Fóllame más!’, rogaba. Orgasmos en cadena, sábanas empapadas de squirt. Vodka del minibar en el balcón, desnudas, cigarro en mano, viento marino en la piel. De vuelta a la cama, tribbing hasta el amanecer: coños frotándose, clítoris chocando, sudor y gemidos.
A la mañana, entrelazadas. ‘¿Nombre?’, pregunté, oliendo su pelo. ‘Viviana. ¿Y tú?’. ‘Carla. Y ese pie tuyo… mágico’. Se lamió los labios. ‘El jet sale en horas, pero me quedo. Por tu culito’. Beso profundo, lengua explorando.
Bajamos al salón como reinas: contratos firmados, sonrisas frías. Nadie sospechaba nuestro secreto elite. Adrenalina pura, poder y placer exclusivo. Cuando cuente esto en el próximo club…