Ay, chicas, acabo de volver de Madrid, del Ritz, esa suite presidencial que huele a cuero italiano nuevo y a champagne Dom Pérignon burbujeante. Mi hermano Javier, siempre en trajes Armani, había citado a su socio Mateo para cerrar unos contratos de millones. Yo, Lucía, con mi labio leporino y esa nariz jodida que me hace parecer un bicho raro, estaba allí porque… bueno, la familia es familia, ¿no? Pero dentro de mí, bullía. Tengo 19, frustrada hasta la polla, soñando con que alguien me folle sin piedad, sin miradas de lástima.
Entró Mateo, alto, ojos oscuros, olor a colonia cara y poder. Javier nos presentó: ‘Mi hermana, un poco… especial, pero lista como pocas’. Me sonrojé, pero noté su mirada. No de pena, no. De hambre. Nos sentamos en la mesa de mármol, dossiers abiertos, números bailando en pantallas. El sol se colaba por ventanales enormes, tocando la seda de mi vestido. ‘Pásame ese contrato, Lucía’, dijo Mateo, rozando mi mano. Electricidad. Humm, su piel cálida contra la mía.
La tensión sube en el paraíso de cristal
Javier parloteaba de cláusulas, pero yo solo veía la nuez de Mateo subiendo y bajando al tragar saliva. Él me miraba de reojo, fijo en mis labios torcidos, pero con fuego. ¿Qué coño? Pensé. El aire se cargaba, pesado como el humo de un puro cubano que Javier encendió. ‘Bueno, eh… firmemos esto’, balbuceó Javier, pero su móvil vibró. ‘Mierda, la junta en Dubai. Vuelvo en 20’. Salió, puerta blindada cerrándose con clic suave. Espacio VIP privado. Solo nosotros.
Mateo se levantó lento, como un lobo. ‘Lucía, sé tu secreto’. Saqué los ojos grandes. ‘¿Qué?’. Sacó de su maletín mi braga usada, esa con la mancha amarillenta de mi coño húmedo, y mi diario. ‘Lo encontré en tu habitación ayer, mientras esperaba a Javier. Leí todo. Quieres polla, ¿verdad? Desesperada, dispuesta al primero que te mire como mujer’. Mi corazón latía como tambor. Olor a su aliento mentolado cerca. ‘Eres asquerosa por fisgonear’, susurré, pero mis pezones duros traicionaban. ‘Y tú una puta reprimida. Ven aquí’.
Explosión de placer y regreso al lujo
Me empujó contra el sofá de cuero, crujiendo bajo mi culo. Manos en mi vestido, rasgándolo. ‘Mira esa cara rara, pero ese coño…’. Bajó mi tanga, dedos hurgando mi raja empapada. ‘Joder, estás chorreando, zorra’. Gemí, ‘Sí, fóllame, por Dios’. Su polla saltó fuera, gorda, venosa, oliendo a macho. Me la metió en la boca primero, ahogándome. ‘Chupa, fea, chupa como la puta de tu diario’. Saliva goteando, garganta llena, arcadas deliciosas. Luego, me volteó, nalgas al aire, piel de gallina por el aire con.
‘Voy a destrozarte ese coño virgen’. Embistió, polla dura rompiendo mi himen imaginario –bueno, ya no era–, dolor-placer brutal. ‘¡Aaaah! Más fuerte, cabrón’. Me taladraba, huevos golpeando mi clítoris, sudor mezclándose con mi jugo. ‘Tu coño aprieta como puta profesional, Lucía. Grita’. ‘¡Fóllameee, métesela hasta el fondo!’. Cambió, me puso a cuatro, tirando pelo, mordiendo mi cuello. Dedos en mi culo, ‘Aquí también, ¿eh?’. Empujó saliva, dedo dentro, yo explotando. ‘¡Me corro, joder!’. Él gruñó, ‘Toma mi leche, puta VIP’. Chorros calientes inundando mi coño, goteando piernas.
Se retiró, polla brillando. Me limpió con toalla de seda, beso en frente. ‘Nuestro secreto de élite’. Vestí rápido, peiné. Javier entró: ‘¿Todo bien? Firmamos?’. Sonrisas falsas, champagne brindando. ‘Perfecto’, dijo Mateo, guiñándome. Bajamos al lobby, flashes paparazzi, como si nada. Pero mi coño palpita aún, recordando su poder. Adrenalina pura, exclusividad total. ¿Repetimos, Mateo?