Ay, chicas, os lo juro, acabo de bajar de ese yate y aún me tiemblan las piernas. Fue con él, mi ex, ese cabrón adinerado que me volvió loca de amor y sexo. Lo conocí en un evento exclusivo en Ibiza, pero esta vez fue en su yate privado, anclado frente a la costa. Lujo puro: cuero italiano oliendo a nuevo, champán Dom Pérignon burbujeando en copas de cristal, y la brisa salada rozando la piel.
Estábamos revisando contratos en la sala VIP, él con su traje impecable, yo en un vestido de seda negro que se pegaba a mis curvas. Nuestras miradas se cruzaban por encima de los papeles. ‘Mira esto, ¿qué opinas?’, me dijo, pero sus ojos bajaban a mis tetas. Yo sentía el calor subiendo, el coño empezando a humedecerse. ‘Bueno… es perfecto, pero… ¿y si lo firmamos después?’, balbuceé, mordiéndome el labio. Él sonrió, esa sonrisa de poder que me pone a mil. Cerró la puerta de la cabina, el clic del pestillo fue como una promesa. Espacio VIP ahora privado. Sus manos en mi cintura, olor a su colonia cara mezclada con el mar. ‘Te he deseado todo el día’, murmuró, y me besó con lengua, salvaje, saboreando el champán en su boca.
La tensión en la cubierta privada
No aguantamos más. Me arrancó el vestido, la seda rasgándose suave. ‘Joder, qué tetas tan perfectas’, gruñó, chupándome los pezones duros como piedras. Yo gemía bajito, ‘Sí… lame más… ay, cabrón’. Sus dedos bajaron, metiéndose bajo mi tanga de encaje. Estaba empapada, el coño chorreando jugos. ‘Mira cómo mojas por mí, puta mía’, dijo, y me metió dos dedos, follándome la boca del estómago con vaivenes rápidos. Olía a sexo, a mi excitación mezclada con el cuero del sofá donde me tiró.
El clímax brutal y el regreso a la normalidad
Le bajé los pantalones, su polla salió tiesa, gorda, venosa, palpitando. ‘Chúpamela, zorra’, ordenó, y obedecí, tragándomela hasta la garganta, saliva cayendo por la barbilla. Sabía a hombre, a poder. Me folló la boca fuerte, cogiéndome el pelo. Luego me puso a cuatro patas, el yate meciéndose con las olas. ‘Voy a reventarte el coño’, avisó, y embistió de un golpe. ¡Dios! Su polla me llenaba entera, rozando el útero. ‘¡Fóllame más duro! ¡Sí, joder, así!’, gritaba yo, las tetas botando, sudor perlando la piel. Me azotaba el culo, rojo marcado, mientras me penetraba sin piedad, el sonido de carne contra carne, chapoteo de mi coño inundado. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, su polla hundiéndose profunda, clítoris frotando. ‘Me corro… ay, me vengo… ¡lléname de leche!’, supliqué. Él rugió, eyaculando chorros calientes dentro, semen goteando por mis muslos.
Después… silencio. Se recompuso el traje, yo el vestido, un sorbo de champán para aclarar gargantas. ‘Firma aquí’, dijo como si nada, sonrisa pícara. Bajamos a cubierta, camareros sirviendo caviar, fingiendo normalidad. Ese secreto nos une, élite pura. Aún siento su semen dentro, lujo y vicio. ¿Queréis más? Os contaré la próxima.