Estaba en ese yate de lujo anclado en las aguas de Ibiza, el aire salado mezclado con el olor a cuero nuevo de los asientos. Yo, huyendo de esos cabrones de mi familia, unos tipos con pasta y poder que me querían virgen para su jodido trato matrimonial. ‘Thyris, mantén la pureza’, decían. Joder, qué risa. Vi a Fyrag, el marinero nuevo, simple, con ojos inocentes pero cuerpo de infarto. Él revisaba unos contratos en la cubierta VIP, yo fingía leerlos también. Nuestros dedos se rozaron… uf, chispa eléctrica.
Sus miradas se clavaban en mí, yo sentía su calor subiendo. ‘¿Todo bien con los papeles?’, me preguntó, voz ronca. ‘Sí… pero necesito algo más’, murmuré, mordiéndome el labio. El sol se ponía, champagne burbujeando en copas de cristal, sabor dulce y ácido en la lengua. La tensión crecía, piernas rozándose bajo la mesa. ‘Ven conmigo’, le dije, tirando de su mano hacia la cabina privada. La puerta se cerró con clic, lujo puro: sábanas de seda, luces tenues. Ya éramos solos.
La Tensión en la Cubierta Superior
No perdimos tiempo. Le arranqué la camisa, su pecho duro contra mis tetas. ‘Fóllame ya, quítame esta virginidad de mierda’, gemí. Él dudó un segundo, ‘¿Estás segura?’, pero su polla ya estaba tiesa contra mis muslos. La saqué, gruesa, venosa, palpitando. Me puse a cuatro patas en la cama king size, culo en pompa. Entró de un empujón, rompiéndome, dolor placentero. ‘¡Joder, qué apretada!’, gruñó. Yo chillaba, ‘Más fuerte, métemela toda’. Sus huevos chocaban contra mi clítoris, sudor goteando, olor a sexo crudo mezclándose con el Chanel. Me follaba como un animal, manos en mis caderas, tirando de mi pelo. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando, mi coño chorreando jugos por su verga. Le chupé las bolas, saladas, mientras él me metía dedos en el culo. ‘¡Voy a correrme!’, aulló, y me llenó de leche caliente, yo explotando en orgasmos, piernas temblando.
Apenas nos calmamos, voces afuera. ‘¡Está cerca! ¡No puede escapar!’, gritaban esos hijos de puta. Salté, ‘¡Escóndete!’. Él señaló una trampilla al altillo de almacenamiento, olor a madera y yates. Le hice la escalera con las manos, sus nalgas firmes rozando mi cara, frescas, perfectas. Subió, yo detrás. Abajo, irrumpieron cuatro tipos en trajes caros, ojos locos al ver mi tanga tirada, manchada de sangre y corrida. ‘¡La virgen ya no lo es!’, maldecían. Pero el jefe miró arriba… justo sus nalgas asomando mientras forcejeaba. Sus ojos se abrieron, pollas endureciéndose bajo pantalones. Empezaron a murmurar algo ritual, tocándose las vergas. ‘¿Qué coño?’, susurró Fyrag. Yo, excitada de nuevo, ‘Adoran tu culo… míralos pajearse’. Él se giró, yo masturbándome viendo esas pollas tiesas.
El Secreto Compartido Bajo las Estrellas
Tirones, sudando, escapamos por el foin-like de cojines. Nos disfrazamos de staff: yo con uniforme ajustado, él con falda de camarera improvisada, polvo en la cara. Caminamos lentos, ‘Cabeza baja’, le dije. Pasamos ante ellos, acabados en sus rituales, sin vernos. Corrimos a la suite privada. Agua fría en la cisterna, me desnudé, tetas balanceándose. ‘Tu turno’. Él volvió, polla dura otra vez. Le puse a cuatro, vela iluminando su nalga izquierda. ‘¡El sello! Un tatuaje de nacimiento, como el dios del poder’. Por eso lo adoraban. Le lamí el ano, dedo dentro, mientras le pajeaba la verga. ‘¡No pares!’, rogó. Se corrió en mi boca, leche espesa.
Al amanecer, volvimos a cubierta. Champagne de nuevo, contratos firmados como si nada. Sonrisas cómplices, secreto elite. ‘Buenas noches, señor’, le dije al jefe pasando. Adentro, ardíamos por más.