Ay, chicas, aún huelo el cuero caro del yate de Hans, ese productor alemán que me contrató para un guion exclusivo. Era medianoche en el Mediterráneo, el mar negro como la tinta, y nosotros en la suite VIP del barco. Champán Dom Pérignon burbujeando en copas de cristal, olor a sal y a su colonia cara mezclándose con mi perfume de vainilla. Llevaba un vestido de seda roja que se pegaba a mis curvas, sin nada debajo, sintiendo el roce fresco contra mi piel.
Hans estaba ahí, con su maletín de piel lleno de contratos. ‘Firma esto, Sofía, y serás millonaria’, me dijo con esa voz grave, ojos clavados en mis tetas. Yo dudaba, mordiéndome el labio, el corazón latiendo fuerte. Sus guardaespaldas, Wolf y Rev, dos tíos enormes, músculos tatuados bajo camisas ajustadas, nos vigilaban desde las sombras. Miradas que me ponían la piel de gallina. ‘¿Y si no quiero solo firmar?’, les solté, juguetona, cruzando las piernas para que vieran el brillo de mi coño húmedo.
La tensión sube en la suite privada
La tensión explotó. Hans cerró la puerta de la suite, el clic del pestillo como una promesa. ‘Esto queda entre nosotros’, murmuró, sirviendo más champán. Sus manos rozaron las mías al pasarme la copa, y yo sentí su polla dura contra mi muslo. Wolf se acercó, su aliento caliente en mi cuello: ‘¿Necesitas protección, preciosa?’. Rev sonrió, desabotonando su camisa. El espacio se volvió nuestro, privado, el yate meciéndose suave mientras el mundo desaparecía.
De repente, todo fue salvaje. Me arrancaron el vestido, la seda rasgándose con un sonido que me mojó más. ‘Joder, qué tetas tan perfectas’, gruñó Hans, chupándome los pezones duros como piedras. Wolf me tiró al sofá de cuero, abriéndome las piernas: ‘Mira este coño depilado, listo para follar’. Su lengua larga me lamió el clítoris, sorbiendo mi jugo como si fuera miel, mientras Rev me metía dos dedos gruesos, follándome la entrada con golpes secos. ‘¡Ah, sí, más profundo!’, gemí, arqueándome.
El clímax brutal y sin filtros
Hans sacó su verga gorda, venosa, y me la clavó en la boca. ‘Traga, puta de lujo’, ordenó, follándome la garganta hasta que babeé por su tronco. Wolf se puso de pie, su polla enorme, como un brazo, palpitando. ‘Abre bien, zorra’, y me la hundió en el coño de un empujón brutal, estirándome hasta el límite. Dolor y placer mezclados, mis paredes chorreando alrededor de él. Rev no esperó: lubricó mi culo con saliva y su saliva, y me folló el ojete sin piedad, doble penetración que me hizo gritar ‘¡Me partís en dos, cabrones!’.
Cambiamos posiciones como animales. Yo encima de Wolf, cabalgando su monstruo, tetas rebotando, mientras Rev me sodomizaba desde atrás y Hans me azotaba la cara con su polla. ‘¡Córrete, puta VIP!’, rugió Wolf, y yo exploté, squirtando jugo por todo el cuero. Ellos no paraban: me llenaron de leche caliente, en la boca, el coño, el culo, chorros espesos goteando por mis muslos. Olor a sexo puro, sudor y semen, el yate oliendo a vicio.
Al final, exhaustos, nos vestimos como si nada. Hans ajustó su corbata: ‘Contrato firmado, Sofía. Silencio absoluto’. Wolf y Rev guiñaron, limpiándose las pollas. Brindamos con champán tibio, risas elegantes, el secreto sellado en miradas cómplices. Bajé del yate al amanecer, piernas temblando, coño palpitando aún, pero con mi fortuna en el bolsillo. Ese poder, esa exclusividad… adictivo.