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Mi noche ardiente con el príncipe en el yate de Antioche

Acabo de bajar del yate, aún tiemblo. Fue en Antioche, ese rincón exclusivo del Mediterráneo, en el yate privado de mi familia. Yo, heredera de un imperio como Aquitania moderna, rodeada de lujo obsceno. El sol se ponía, tiñendo el mar de oro. Olía a sal, a cuero nuevo de los asientos italianos, a champán Dom Pérignon helado en copas de cristal.

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Estábamos en la cubierta VIP, solo él y yo. Raymond, mi ‘tío’ en espíritu, un príncipe sirio con ojos negros como la noche, músculos tallados bajo la camisa de seda. Hablábamos de contratos, fusiones millonarias. Sus manos grandes hojeaban los dossiers, pero sus ojos… ay, sus ojos me devoraban. ‘Aliénor, firma aquí’, murmuró, su voz ronca rozando mi oreja. Me incliné, mi vestido de diseñador –rojo fuego, escote hasta el ombligo– rozó su brazo. Sentí su calor. El aire se cargó, espeso. ‘¿Estás segura de esto?’, preguntó, su aliento con aroma a whisky añejo. Dudé, mordí mi labio. ‘Más que nunca’. La tripulación desapareció discretamente. El yate viró a una cala privada, luces tenues, música suave de oud flotando.

La tensión en la cubierta privada

Nos quedamos solos. Él se acercó, su mano en mi cintura, tirando de la cremallera. ‘Eres fuego, como siempre decían de ti’. Mi piel erizada bajo la seda que caía. Olía su colonia cara, almizcle y poder. Besó mi cuello, dientes rozando. ‘Raymond… esto es… prohibido’, gemí, pero mis manos ya en su pecho, desabotonando. Su polla se endurecía contra mi muslo, gruesa, palpitante bajo el pantalón. La cubierta era nuestra alcoba ahora, cojines mullidos, estrellas testigos.

El clímax brutal y el regreso al lujo

Me empujó contra el bar, frío mármol en mi espalda desnuda. ‘Quiero follarte como mereces, reina’. Bajó mi tanga de encaje, dedos ásperos abriendo mi coño ya mojado. ‘Mira cómo chorreas por mí’. Lamí sus labios, salados. ‘Jódeme ya, no aguanto’. Se desabrochó, su verga saltó libre: venosa, cabezona, goteando precum. Me levantó, piernas alrededor de su cintura. Entró de un empellón brutal, rompiéndome. ‘¡Ahhh! Sí, así, cabrón’, grité. Follando duro, sus caderas chocando, mi clítoris frotándose. Olía a sexo, sudor mezclado con champán derramado. Me mordió los pechos generosos, pezones duros como piedras. ‘Tu coño aprieta como puta noble’, gruñó, acelerando. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo en el sofá de cuero, crujiendo bajo nosotros. Mis tetas rebotando, él chupando, pellizcando. ‘Más profundo, rómpeme’. Sentí su polla hincharse, mis paredes convulsionando. Eyaculó dentro, chorros calientes llenándome, mientras yo explotaba, squirtando en su abdomen. Gemidos ahogados, ‘¡Córrete, sí!’. Sudor, fluidos por todas partes.

Jadeando, nos separamos. Él limpió con una toalla de hilo egipcio, yo me recompuse el vestido, peinado perfecto de nuevo. ‘Nadie sabrá, nuestro secreto de élite’, susurró, besándome la mano. Copas de champán tintinearon, brindamos por ‘nuevos contratos’. La tripulación volvió como fantasmas. Bajamos a tierra, él con su jet esperando, yo a mi suite en el hotel de cinco estrellas. Caminamos erguidos, sonrisas protocolarias. Pero dentro, quemo. Ese poder, esa exclusividad… volveré por más.

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